
Es probable que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, haya pasado la noche del martes fantaseando con recibir el premio Nobel de la Paz por haber logrado una tregua de dos semanas con Irán, que, según dijo, incluye la reapertura del estrecho de Ormuz y la congelación del programa nuclear iraní (algo que no está ni mucho menos garantizado, sobre todo tras la brutalidad de los bombardeos israelíes del miércoles contra el pueblo libanés).
Como era de esperar, Trump presume de su “triunfo sobre el mal” y de cómo ha logrado doblegar al régimen de terror de los ayatolás. Pero la realidad es bien distinta.
De hecho, si existiera el premio a la mayor estupidez geoestratégica, Trump sería el mejor candidato por haberse dejado convencer por Benjamín Netanyahu de arrastrar a Estados Unidos a la guerra de Israel contra Irán, algo que el premier israelí negó con sorna y con una pregunta retórica tras el estallido de la guerra, el 28 de febrero: “¿Alguien cree realmente que alguien puede decirle al presidente Trump qué hacer? Vamos”.
En su edición de este martes, 7 de abril, el mismo día del anuncio del acuerdo de dos semanas de tregua de EU e Irán, bajo mediación de Pakistán, The New York Times desmintió públicamente a Netanyahu y aseguró que “durante la reunión secreta que sostuvieron en la Sala de Situaciones de la Casa Blanca, el 11 de febrero de 2026, Trump se dejó convencer por el israelí”, pese a que sus asesores de inteligencia le aconsejaron lo contrario.
¿Qué dijo Netanyahu para convencer a Trump?
Según revelaron los periodistas del Times, Jonathan Swan y Maggie Haberman, Netanyahu presentó un plan que prometía un conflicto de “bajo costo y alta recompensa”, con cuatro puntos principales: 1) Destruir el programa de misiles iraní en cuestión de semanas; 2) Impedir que Irán bloqueara el estrecho de Ormuz, la ruta clave del petróleo mundial; 3) Provocar una insurrección interna en Irán mediante protestas masivas armadas y orquestadas por el Mossad; y 4) Instalar un gobierno alternativo liderado por el príncipe heredero iraní en el exilio, Reza Pahlavi.
A continuación, los asesores más cercanos de Trump expresaron su opinión, en su mayoría desfavorables, empezando por la del vicepresidente JD Vance, quien advirtió que la guerra sería “una catástrofe”, generaría “caos regional” y rompería la promesa de Trump de no iniciar nuevos conflictos.
El secretario de Estado, Marco Rubio, calificó de tontería el argumento del primer ministro israelí y apostó por seguir manteniendo la presión máxima diplomática sobre Teherán, en lugar de una guerra abierta, pero no intentó disuadir a Trump y terminó apoyando la operación.
La jefa de Gabinete, Susie Wiles, mostró su preocupación por las consecuencias políticas y económicas (especialmente el precio de la gasolina a menos de nueve meses para las elecciones de mitad de mandato, donde los republicanos se juegan el control del Congreso). Sin embargo, se mantuvo en silencio en las reuniones grandes sobre asuntos militares y no expresó sus dudas directamente a Trump en grupo.
El director de la CIA, John Ratcliffe, calificó de farsa (“farcical”) creer que iba a tener éxito una insurrección popular y un cambio de régimen, teniendo en cuenta el enorme poder de la Guardia Revolucionaria y sus milicias. Sin embargo, suavizó su negativa alegando que el objetivo de asesinar al líder supremo era “alcanzable” (como efectivamente ocurrió horas después de estallar la guerra con el bombardeo de la vivienda familiar de Ali Jamenei).
Por último, el jefe del Estado Mayor, Charles Q. Brown, advirtió que Israel “exageraba” la capacidad militar de Israel, criticando, de manera velada, a sus servicios de contrainteligencia militar y antiterrorista, que no vieron venir el ataque terrorista de Hamás del 7 de octubre de 2023, el peor que ha sufrido el Estado de Israel.
Sin embargo, una sola voz se alzó entusiasta y agresiva sobre los demás a favor de la guerra de Netanyahu: el secretario de Defensa, Pete Hegseth, quien argumentó: “Vamos a tener que ocuparnos de los iraníes eventualmente, así que bien podríamos hacerlo ahora”.
Fue entonces, subraya el Times, cuando Trump puso fin a la reunión, miró a Netanyahu y declaró: “Suena bien”, mientras el resto en la sala guardó silencio y asintió en silencio desde entonces.
El segundo error catastrófico de Trump
Pocos detalles han trascendido de lo que pasó en los 17 días transcurridos desde la reunión del 11 de febrero al 28 de febrero, cuando la guerra sorprendió al mundo con un ataque masivo y coordinado de EU e Israel contra Irán.
Pero, en vista de lo que ocurrió, es evidente que Trump y su equipo de halcones engañaron deliberadamente a los iraníes, a los que hicieron creer que había margen para un acuerdo sobre la cuestión nuclear.
El viernes 27 de febrero se reunieron en Mascate, capital de Omán, una delegación estadounidense, presidida por el asesor de Trump, Steve Witkoff, y otra iraní, al término de la cual, el portavoz del Ministerio de Exteriores de Irán, Esmail Baghaei, declaró satisfecho que las conversaciones concluyeron con un “entendimiento mutuo para continuar con el proceso de negociación”.
Según el comunicado iraní, ambas partes acordaron consultar los temas tratados con sus respectivas capitales para decidir los pasos a seguir en la siguiente ronda de diálogo, prevista para el siguiente lunes, 2 de marzo, esta vez en Viena, sede de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA). El acuerdo parecía inminente y se alejaba el peligro de que la República Islámica se hiciera finalmente con la bomba atómica.
Pero no hubo tal acuerdo nuclear, porque, entre el viernes de la última reunión y la programada para el lunes, Trump ordenó el comienzo de la guerra.
43 mil millones de dólares y miles de vidas desperdiciadas
Cuarenta días después del comienzo de la operación “Furia Épica”, con la fragil tregua de dos semanas recién declarada, el presidente de EU presumió de haber alcanzado con Irán el mismo acuerdo nuclear que debía haberse logrado en Viena en marzo, con la diferencia de que su error estratégico le ha costado a Estados Unidos 13 soldados muertos, otros 375 heridos, y unos 43 mil millones de dólares en gasto de guerra.
Además, el ardor guerrero de Trump y su jefe del Pentágono cuesta a los conductores estadounidenses un costo extra de gasolina de 350 millones de dólares diarios, luego de pasar el galón de gasolina de 2.92 dólares antes de la guerra a 4.12. Incluso si empezara a caer el precio a futuro del barril por debajo de los 90 dólares, el ya contratado equivale a un gasto al mes para los usuarios estadounidenses de casi 11,000 millones de dólares.
Todo ello sin contar el dramático costo en vidas humanas para Irán, con más de 1,700 muertos en las tres primeras semanas, cerca de 3 millones de desplazados, edificios patrimonio de la humanidad destruidos y su industria petrolera y gasística severamente dañada.
Y toda esta tragedia inútil para llegar al punto de partida: Irán y Estados Unidos tratando ahora de volver a sentarse en una mesa de negociaciones, sólo que en vez de Austria, está prevista en Pakistán... si es que Israel o una nueva estupidez de Trump o de los ayatolás no hace saltar por los aires la frágil tregua.