
Cuando Ulrich Siegmund nació, el 25 de octubre de 1990, no hacía ni un año que el Muro de Berlín había caído. Aquella legendaria noche del 9 de noviembre de 1989 convenció a Francis Fukuyama de que el fin de la historia había llegado con el triunfo del capitalismo y la democracia liberal contra los totalitarismos nazi y comunista.
Tres décadas y media después, el treintañero Siegmund —quien cuando nació aún existía la Alemania comunista y tenía apenas tres semanas de vida cuando se completó la reunificación alemana— acaba de derribar el mito del «fin de la historia» desde el mismo escenario donde se proclamó: el neofascismo está de regreso y puede triunfar en las urnas.
Es lo que ocurrió este domingo en las elecciones en Sajonia-Anhalt, donde Alternativa para Alemania (AfD), el partido de Siegmund en ese estado de la antigua Alemania del Este, logró la mayor victoria de la extrema derecha en Europa desde el triunfo del Partido Nacionalsocialista en las elecciones nacionales de julio de 1932.
Triunfo con tufo neofascista
Si bien no existe en la victoria de AfD el componente totalitario del Partido Nazi —escuadrones de la muerte y abolición de los partidos políticos y el Parlamento (Reichstag) para instaurar un Führerprinzip (dictadura aria consagrada a la obediencia absoluta al líder)—, los discursos de campaña de Siegmund desprenden un tufo neofascista que debería poner en alerta máxima a Europa; no solo por lo que decía, siempre sin perder la sonrisa, sino porque convenció a un asombroso 44 % del electorado alemán en Sajonia-Anhalt.
AfD logró 39 escaños en el estado, a solo tres de gobernar en solitario. Algo que podría facilitar, paradójicamente, el partido populista de extrema izquierda BSW si rompe el cordón sanitario —el veto de las fuerzas democráticas para impedir que la extrema derecha forme gobierno— y se abstiene en la votación. De esta manera, abriría la puerta a un gobierno por mayoría simple: el primer ejecutivo de extrema derecha en un territorio alemán desde la caída del último territorio alemán con gobierno nazi, en la frontera con Dinamarca, que se rindió el 23 de mayo de 1945, 23 días después del suicidio de Hitler y 15 días después de la rendición formal del Tercer Reich.
¿Qué vendió Uli para convencer a los sajones?
Nada nuevo bajo el sol en la nueva ola de populismo xenófobo que recorre el mundo, impulsada por el liderazgo de Donald Trump desde Washington.
Siegmund siguió el mismo manual de la extrema derecha con el que triunfó recientemente en Colombia Abelardo de la Espriella y con el que pretenden lograrlo pronto Flávio Bolsonaro en Brasil o Marine Le Pen en Francia, y que se resume básicamente en: los culpables de todos los males son los inmigrantes y los partidos tradicionales que permitieron la entrada de refugiados; los combustibles fósiles no son responsables del cambio climático; el feminismo y el colectivo LGBTIQ+ son culpables de la masculinidad acomplejada; el islam es culpable de la pérdida de los valores cristianos…
Sin embargo, el joven Uli (como es conocido) tuvo que recurrir a sus dotes de vendedor de perfumes y a su sonrisa perenne para salvar dos obstáculo y lograr lo que parecía imposible: que la extrema derecha neofascista triunfara en el corazón de Europa, donde el fascismo degeneró en totalitarismo hace casi un siglo. Y hacerlo, además, en el estado alemán donde precisamente hay menos inmigrantes a los que culpar.
El segundo obstáculo lo resolvió recurriendo a la oratoria de Trump cuando logró victorias clave en estados en declive: si no hay tantos inmigrantes es porque están en otros países a donde se llevaron las fábricas desmanteladas de aquí.
El segundo lo resolvió con un par de jugadas estratégicas.
Un poco de Ostalgia y el error de Der Spiegel
El término Ostalgia proviene de las palabras Ost («Este», en alemán) y Nostalgia; o sea: nostalgia por la República Democrática Alemana (RDA); desde luego no por el regreso al comunismo de la era soviética, sino por su desmantelado sistema que garantizaba el empleo seguro, la sanidad y la educación gratuitas, la vivienda garantizada y, por supuesto, el orden y la seguridad, a costa (esto no lo decía Uli en campaña) de la falta total de libertades, la represión y la censura.
Armado con su sempiterna sonrisa, Uli lideró una exitosa campaña con videos en los que recorría las calles en paseos grupales manejando una Simson —la icónica motocicleta de la extinta RDA—. Fue una manera de empatizar con los mayores y las trampas de la memoria selectiva, que solo recuerdan los «buenos viejos tiempos», pero también con los jóvenes e indecisos cansados de las promesas incumplidas de la política alemana tradicional: de los partidos chicos, como los Verdes y los Liberales, a los grandes: la Socialdemocracia y, particularmente, la Unión Demócrata Cristiana (CDU), la gran derrotada en Sajonia-Anhalt, cuyo líder, el canciller Friedrich Merz, ha tenido que salir al paso para anunciar que no va a dimitir y que su nueva misión es que los neofascistas no lleguen a controlar nunca el Reichstag en Berlín.
En cuanto a la segunda jugada de Siegmund, se la puso en bandeja la revista Der Spiegel, que en plena campaña lanzó una portada en la que lo calificaba como «El hombre más peligroso de Alemania».
El candidato de la AfD usó la portada para victimizarse en redes sociales y recurrir al sarcasmo al considerar que había recibido un impagable «espaldarazo» a su campaña. Así lo vieron también analistas que acusaron a la publicación de hacer propaganda indirecta a favor de Siegmund, convirtiéndolo en una especie de Robin Hood contra el establishment.
En cualquier caso, la hora de la verdad llegará cuando se sepa si logra gobernar o no, y si cumple su amenaza de segregar en las escuelas a los refugiados y se empeña en blanquear el nazismo, negándose a condenar el Holocausto como el mayor crimen contra la humanidad —«no me atrevo a juzgarlo porque no puuedo hacer un balance de toda la humanidad»— e imponiendo un nuevo adoctrinamiento que pretenda recuperar, como prometió, el orgullo de los alemanes por su pasado..y. como si las cámaras de gas de Auschwitz donde murieron millones de judíos fueran, como dijo el padre de su admirada Marine Le Pen, un banal «detalle de la historia».