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Corea del Sur rebasó a México en PIB per cápita hace tres décadas y desde entonces no ha hecho sino pisar el acelerador en una carrera donde ambos países no se ven como rivales, sino como socios confiables

México desde el retrovisor surcoreano: ¿Qué podemos aprender de la Revolución K?

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Relaciones México-Corea del Sur La presidenta Claudia Sheinbaum el 6 de mayo con los integrantes de la banda pop BTS desde el balcón de Palacio Nacional, ante decenas de miles de fans (Presidencia)

En enero de 1962, México entabló relaciones diplomáticas con Corea del Sur, ocho años después del fin de la guerra de Corea —que acabó con la partición de la península asiática en dos bloques “enemigos”: el norte comunista prosoviético (luego prochino) frente al sur capitalista proestadounidense—. Ese mismo año, los surcoreanos abrieron su embajada en la Ciudad de México y, en agradecimiento por haber sido México el segundo país latinoamericano en reconocer al nuevo Estado (el primero fue Brasil), levantaron en 1968 un Pabellón de la Amista en el Bosque de Chapultepec.

Sin embargo, el gobierno de Adolfo López Mateos decidió que la embajada mexicana en Tokio llevara los asuntos relacionados con Corea del Sur y no fue hasta 1978 cuando Gustavo Díaz Ordaz decidió abrir la embajada en Seúl, alegando una mayor apertura global de México, que ese año acogió los Juegos Olímpicos. No lo recoge la versión oficial, pero también influyó la afinidad en el autoritarismo del presidente mexicano y su homólogo surcoreano, Park Chung-hee, quien llegó al poder mediante un golpe de Estado militar y bajo una bandera anticomunista (dos años después, en 1970, José López Portillo estableció relaciones diplomáticas con Corea del Norte).

PIB per cápita mexicano 3.5 veces mayor

Según datos del Banco Mundial, en ese lejano 1962 el PIB per cápita de México era de 616 dólares, tres veces y medio mayor (un 356%) que el de Corea del Sur, de apenas 174 dólares. En este punto de la historia, México se encontraba en pleno boom petrolero y en el llamado “Desarrollo Estabilizador”, una época de crecimiento económico alto con baja inflación; mientras tanto, el país que surgió por debajo del paralelo 38 se encontraba en plena reconstrucción sobre las ruinas de la guerra de Corea.

Una década y media después, en 1978, México había multiplicado su renta per cápita por 4.3 veces, hasta los 1,604 dólares; sin embargo, Corea del Sur lo hizo 13.7 veces, hasta alcanzar los 1,429 dólares.

1988, el año del punto de inflexión

En un momento dado de 1988 ocurrió la convergencia en renta per cápita de ambos países, pero no caminaron como economías paralelas, sino que ocurrió automáticamente el punto de inflexión: las curvas se cruzaron y ese año cerró con una renta per cápita para el país asiático de 8,120 dólares, frente a los 7,735 dólares de México.

Desde entonces, la brecha no ha hecho sino agrandarse: 36,750 dólares de Corea del Sur en 2025 frente a 12,850 dólares de México; tres veces más a favor de los asiáticos y casi la inversa de lo que ocurría hace 64 años.

La consecuencia es que Corea del Sur forma parte de los 87 países con ingresos per cápita altos (entre los que están Chile, Uruguay y, más recientemente, Costa Rica), mientras que México se encuentra un escalón abajo, en el de países con ingresos medio-altos (junto a China, Brasil, Argentina o Colombia).

Pero, ¿qué pasó para que Corea del Sur rebasara a México y nos vea desde el espejo retrovisor?

La maldición de Cantarell y el capitalismo de cuates

Durante el milagro económico mexicano (1940-1970), la economía crecía a un promedio anual envidiable —6%— con un peso estable y una inflación contenida gracias, entre otras cosas, a un exitoso modelo de sustitución de importaciones y al combustible subsidiado para abarcar costes de las empresas nacionales.

Pero en 1971 todo cambió. Después de guardar su secreto durante una década, el pescador Rudesindo Cantarell guió a los ingenieros de Pemex al lugar donde recurrentemente aparecía junto a su barca una mancha aceitosa en el golfo de México. Resultó ser una de las mayores reservas de petróleo del mundo.

Fue entonces cuando el presidente López Portillo traicionó su propio alegato de “administrar la abundancia” y se entregó al despilfarro y a pedir préstamos a los bancos extranjeros para financiar la industria petrolera, creyendo que el precio del barril siempre estaría por las nubes y que el oro negro de Cantarell era inagotable.

En vez de “administrar la abundancia” del maná petrolero —como sí hizo Noruega, reinvirtiendo en otras industrias y fondos de ahorro, despetrolizando su economía—, el gobierno mexicano optó por el “capitalismo de cuates”: diluyó el dinero en subsidios para sostener a empresas ineficientes de amigos del régimen, mientras miles de millones se perdían en la corrupción y en lealtades clientelares, como los poderosos sindicatos.

Cuando estalló la burbuja petrolera debido a un exceso de oferta en el mercado mundial, el precio del barril se desplomó y la tasa de interés de los bancos para cobrar la deuda o pedir dinero prestado se disparó. En agosto de 1982, el secretario de Hacienda, Jesús Silva-Herzog, anunció que México no podía cumplir con los pagos de su deuda, declarando una moratoria. El 1 de septiembre se escribió uno de los capítulos más negros de la historia moderna de México, cuando López Portillo dijo en su último informe “defenderé el peso como un perro”, tras anunciar la nacionalización de la banca para frenar la fuga de capitales. Días después, el peso se devaluó brutalmente y dio comienzo la “década perdida”.

El “milagro del río Han”

En Corea del Sur ocurrió el fenómeno contrario. Al no tener ni una gota de petróleo, tuvo que buscar un modelo económico que imitar y puso los ojos en otro país que quedó en ruinas por la guerra: Alemania, cuyo “milagro del río Rin” fue replicado, con características asiáticas, en Corea del Sur. No es casualidad que se bautizara la historia de éxito surcoreano como “el milagro del río Han”, que atraviesa Seúl.

Ante la imposibilidad de vender lo producido al mercado interno (en 1960 la población surcoreana era mayoritariamente pobre, rural y analfabeta) y ante la dificultad de competir con la mano de obra barata de la vecina China, el gobierno de Park Chung-hee apostó por la inversión masiva en educación y en la especialización en ramas como la ingeniería.

En paralelo, el gobierno impulsó la creación de grandes conglomerados familiares (Chaebol, en coreano), con la condición de que no compitieran entre sí, a los que se les concedieron créditos baratos, subsidios, exenciones de impuestos y protección frente a la competencia extranjera.

A cambio, el Estado les exigía cumplir con metas estrictas de producción de bienes con valor añadido, capaces de competir en el exterior y con la ventaja de que todo el dinero ganado se quedaba en el país (a diferencia de la industria maquiladora o de las multinacionales en México, cuyos beneficios acaban repatriados a sus respectivos países). Con el paso del tiempo, estas empresas familiares se convirtieron en los gigantes mundiales que conocemos hoy: Samsung, Hyundai, LG y SK.

El lado oscuro surcoreano: La “Noche de Gwangju”

Pero el “milagro del río Han” también tuvo su lado oscuro, que sigue manchando una historia de éxito.

Gran parte de este desarrollo se llevó a cabo bajo gobiernos dictatoriales que suprimieron las libertades civiles y ahogaron la disidencia. Tras el asesinato de Park, el general Chun Doo-hwan se impuso con otro autogolpe y el 17 de mayo de 1980 decretó la ley marcial.

Un día después, miles de estudiantes de la Universidad Nacional de Chonnam, en la ciudad de Gwangju, iniciaron una protesta para exigir elecciones democráticas, la cual acabó días más tarde con una brutal represión que dejó entre 160 y 600 muertos.

La tragedia aceleró la llegada de la democracia en 1987, pero no acabó con la corrupción y la impunidad de los poderosos. Chun Doo-hwan fue juzgado y condenado por su responsabilidad en la masacre, pero acabó siendo indultado.

De igual manera, Lee Jae-yong, actual presidente de Samsung y nieto del fundador del conglomerado que representa el 20% del PIB de Corea del Sur, fue indultado (por presiones de EU) luego de protagonizar el mayor escándalo político de la historia moderna del país, conocido como el caso Rasputina.

En 2016, la policía descubrió que Lee pagó 38 millones de dólares en sobornos a Choi Soon-sil, una especie de Rasputin o “consejera espiritual” de la entonces presidenta del país, Park Geun-hye, para que el gobierno aprobara la fusión entre dos filiales de Samsung. Esta fusión era crucial para que Lee consolidara su control sobre todo el imperio tecnológico sin tener que pagar miles de millones en impuestos de sucesión tras caer su padre en coma.

El escándalo provocó protestas masivas en el país, la destitución e histórica encarcelación de la presidenta de la República y que el propio Lee fuera arrestado en 2017, de donde salió libre en 2022 por un indulto del presidente Yoon Suk-yeol, alegando que era necesario que volviera a tomar el control de la compañía “para salvar la economía nacional”. Desde entonces, muchos analistas llaman sarcásticamente a Corea del Sur la “República de Samsung”.

Pero, más allá de los escándalos de corrupción (al menos muchos intocables superieron lo que era dormir en prisión), Corea del Sur lleva años cociendo a fuego lento el que sería su gran salto al mundo, gracias a una ocurrencia

El efecto Jurassic Park y la Ola K

En 1994, el comité de asesores de ciencia y tecnología de Corea del Sur le entregó un informe al entonces presidente Kim Young-sam, con una conclusión sorprendente por su audacia: las ganancias de la película Jurassic Park, de Steven Spielberg, equivalían a las ventas de 1.5 millones de automóviles Hyundai.

En vez de pedir seriedad a sus consejeros, el mandatario se mostró de acuerdo en la conclusión: la propiedad intelectual y la cultura eran mucho más rentables que el acero o los coches y requerían menos materias primas (de las que carece el país). Ese mismo año, el Estado creó una inaudito en el mundo Departamento de Industria Cultural (dentro de su Ministerio de Cultura) para comenzar a tratar la música, el cine y la televisión no como arte, sino como mercancías de exportación.

Tres años después, en 1997,estalló la crisis financiera asiática y Corea del Sur tuvo que ser rescatada por el FMI. Fue entonces cuando el gobierno puso en marcha la misión de convertir a Corea del Sur en el “mayor exportador de cultura pop del planeta”, inyectando el dinero que fuera necesatio para poner en movimiento lo que se conoce desde entonces como la “Ola K” (en coreano, Hallyu).

La Ola K no sólo rescató la economía nacional, sino que llevó la marca del país (soft power) a todos los rincones del planeta con sus grupos musicales (K-pop), películas como Parásitos (la primera en lengua no inglesa en ganar el Óscar a la mejor película), series de televisión (El juego del calamar) e incluso cosmética que compite directamente con la francesa.

México no ha sido ajeno a esta revolución K, la cual se convirtió en la plataforma principal de sus compañías para abastecer al mercado de América del Norte con plantas de Samsung, LG, Kia Motors y POSCO, el gigante siderúrgico surcoreano que produce láminas de acero de alta calidad para la industria automotriz instalada en México.

La ola surcoreana llegó este año hasta el mismo Palacio Nacional cuando una sonriente Claudia Sheinbaum salió al balcón con los cantantes del grupo BTS, dejando claro que esta revolución coreana, que no se ancla en la tradición y en el pasado, lejos de ser intrusiva, es acogida con simpatía genuina, algo fresco y moderno que se agradece en la era del autoritarismo y el regreso al pasado más oscuro que quieren imponer Trump.

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