
Guerra de Irak

La primera guerra del Golfo Pérsico, la que abrió la puerta a otras dos guerras más —la de Irak en 2003 y la actual de Irán—, comenzó en realidad en la última década del siglo XX, coincidiendo con el derrumbe de la URSS.
El 2 de agosto de 1990, el presidente de Irak, Sadam Husein, ordenó la invasión de Kuwait, confiado en que, después del fiasco de Vietnam, Estados Unidos no se embarcaría en otra guerra; pero desdeñó un factor que acabaría siendo su perdición: no es lo mismo un campo de arroz vietnamita que un campo petrolífero, sobre todo si los de Irak y Kuwait suman el 20% de la reserva mundial.
Ni Washington, ni los países árabes del golfo, ni siquiera Moscú y Pekín, iban a permitir que el “tirano de Bagdad” se convirtiera en el amo del oro negro de Oriente Medio. El presidente George H. Bush autorizó la operación Tormenta del Desierto el 24 de febrero de 1991, en alianza con 32 países. En apenas 100 horas, las tropas iraquíes se retiraron en desbandada de Kuwait.
Fue entonces cuando le llegó el turno a Bush padre de cometer su propio error: decidió no perseguir a las tropas hasta Bagdad y “perdonó” al sunita Husein, quien culpó de su derrota a la falta de ayuda de las otras dos minorías iraquíes, los chiitas y los kurdos.
El 11 de septiembre de 2001, Al Qaeda cometió el mayor ataque terrorista ocurrido en suelo estadounidense y Washington declaró la guerra contra el terrorismo. Aunque Husein no tuvo nada que ver con el derribo de las Torres Gemelas, George W Bush decidió corregir la equivocación de su padre con otro error cuyas consecuencias aún sigue pagando el mundo:
El 20 de marzo de 2003, ordenó la invasión terrestre de Irak, basado en una mentira: que Bagdad poseía armas de destrucción masiva. Fue un error agravado: tras derrotar en tiempo récord a las tropas desarmó al Ejército (de mayoría sunita) y no hizo lo propio con las guerrillas chiitas y kurdas, que aprovecharon el vacío de poder (tras el ahorcamiento de Husein) para vengarse de décadas de represión. El resultado fue una sangrienta guerra sectaria con centenares de miles de muertos y la creación del grupo terrorista sunita Estado Islámico.
Pero el fiasco de la guerra de Irak ocasionó otro efecto colateral: el resurgimiento de Irán como potencia militar regional. La caída del régimen iraquí fue aprovechada por la gran patria chiita para acelerar su oscuro programa nuclear, la fabricación de misiles (y luego los temidos drones Shaeed) y de paso armar a sus células en la región: las milicias chiítas en Irak, Hezbolá en Líbano, los hutíes de Yemen y el gobierno sirio de Bachar al Asad (ahora derrocado), así como los sunitas de Hamás en Gaza.
Hiperglobalización y auge de la extrema derecha populista

La liberalización del comercio mundial, que se aceleró con el cambio de milenio, permitió la modernización de muchas economías y sacó a no menos de mil millones de personas de la pobreza en todo el mundo, principalmente en Asia y América Latina. Pero la otra cara de la moneda mostró al menos tres errores monumentales: la deslocalización de industrias, que benefició a las compañías en busca de mano de obra más barata, pero dejó tirados a millones de trabajadores en países avanzados; la creencia de que la incorporación de China a la Organización Mundial del Comercio iba a democratizar al gigante asiático, cuando lo que ocurrió es que se fortaleció el régimen comunista; y el fracaso de organismos como el FMI y el Consejo de Seguridad de la ONU para responder a las nuevas realidades.
El creciente malestar, especialmente entre la clase media y trabajadora y las nuevas generaciones (que temen vivir peor que sus padres), fue aprovechado por populistas como Donald Trump para vender la solución ultranacionalista como la solución de todos los males y para acusar al multilateralismo (asociado con ideas progresistas e izquierdistas) de ser el enemigo a derrotar.
El “error” de invitar a China a la Organización Mundial del Comercio convirtió al gigante asiático en una superpotencia global, para horror de Trump, que teme que la China de Xi Jinping arrebate a Estados Unidos la hegemonía global y, en su desesperación, chantajea al mundo con aranceles, con la esperanza errónea de que así sea grande de nuevo Estados Unidos.
Expansión (antirrusa) de la OTAN y guerra de Ucrania

La invasión de Ucrania, ordenada por el presidente ruso Vladímir Putin el 24 de febrero de 2022, y la posterior guerra que aún prosigue, es fruto de una cadena de decisiones y errores catastróficos, que, al igual que en el caso iraquí, fueron sembrados a finales del siglo XX, después del colapso de la Unión Soviética.
El 5 de diciembre de 1994, la nueva república independiente de Ucrania firmó el Memorándum de Budapest, mediante el cual, el entonces tercer país con más armas nucleares (por detrás de EU y Rusia) renunció a sus 1,900 ojivas nucleares de fabricación soviética y se las entregó a Moscú, a cambio del compromiso de Rusia de proteger militarmente a sus “hermanos del sur” de cualquier agresión. Este error de origen dejó a Ucrania sin el mayor poder disuasorio y abrió la puerta a la violación descarada del Memorándum por parte de Putin, que se anexionó Crimea en 2014 y, tras la pasividad de Occidente, ordenó la invasión de Ucrania en 2022, cuando fue convencido ingenuamente de que la toma de Kiev sería “un paseo militar de 48 horas”.
La subestimación de la fuerte resistencia en el frente de batalla de las tropas ucranianas, que luchan por la existencia del propio país, ha costado la vida a decenas de miles de soldados rusos, mientras el país se ha convertido en un paria internacional, sometido a sanciones y órdenes de arresto contra Putin por crímenes de guerra y contra la humanidad.
Entre ambos errores —entrega del arsenal nuclear ucraniano a Rusia y subestimación de las fuerzas ucranianas ante la invasión rusa— hay otro de enorme repercusión geoestratégica y cuyas consecuencias catastróficas, de momento, están pagando los civiles ucranianos: la expansión de la OTAN hacia las mismas fronteras de Rusia, el adversario natural.
Si para Putin el colapso de la URSS (diciembre de 1991) fue la mayor catástrofe geoestratégica del siglo XX, la segunda mayor tragedia fue el sentimiento de humillación tras la traición de Occidente al pacto (no escrito) mediante el cual el Kremlin aceptaba la reunificación alemana y la entrada de países de la Europa del Este en la OTAN, siempre que no se admitieran exrepúblicas soviéticas. En 2004 se tragó que fueran admitidas en la Alianza Atlántica las tres bálticas, Estonia, Letonia y Lituania, pero el anuncio de que las próximas eran Ucrania fue la gota que colmó el vaso.
Ataque de Hamás y genocidio en Gaza

El pecado original en Oriente Medio —los territorios palestinos ocupados por Israel— engendró en este siglo monstruos capaces de los crímenes más viles contra la humanidad, como las imágenes de los milicianos de Hamás masacrando a israelíes desarmados, durante el ataque del 7 de octubre de 2023, y a partir de entonces, el genocidio israelí en Gaza, con bombardeos masivos contra la población palestina y la hambruna premeditada, así como el terrorismo de los colonos judíos contra los palestinos en Cisjordania.
El ataque de Hamás está considerado por los israelíes como el mayor fracaso de los servicios de inteligencia del Estado judío, que no sólo permitió el financiamiento por parte de Qatar e Irán de sus grupos armados (en su fallida creencia de que así debilitaban a los moderados de la Autoridad Nacional Palestina, que buscaba la solución de dos Estados), sino que no escucharon las alarmas de que algo grave estaban preparando.
Otro error grave de Israel es que transformó el derecho a la legítima defensa en un castigo absolutamente desproporcionado al pueblo palestino, y pensar además que la ola de solidaridad mundial tras el ataque de Hamás suponía un cheque en blanco para cometer genocidio a ojos de todo el mundo.
Por otro lado, fue un gravísimo error de cálculo de Hamás, porque abrió la puerta a la destrucción total de la Franja, su liderazgo y sus arsenales, y abrió la caja de Pandora para la casi aniquilación de sus aliados en la región: el régimen sirio de Bachar al Asad fue derrocado, Hezbolá (y su feudo chiita en Beirut y sur de Líbano) duramente golpeado, y abrió paso para que Israel convenciera a Estados Unidos de que había llegado la hora de agarrar el toro por los cuernos sobre la cuestión nuclear iraní.
La guerra de Irán (Tercera Guerra del Golfo)

La actual guerra de Irán es fruto de todos los anteriores errores: el empoderamiento de Irán; el auge del populismo que engendró líderes xenófobos e islamófobos como Trump; la guerra rusa en Ucrania, que le impide a Putin acudir en rescate de sus aliados los ayatolás; y finalmente la patada de Hamás en el avispero de Oriente Medio, que despertó con furia al hipermilitarizado Estado de Israel y fue aprovechada por Netanyahu para esquivar sus causas con la justicia para arrastrar a Trump a una guerra impopular e incierta.
Una vez más el mundo está pagando (en las gasolineras) el error de sobreestimar las capacidades del agresor y subestimar al enemigo, calculando que se iba a rendir “en cuestión de días”, a sabiendas (o no) de que Irán lleva años fabricando drones baratos con explosivos y que tiene la llave del estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20% del petróleo de todo el mundo.
El error de Trump a embarcarse en la guerra de Netanyahu contra Irán podría costarle a los republicanos el control de las dos cámares del Congresos en las elecciones de medio mandato de noviembre. De ocurrir este hecho, el magnate republicano quedaría convertido en lo que en EU llaman un “lame duck”, un pato cojo, sí, pero acorralado e igual de peligroso para la estabilidad mundial.