
Pocos países en el mundo pueden presumir de tener fuertes lazos diplomáticos, culturales, históricos, económicos, comerciales y sociales como los que tienen México y España, con la lengua española como herramienta vehicular común.
Por eso, un distanciamiento surgido de la polémica del perdón exigido por México al rey de España, por los crímenes ocurridos en la conquista y la colonia, ha causado tanta polémica y ahora tanta expectación ante el encuentro previsto este fin de semana en Barcelona entre la presidenta Claudia Sheinbaum y el mandatario Pedro Sánchez, que podría volver a impulsar unas relaciones muy intensas en los últimos años, impensables hace uno o dos siglos, cuando eran casi inexistentes.
Estos son los protagonistas que forjaron las relaciones México-España:
Santa María-Calatrava: “Olvido lo pasado, pero nos divorciamos”.
España tardó quince años en reconocer la independencia de México, pero cuando vio que perdía la carrera europea por abrirse al comercio con el nuevo país, cedió y el 28 de diciembre de 1836 el secretario del Reino, José María Calatrava, firmó el Tratado definitivo de Paz y Amistad, con el visto bueno de la reina regente María Cristina (en nombre de su hija pequeña Isabel II), mientras que por el lado mexicano lo firmó el ministro plenipotenciario Miguel Santa María, en nombre del presidente interino mexicano, José Justo Corro.
De esta manera, España renunció a cualquier intento de reconquista, se acordó “el total olvido de lo pasado” (artículo II sobre la amnistía general), hubo intercambio de embajadores y se sentaron las bases para futuros acuerdos comerciales. Sin embargo, este tratado fue más un “acta de divorcio” que el inicio de una relación fluida, dada la profunda desconfianza entre la nueva república y la antigua monarquía.
Benito Juárez-General Prim: la última intervención que casi acaba en guerra.
A finales de 1861, el presidente Benito Juárez, agotado por la recién concluida Guerra de Reforma, decretó la suspensión del pago de la deuda externa por dos años. Esto provocó que España, Francia y Reino Unido enviaran tropas a México para presionar por el cobro.
El general Juan Prim fue nombrado comandante del cuerpo expedicionario español, desembarcando en Veracruz en enero de 1862 al mando de unos 6,000 soldados. Cuando Francia dejó claras sus intenciones de invadir México e imponer un imperio con Maximiliano de Habsburgo, Prim (que simpatizaba con la causa liberal) ordenó la retirada de las tropas españolas en abril de 1862, lo que le valió críticas en España, pero salvó a los dos países de volver a entrar en guerra.
Porfirio Díaz-Alfonso XII: comienza la luna de miel
La coincidencia en el poder a finales de la década de 1870 del afrancesado Porfirio Díaz, el presidente más monárquico de México, y de Alfonso XII (tras la restauración de la monarquía en España e hijo de la depuesta Isabel II), contribuyó a abrir un período inédito de buenas relaciones entre los dos países, que consolidó el presidente del gobierno español, el conservador Antonio Cánovas del Castillo.
La afinidad ideológica de Díaz y Cánovas del Castillo creó un clima de garantías para que la ya influyente colonia española en México impulsara el comercio entre ambos países y se produjera una notable inversión española en México, particularmente en sectores como la banca y el comercio.
Cárdenas-Franco: divorcio de la España ilegítima
El presidente Lázaro Cárdenas fue de los pocos estadistas mundiales que ayudaron de verdad al gobierno legítimo del Frente Popular en España, contra el que dio un golpe de Estado el general Francisco Franco en 1936, arrastrando al país a una guerra civil, la primera en el mundo entre fascistas y antifascistas. No solo envió armas y alimentos a los republicanos, sino que abrió las puertas a los refugiados que llegaban en barcos y a los que la mayoría de países les negó la entrada.
En abril de 1939, poco después de anunciar Franco la victoria e instaurar una dictadura de 40 años, Cárdenas rompió relaciones diplomáticas con el nuevo régimen ilegítimo y mantuvo relaciones con el gobierno republicano español en el exilio.
Además, autorizó la llegada masiva de 25 mil refugiados que llegaron en barcos como el Sinaia, Ipanema, Mexique y el Nyassa, cuya última llegada al puerto de Veracruz fue en 1942.
El impacto en México de la llegada de miles de españoles —no solo militares derrotados, obreros, campesinos y clase media, sino universitarios, intelectuales y científicos— perdura hasta nuestros días en instituciones como El Colegio de México (antigua Casa de España en México) y el Fondo de Cultura Económica, además de la llegada nutrida de profesores a la UNAM o el IPN.
López Portillo-Juan Carlos I/Suárez: reencuentro con fiasco incluido
El 28 de marzo de 1977, México y España restauraron relaciones diplomáticas plenas. Tuvieron que pasar 36 años de dictadura, luego que se muriera el dictador en noviembre de 1975, y dejar correr otro año y cuatro meses más, para que el gobierno mexicano llegara a la conclusión de que iba a ser un éxito la transición democrática que planearon el rey Juan Carlos I y Adolfo Suárez, el presidente que designó para que desmontara el franquismo, sin provocar a los militares para que no se volvieran a levantar en armas.
Al presidente Luis Echeverría le tocó la muerte de Franco, pero prefirió esperar a ver si las promesas de democracia se cumplían, por lo que fue José López Portillo quien reanudó las relaciones diplomáticas con España. Antes, tuvo la deferencia de informar de tan histórica decisión al último presidente republicano español, José Maldonado, quien no solo aceptó sino que mostró en nombre de los republicanos eterna gratitud a México.
Como gesto de alto valor simbólico, López Portillo nombró como primer embajador en Madrid a un expresidente, Gustavo Díaz Ordaz, lo que causó polémica porque fue visto como un exilio dorado, tras la matanza de Tlatelolco.
La elección de Díaz Ordaz como embajador fue un fiasco. En sus primeras declaraciones en Madrid defendió su papel en 1968, afirmando: “Estoy muy orgulloso de haber podido ser Presidente de la República... De lo que estoy más orgulloso de esos seis años es de 1968, porque me permitió servir y salvar al país”. Además, en otro acto criticó abiertamente a su sucesor, Luis Echeverría, por un discurso pasado contra España, lo que tensó aún más la situación.
La presión mediática y la protesta pública fue tal que Díaz Ordaz presentó su renuncia (o fue destituido) tras solo 11 días como embajador, el 21 de julio de 1977.
Lo que debía ser un acto de reconciliación histórica se convirtió en un tropiezo diplomático, que fue plenamente solventado con la visita a México en 1978 de los reyes de España, Juan Carlos y Sofía, la primera en la historia de un monarca hispano en casi cinco siglos de historia común.
Pero el momento realmente histórico fue cuando el rey se reunió con el exilio español y abrazó a Dolores Rivas, viudad de Manuel Azaña, el último presidente de la Segunda República Española
Salinas de Gortari-Felipe González: la segunda conquista
Todo el sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-94) coincidió con el gobierno en España de Felipe González, el líder socialista que impulsó el aperturismo y modernizó el país.
Tal afinidad permitió un matrimonio muy bien avenido, en el que impulsaron una Asociación Estratégica, de la que se benefició particularmente España, ya que abrió las puertas a los inversores tras decretar la privatización de la economía mexicana, bajo el paraguas del recién nacido TLC de Norteamérica.
Salinas de Gortari marcó el camino que luego profundizaron Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, hasta consolidarse España como el segundo inversor mundial en México, solo por detrás de Estados Unidos.
AMLO-Felipe VI: perdón o relaciones en pausa
Todo apuntaba a que iba a continuar este matrimonio ya maduro entre ambos países, incluso tras la llegada al poder en diciembre de 2018 de Andrés Manuel López Obrador y su programa antineoliberal.
Las relaciones bilaterales fluían plácidamente hasta que en marzo de 2019, el líder morenista envió una carta privada al monarca español solicitando perdón por los abusos cometidos durante la Conquista de México.
La negativa de Felipe VI y la decisión del gobierno de Pedro Sánchez de hacer pública la carta fue considerada una ofensa por el gobierno mexicano, que puso las relaciones “en pausa”, causando una gran polémica a ambos lados del Atlántico.
Sheinbaum-Felipe VI/Pedro Sánchez: la foto de la reconciliación más esperada
La heredera política de AMLO heredó también este “enfriamiento la “pausa” en las relaciones entre México y España, como quedó patente cuando la presidenta no invitó al rey de España a su investidura, en octubre de 2024, lo que llevó al gobierno de Sánchez a no enviar a ningún emisario.
Sin embargo, ni las relaciones culturales ni las comerciales se frenaron; sino todo lo contrario: México se convirtió en el mayor inversor latinoamericano en España (y cuarto del mundo) y nunca han viajado tantos mexicanos y españoles de uno a otro país como ahora. La sensación de gran parte de la opinión pública es la de que sus líderes se han metido en una trampa retórica absurda y ha llegado la hora de dar marcha atrás y empezar el deshielo.
En noviembre de 2024, el canciller español, José Manuel Albares, dio el primer paso al reconocer que hubo “dolor e injusticia” con los pueblos originarios durante la conquista y colonización, gesto que fue reconocido por Sheinbaum en persona. Y en junio de 2025, el Premio Princesa de Asturias recayó en el Museo Nacional de Antropología, para reconocer “la grandeza de las culturas prehispánicas de México”.
Pero el punto de inflexión ocurrió el pasado 16 de marzo, cuando Felipe VI aprovechó su visita por sorpresa a una exposición en Madrid sobre las mujeres en la cultura del México indígena para decir que “al calor de lo que conocemos hoy, hubo mucho abuso” durante la conquista.
De nuevo, la presidenta reconoció el gesto y semanas después anunció su primer viaje a Europa, el que realizará este fin de semana a Barcelona, donde tendrá un esperado encuentro con Sánchez y con el que muchos mexicanos y españoles esperan que ponga fin al desencuentro entre dos naciones con demasiados lazos como para irse peleando, por muy justo o injusto que sea pedir perdón por lo que hicieron nuestros antepasados hace siglos.