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Claves de una situación límite para el pueblo, atrapado entre el chantaje petrolero de EU y la intransigencia de un régimen que sigue tocando el piano mientras todo se hunde a su alrededor

“Al menos el Titanic se hundió con luz”: los cubanos ante el precipicio ¿Caerá, ahora sí, el régimen?

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Al borde del colapso Los apagones en Cuba ocurren todos los días por años de falta de mantenimiento y escasez de combustible (EFE)

¿Por qué todos los ojos se voltean a Cuba?

Ironías del destino, porque si enero de 1959 fue el mes del triunfo de la revolución castrista y acabó la dictadura de Fulgencio Batista (títere de Washington), otro mes de enero, el recién pasado, ha encendido la mecha de la bomba que podría hacer saltar por los aires el régimen que traicionó al pueblo al negarle durante 67 años el derecho a escoger a sus dirigentes democráticamente.

¿Qué ocurrió este enero y por qué está involucrado México?

Ocurrieron dos terremotos políticos cuyas réplicas no cesan y sus consecuencias son impredecibles.

El primero sucedió la madrugada del 3 de enero, cuando el mundo amaneció boquiabierto con la imagen de Nicolás Maduro con los ojos vendados y esposado, camino de una cárcel de Nueva York, tras el ataque militar por sorpresa de fuerzas estadounidenses.

En cuestión de horas, Trump dejó claro que su interés no era la democracia en Venezuela, sino su petróleo, y que la mejor manera de obtenerlo, sin embarcarse en una larga guerra, era dejando con vida al chavismo con una presidenta sumisa, Delcy Rodríguez, capaz de contener cualquier insurrección dentro de las Fuerzas Armadas Bolivariana, que seguirán recibiendo su parte del pastel, a cambio de que Estados Unidos, se lleve la mayor parte.

La única exigencia fue cortar en seco el envío de petróleo subvencionado (o casi regalado) a Cuba, del que depende en un 80% la viabilidad del régimen castrista, heredado por el favorito de Fidel Castro por su fidelidad incombustible: Miguel Díaz-Canel.

El abrupto fin de la llegada a La Habana de petroleros procedentes de Venezuela (el excedente de combustible lo revendía el gobierno cubano en el mercado negro para lograr más divisas), dejó en evidencia el otro gran suministrador de petróleo barato al régimen cubano: México.

Para cortar este último cordón que mantenía con vida a la isla, Trump firmó el 29 de enero una orden ejecutiva para imponer aranceles a cualquier país que envíe petróleo a Cuba, poniendo en un aprieto a la presidenta Claudia Sheinbaum, quien ha suspendido, de momento, el envío de petróleo a la isla, dejando al régimen aliado con reservas para poco más de 15 días, según estimó esta semana Financial Times.

El último petrolero con crudo mexicano que llegó a La Habana fue el Ocean Mariner, que arribó el 9 de enero de 2026 con un cargamento de aproximadamente 85,000 barriles, procedentes de la terminal de Pemex en Coatzacoalcos, Veracruz.

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Cuba El 9 de enero llegó a La Habana procedente de Coatzacoalcos el último petrolero, el Ocean Mariner, con 85 mil barriles de crudo mexicano (EFE)

En un intento de salvar la cara, la líder morenista declaró que seguirá enviando otro tipo de ayuda por una cuestión humanitaria. El anuncio causó indignación entre congresistas “cubanos” de Florida, que le replicaron que “no hay razón más humanitaria que acabar con el régimen que viola los derechos humanos”, y le advirtieron que su postura “podría tener consecuencias en el T-MEC”, que se revisará este verano.

¿Qué busca Trump cortando el petróleo?

El magnate republicano mantiene dos mensajes en torno a Cuba.

Uno maximalista: provocar un cambio de régimen, mediante el estrangulamiento y colapso final de su economía (en crisis desde la desintegración de la URSS en 1991, cuando se cortó el cordón umbilical soviético, y en coma tras declararse la pandemia en 2020).

Y otro disuasorio: apretar al régimen, pero sin ahogarlo, de modo que lo fuerce a negociar, que implique, como primera condición para aliviar el embargo petrolero, la liberación de los presos políticos.

¿Es probable un ataque de EU, en caso de que intervenga Rusia?

Con Trump todo es posible y más tras el éxito de la operación militar en Venezuela, pero es poco probable, ya que está convencido de que cuando se agote el combustible no le quedará más remedio al gobierno de Díaz-Canel que claudicar o negociar una transición tutelada por Washington (al estilo de Venezuela), si quiere evitar un estallido social generalizado, con el riesgo elevado de que se levante en armas los militares.

El escenario definitivamente más peligroso para la estabilidad mundial sería que Estados Unidos se viera forzado a intervenir militarmente en Cuba, en caso de que Rusia acudiera en ayuda de su aliado histórico en el Caribe. Pero, de nuevo la probabilidad es casi nula, entre otras cosas porque el ejército de Vladimir Putin sufre un enorme desgaste en la guerra de Ucrania y no está con capacidad para abrir otro frente, a miles de kilómetros de sus fronteras.

Además, detrás de la pasividad rusa ante la amenaza de EU contra Cuba y la nula reacción ante el arresto de su aliado Maduro, podría esconderse una maquiavélica estrategia de Putin de no poner resistencia a la ambición de Trump de controlar América Latina (presionando incluso a China para que se retire) a cambio de que le permita a Rusia rehacer su imperio, empezando por obligar a Ucrania a que pierda un tercio de su territorio.

¿Cuál es el papel de Marco Rubio?

El secretario de Estado Marco Rubio, como cualquier estadounidense de origen cubano, sueña con la caída del régimen régimen castrista, y qué mayor gloria para un hijo de exiliados que dirigir la caída desde su puesto privilegiado en Washington.

Exaltado por la sobredosis de adrenalina tras la exitosa operación de arresto y traslado de Maduro a una cárcel de Nueva York, Rubio declaró a modo de amenaza bélica velada: “Si estuviera en La Habana estaría preocupado”. Sin embargo, su discurso se ha moderado en las semanas siguientes, entre otras cosas porque el exilio en Florida no apoya abrumadoramente una operación militar sobre sus propios compatriotas o incluso familiares, que se salga de las manos y acabe con miles de muertos.

¿Díaz-Canel es parte de la solución o del problema?

Es parte del problema porque, cuando heredó la monarquía comunista, tras la renuncia de Raúl Castro en 2018, sepultó su tímida apertura, que impulsó cuando vio lo que su enfermo hermano mayor se negaba a ver: que la utopía revolucionaria socialista estaba condenada al fracaso, no sólo por la crueldad del embargo estadounidense, sino por la estatización de la economía, la corrupción y el clientelismo.

¿Llegados a esta situación límite, La Habana estaría dispuesta a negociar?

Si nos atenemos al mensaje del vicecanciller cubano, Carlos Fernández de Cossío, de ayer martes, la respuesta es un rotundo no: ni conversaciones directas ni mediante intermediarios como el Vaticano y México, pese a que la propia presidenta Claudia Sheinbaum se ha ofrecido de mediadora.

El vicecanciller desmintió las afirmaciones de Trump de que ya hay pláticas en marcha y advirtió que en una eventual negociación no admitiría en la agenda negociar reformas políticas o económicas, ni la excarcelación de presos en la isla.

“Es como si La Habana imponga discutir con Washington la Constitución de Estados Unidos, o si pusiéramos en la agenda las redadas en Mineápolis”, declaró con sorna.

Pese a todo, De Cossío admitió que el gobierno tiene “opciones limitadas” para salir de la crisis y advirtió que “en los próximos días” se comunicará a los cubanos un plan de contingencia que va a ser “muy difícil”.

No es de extrañar, que la población harta de penurias recurra al humor negro para decir que “la diferencia entre el hundimiento del Titanic y Cuba es que por lo menos el trasatlántico tenía luz”.

La comparación no es casual, porque otra escena del hundimiento del barco resume amargamente la ceguera del gobierno y su impasividad ante el sufrimiento del pueblo cubano desde hace más de medio siglo: los jerarcas comunistas son como los violinistas del Titanic, que siguen tocando como si no pasara nada, sin enterarse (o sin importales) de que la isla se está hundiendo, mientras sus habitantes se ahogan.

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