
La democracia es la forma de gobierno preferida en América Latina; así lo revela la encuesta en 17 países realizada por la Corporación Latinobarómetro. El informe fue presentado el pasado 2 de octubre bajo el concepto central de “¿La crisis de la democracia liberal?”.
El estudio, que lleva más de tres décadas midiendo la salud de la región, muestra que durante los años 90 la preferencia por la democracia alcanzó su pico más alto: el 65 por ciento de los latinoamericanos prefería esa forma de gobierno sobre cualquier otra. En contraste, la opción autoritaria obtenía solo el 14 por ciento y la indiferencia (“nos da lo mismo”) registraba un 16 por ciento.
Suele decirse que las encuestas son una fotografía del momento. Sin embargo, en el caso del Latinobarómetro, nos encontramos ante un instrumento de gran valor que se convierte en una verdadera película. Más que una foto estática, el movimiento de los actores en el tiempo proyecta ciertas emociones: festivas cuando el valor de las preferencias democráticas se ensancha, y preocupantes cuando va en picada. Es, sin duda, un largometraje emocionante y lleno de suspenso.
Invito al lector a ver los datos de esa manera. Todo inicia en los años 90 con un ambiente festivo. Podríamos llamarle la “etapa del romance”: dos terceras partes de los latinoamericanos aman la democracia y se casan con ella. Todo parece ir viento en popa; una luna de miel con rumbo político. No es cosa menor si consideramos que la democracia ha tenido una existencia breve en la historia humana y, particularmente, en nuestra región, históricamente marcada por im- perios y virreinatos.
Luego viene la etapa del desencanto. Llega el nuevo milenio y la realidad ahuyenta al idealismo. Aparecen las primeras peleas matrimoniales, acompañadas por un disparo en los indicadores de crisis económica, desempleo y corrupción. En 2001, la protagonista sufre su primer colapsoel mayor registrado en tan poco tiempo- al caer al 52 por ciento. Los 13 puntos perdidos no se desechan, sino que van a fortalecer a los villanos de la historia. La indiferencia alcanza el 30 por ciento (sumando el “nos da lo mismo” y el “no sabe/no respondió”), sin percatarse de que, voluntaria o involuntariamente, le hace el juego a la opción autoritaria, la cual acecha las libertades con un 17 por ciento propio. El marcador porcentual a estas alturas queda empatado en las fuerzas del destino: 52 por ciento para la democracia frente a un 48 por ciento del bloque autoritarismo-indiferencia.
Acto seguido, asistimos al ascenso de la indiferencia, ese villano tan ambiguo como peligroso que se mueve sigilosamente hacia posiciones poderosas. Aprovechándose de la debilidad democrática, en 2015 inicia su ascenso vertiginoso hasta alcanzar en 2023 su pico más alto con un 28 por ciento. Su alianza tácita con el autoritarismo y el ausentismo de opinión se hace notoria; sumados, terminan por doblar a la protagonista. La democracia cae en la lona, bajando por primera vez de la frontera psicológica del 50 por ciento para situarse en un alarmante 48 por ciento, mientras los villanos celebran su propio pico del 52 por ciento.
La etapa actual nos da un respiro alentador. La democracia logra levantarse del suelo y se estabiliza un poco en el 52 por ciento, pero está muy lejos de sus tiempos de gloria y gran prestigio. Hoy tiene más amenazas que oportunidades. Es una película sin fin. Más bien, a este pun- to, creo que el formato cambió: dejó de ser un largometraje y se convirtió en una serie de televisión. Concluye la primera temporada y quedamos a la expectativa de la siguiente. ¿Qué vendrá para América Latina y el Caribe? ¿Se embellecerá el autoritarismo? ¿Seguirá avanzando sigilosamente la indiferencia? Nadie conoce el futuro. Por ahora se vislumbra inten- so, vibrante y muy interesante. Lo que sí sabemos es que seguirá siendo un filme de suspenso.
FICHA TÉCNICA Se aplicaron 19.207 entrevistas cara a cara en 17 países de América Latina entre el 7 de mayo y el 17 de junio de 2026. Las muestras por país son representativas de la población de 18 años y más en cada país. Se aplicaron 1200 entrevistas en los países de Sud América y México, y 1000 entrevistas en los países de Centro América y República Dominicana. No hay medición en Nicaragua por motivos de seguridad. El margen de error es de 3% para las muestras por país, y 1% para la muestra total