
Cuando se habla de la huelga en el Nacional Monte de Piedad, casi siempre se mencionan cifras, comunicados sindicales o declaraciones institucionales. Se habla de contratos colectivos, de negociaciones, de demandas laborales. Pero hay una parte del conflicto que no aparece en boletines ni conferencias: la vida cotidiana de quienes dependen de ese ingreso o de ese servicio para sobrevivir.
Y es que, el impacto de la huelga en el Nacional Monte de Piedad ya no solo se mide en sucursales cerradas, trámites detenidos o prendas empeñadas. Se siente en la mesa de la cocina, en la mochila escolar, en los gastos que simplemente ya no alcanzan.
“Desde septiembre no cae un peso”
Desde finales de septiembre, una madre —quien pidió anonimato por seguridad— dejó de recibir la pensión que el padre de su hija entregaba puntualmente. Él trabaja en la institución prendaria y, con el paro laboral, los pagos se suspendieron.
“Desde el 30 de septiembre fue el último depósito. Mi niña dependía de ese dinero para sus cosas básicas. Y ahora no hay nada. Él dice que hasta que termine la huelga”, cuenta.
Su historia no es única. Es una de cientos de familias que, directa o indirectamente, están atrapadas en medio del conflicto sindical.
El padre de la menor trabaja en el Monte de Piedad. Con la huelga, dice, no ha recibido ingresos. La respuesta que ella escucha cada quincena es la misma: “hasta que termine el paro”.
Lo que para algunos es una disputa laboral, para ella es la diferencia entre pagar útiles escolares o no, entre comprar medicinas o postergarlas.
Su caso no es aislado. Es apenas una ventana a una red mucho más grande de afectaciones que no siempre se visibilizan.

La otra cara de la huelga en el Monte de Piedad
El Nacional Monte de Piedad ha sido, durante décadas, un salvavidas financiero para millones de mexicanos. Personas que empeñan una cadena, un anillo, una herramienta de trabajo o un electrodoméstico para salir de una emergencia médica, pagar la renta o completar la despensa. Es una institución con vocación social, creada precisamente para quienes no tienen acceso inmediato al crédito bancario.
Por eso, cuando se detiene, el golpe no es simbólico. Es directo.
Clientes que no pueden refrendar. Otros que no logran rescatar sus pertenencias. Algunos que temen perder para siempre objetos con valor económico o sentimental. Y ahora, además, familias de trabajadores que también quedaron atrapadas en medio del conflicto.
“Se habla mucho de que los sindicalizados son las víctimas, pero nadie habla de nosotros, de los hijos, de las exparejas que recibíamos pensiones, de la gente que dependía de ese dinero”, relata la madre que habló para La Crónica.
De acuerdo con su testimonio, hay inconformidad incluso dentro del propio personal. Dice que muchos trabajadores votaron a favor de la huelga por presión o por seguir indicaciones del liderazgo sindical, no necesariamente por convicción. Hoy, meses después, el panorama es distinto: sin sueldo, sin apoyos claros y con ahorros agotándose.
“Muchos ya no pueden sostener a sus familias. Ni siquiera para el pasaje. Y no reciben despensa ni ayuda económica”, asegura.

La tensión también ha generado fracturas internas. Trabajadores divididos, acusaciones cruzadas, discusiones en redes sociales y grupos de Facebook de afectados que crecen cada semana. En esos espacios, clientes comparten historias de frustración, burlas o malos tratos recibidos antes y durante el paro.
El relato de la mujer va más allá del impacto económico. Describe una institución desgastada por conflictos internos, por desconfianzas acumuladas y por una lucha de poder que, desde su perspectiva, olvidó el propósito original del Monte: servir a la población vulnerable.
“Se les olvida que la gente llega ahí por necesidad, no por gusto. Nadie empeña algo porque quiere”, dice.
Los daños colaterales de la huelga en el Monte de Piedad
Para muchas familias, la huelga ya no es una discusión ideológica o sindical. Es una crisis doméstica.
El costo real del paro no se mide solo en días sin servicio, sino en la suma de pequeñas urgencias que se acumulan en miles de hogares.
“Solo queremos que alguien escuche esta parte”, insiste. “Porque al final, los más afectados no estamos en la mesa de negociación”.
La huelga continúa. Las sucursales siguen parcialmente detenidas. Y lejos de los discursos oficiales, hay familias enteras aprendiendo a sobrevivir con menos.
Mucho menos o con casi nada.
