
En los últimos días de 1999, el mundo entero parecía contener la respiración. En oficinas iluminadas por la luz fría de los monitores, ingenieros y programadores repasaban líneas de código buscando la mínima grieta por donde pudiera colarse el caos. Afuera, las ciudades se vestían de luces navideñas y promesas de un nuevo milenio, pero en las entrañas de los sistemas bancarios latía un temor: ¿qué pasaría cuando el reloj de las computadoras marcara “00” y las máquinas confundieran el futuro con un pasado centenario? La medianoche llegó… y, para alivio de todos, la información contenida en millones de registros seguía ahí.
Superada la angustia, comenzó la era dorada de un sueño digital. El zumbido de los módems se convirtió en la puerta de entrada a un territorio inexplorado llamado Internet, donde cada página era un hallazgo y cada empresa tecnológica prometía conquistar el mundo desde un garaje. La fiebre “dot com” transformó ideas imprecisas en fortunas instantáneas y llevó a las bolsas a alturas vertiginosas. Pero la burbuja, inflada por expectativas desmesuradas, estalló con estrépito: el índice S&P 500 perdió cerca de la mitad de su valor en los primeros dos años del siglo XXI, dejando tras de sí un mapa fragmentado de lo que, con el tiempo, sería la nueva economía.
Con el paso de los años, el uso intensivo de internet reveló sus ventajas: obtener, almacenar y analizar información se volvió mucho más sencillo. En México, la red facilitó la aparición de portales bancarios, impulsó un sistema de pagos más ágil, permitió operaciones en tiempo real las 24 horas del día y, más adelante, dio lugar a la banca y al dinero móvil. Con la llegada de la inteligencia artificial y la promulgación de la Ley Fintech, el entorno financiero experimentó un desarrollo vertiginoso. La banca comenzó a enfrentar la competencia de aplicaciones y plataformas virtuales.
Todos estos cambios transformaron al sistema bancario de México. A inicios de siglo existían 34 bancos, de los cuales solo seis superaban individualmente el 5% de la captación o del crédito (véase cuadro 1). En la actualidad son 52. Una vez consideradas las fusiones y adquisiciones de las últimas dos décadas, la importancia relativa de cada uno de los grandes bancos —definidos como aquellos con una participación superior al 5% al inicio del siglo— ha variado muy poco. Si bien esta casi inmovilidad podría interpretarse como un signo de baja competencia, su participación agregada se redujo. En contraste, el crecimiento de los bancos pequeños elevó en 15 puntos porcentuales la participación de este grupo en el total del sistema.
A principios del siglo XXI, la banca mexicana mostraba una fuerte concentración geográfica: el 63% de la cartera crediticia y el 47% de la captación correspondían a residentes del entonces Distrito Federal. La actividad crediticia se dirigía principalmente a dos sectores, a entidades públicas (48%) y a empresas (33%). El acompañamiento de nuevas regulaciones y el aprovechamiento de innovaciones tecnológicas (véase cuadro 2) propiciaron transformaciones profundas. Para junio de 2025, solo el 10% de los créditos se otorgaba a individuos y empresas residentes en la capital. En términos de composición, el crédito al consumo creció cinco veces más rápido que el empresarial o el hipotecario, elevando su participación en el total del crédito en casi veinte puntos porcentuales. De manera paralela, el porcentaje de personas que ahorraban exclusivamente a través de una cuenta bancaria se duplicó.
La expansión de los bancos pequeños y el acelerado crecimiento del crédito al consumo se vinculan con la creación de las sociedades de información crediticia, con las medidas derivadas de la reforma financiera de 2012 y con el uso de tecnologías crediticias no convencionales. Sin embargo, no solo se modificó el crédito bancario, también se transformó el conjunto del mercado crediticio. El número de Sofomes creció con rapidez y, con la Ley Fintech y el desarrollo de la inteligencia artificial, surgieron empresas que, sin ser intermediarias financieras en el sentido legal, comenzaron a captar ahorro privado, otorgar préstamos y participar en el comercio de activos virtuales.
El hilo conductor de estas incursiones ha sido el creciente uso de inteligencia artificial en un entorno regulatorio y de supervisión laxo. Si bien la banca se moderniza mediante alianzas con empresas tecnológicas y a través de innovaciones propias, enfrenta la desventaja de estar sujeta a una regulación que responde a su tamaño, sus interconexiones y a la existencia de un fondo de protección de depósitos. Ello otorga ventajas a las empresas fintech, aunque su relativa juventud les impone mayores costos para acceder a liquidez. En consecuencia, la competencia entre bancos y entidades no bancarias puede derivar en una carrera riesgosa para la sociedad: los primeros procurando reducir sus costos regulatorios y las segundas buscando visibilidad y atracción de clientes. El desenlace posible es un entorno con mayor asunción de riesgos y menor protección para depositantes e inversionistas, una combinación especialmente peligrosa en contextos de crisis.
Por otro lado, el creciente uso de monedas digitales y aplicaciones de pago obedece no solo a la búsqueda de anonimato, sino también a la necesidad de contar con sistemas de pago más rápidos y de menor costo. En la transición hacia este nuevo equilibrio, es previsible que las plataformas virtuales y el comercio con monedas digitales terminen integrándose al sistema de pagos existente. Ello ampliará los vasos comunicantes entre bancos y empresas con baja supervisión, incrementando los riesgos para el sistema bancario y pudiendo generar tensiones con las autoridades financieras del país del norte.
En este contexto, la labor de la autoridad financiera se vuelve cada vez más compleja, no solo por la velocidad de los cambios tecnológicos, sino también porque la regulación vigente ofrece una visión parcial e insuficiente de las operaciones realizadas por las instituciones que operan bajo la Ley Fintech, así como de los depósitos, transferencias, pagos y préstamos que se canalizan a través de plataformas virtuales.
El futuro del dinero y de los sistemas de pago dependerá, en gran medida, de las medidas que se adopten para garantizar procesos más rápidos, eficientes e interoperables. Sin embargo, avanzar en este terreno bajo un marco regulatorio laxo conlleva riesgos económicos y políticos significativos. Por ello, corresponde a las autoridades regulatorias evaluar con rigor dichos riesgos y diseñar esquemas de supervisión que aseguren la estabilidad financiera en el mediano y largo plazo. Si bien resulta positivo abrir espacio a las innovaciones, la experiencia histórica muestra que en el ámbito financiero no es saludable dejar su desarrollo al libre albedrío.


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Comentarios: pablo.cotler@ibero.mx
El autor es profesor-investigador del Departamento de Economía