
Hace treinta años la Secretaría de la Defensa Nacional publicó estudios sobre la incidencia del Trastorno por Estrés Postraumático entre sus filas.
Este trastorno es conocido también como neurosis de guerra o estrés del combatiente y se produce después de vivir sucesos que ponen en peligro la vida propia y la de los compañeros de filas.
Dos textos de la Sedena, el más reciente de 2011 es significativamente más escueto y somero (la muestra fue de tan sólo 41 soldados internados en el Hospital Central Militar) que el anterior, de 1996 y son el único rastro público del interés de los órganos de sanidad del orden castrense mexicano por mapear este flagelo.
Lo publicado en 1996 se inscribió en un contexto que no se parece en absoluto al actual debido a la compleja evolución de las operaciones de combate en las que participan los militares mexicanos desde la década de los ochentas, sustancialmente más brutales, sofisticadas y de mayor riesgo que aquellas realizadas por los soldados antes de terminar el siglo pasado.
Los soldados que participaron en el estudio por entonces hacían parte de la Fuerza de Tarea Marte y Canador, ambas operaciones de combate al narcotráfico principalmente consagradas a la erradicación de cultivos ilícitos de marihuana y amapola, enraizados la mayoría de estos en el “Triángulo Dorado”, la región bastión y tradicional del narco desplegada en las serranías de Chihuahua, Sinaloa y Durango.
Otra parte de la muestra, perteneciente a la Fuerza de Tarea Arco Iris, habría participado en el combate al Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas y de movimientos “políticos-militares” en los años noventa del siglo pasado.

Poder de fuego
Eventos como los ‘culiacanazos’ y el violento epílogo de la operación de captura del Mencho, han demostrado al público, y a las fuerzas federales, la capacidad de fuego que posee actualmente el narco, en ocasiones tan a la vanguardia, y tan bien nutrida de pertrechos aptos para la guerra moderna, como para insuflar la confianza necesaria a sus huestes para batirse en duelo con los blackhawks artillados o plantarse frente a los blindados Ocelotl, Spartans, Sandcats y Mambas repartidos entre el Ejército Mexicano, la Marina, Guardia Nacional y algunas policías estatales.
Esta trama, la de los Barret .50, los drones FPV, los RPGs y los camiones monstruo en manos del crimen organizado, denota una escalada exponencial en la intensidad de los combates entre el Estado y el hampa armada, apenas reconocible a la luz de los capítulos ochenteros.
Es la hipertrofia de los encontronazos que no sólo pasa factura a la sociedad civil, a la cotidianidad, a la imagen de México en el exterior o a las vías de comunicación y al patrimonio de todos los mexicanos, también se cuela y parasita la psique de los soldados y merma su calidad de vida entre insomnios, pesadillas y sudores nocturnos salpicados de episodios revisitados en un bucle horroroso y autodestructivo.
La hipervigilancia
La diferencia entre antes y ahora también estriba en la presencia de un añadido, un actor muchas veces previo a la aparición del TEPT, de acuerdo con el World Journal of Psychiatry and Mental Health; se trata del Estrés Crónico de Alta Intensidad, una condición catalizada por la exposición prolongada y sostenida a episodios de tensión mental y estresores intensos que mantienen al sujeto en un estado perenne de ‘hipervigilancia’.
El teatro de operaciones contra el narco ostenta propiedades que distan mucho de los frentes en que combaten los militares de otras latitudes, si bien se contienen insurgencias armadas, guerrillas y levantamientos en otros lares (escenarios de guerra no convencional), los campos de batalla suelen hallarse lejos o en espacios aparte de la cotidianidad de las fuerzas del orden público, por lo que la actividad bélica del soldado se cruza poco o nada con su propia vida de civil.
Empero, para el soldado mexicano que combate al narco, lo mismo puede ser campo de batalla la sierra y la ciudad capital de Sinaloa o de Jalisco; la línea del frente no es clara, la vivienda se ve amenazada por el enemigo (en 2019 la Unidad Habitacional Militar de Culiacán fue brevemente asediada por sicarios durante el primer Culiacanazo), el adversario no se encuentra plenamente diferenciado de la apariencia de un civil y cuenta en ocasiones con instrucción militar de ex-agentes extranjeros (a veces también encuadrados en sus filas), se observan desplegados de extrema crueldad, se pierden compañeros en emboscadas y se batalla con la necesidad de limitar el acceso a redes de apoyo emocional en aras de mantener los roles de género, comulgar con el estoicismo de la profesión, mantener el anonimato y garantizar la seguridad de la familia.
Todo ello es una sopa primigenia abundante en carga cognitiva y emocional propicia para el desarrollo del estrés crónico, la antesala al TEPT.

Si el río suena...
El año pasado algunos medios citaron datos de la Defensa en los que se da cuenta de 214 operadores del Ejército diagnosticados con TEPT tan sólo en 2018, también señalaron que de tal año a 2025 un total de siete mil 353 militares fueron diagnosticados con algún padecimiento mental asociado con ansiedad y depresión.
En adición, se reveló que de 2018 a 2024, 84 soldados cometieron suicidio, mientras que de 2019 a 2024, 19 miembros de la Marina se procuraron el mismo destino.
En esta última institución hay constancia de mil 198 elementos diagnosticados con trastorno mixto de ansiedad y depresión, además de ansiedad paroxística episódica (pánicos) y trastornos depresivos con síntomas psicóticos, esto de 2018 a 2024.
Carne de cañón
“Los sujetos afectados con trastorno de estrés postraumático pertenecían significativamente más a grados de tropa”, se podía leer en aquel lejano 1996 en la investigación de Almanza Muñoz, et. al.: Prevalencia del trastorno por estrés postraumático en el Ejército Mexicano, publicada en la Revista de Sanidad Militar, donde se definió como detonante del TEPT la vivencia de “ un evento traumático con grave amenaza de muerte (…) presentando miedo intenso, síntomas intrusivos y evitación persistente de estímulos asociados”.
Del mismo modo, los grados de tropa prevalecen entre los militares que decidieron terminar con su vida; entre los casos consumados de suicidio en las filas del Ejército, los 84 referidos anteriormente, la mayoría son soldados, cabos y sargentos, aunque también figuran tenientes, subtenientes, capitanes y un teniente coronel; en la Marina, la misma tendencia: de los 19 documentados 11 son marineros y siete son oficiales, también hay un capitán.
La proporción y el reparto de estas afectaciones son bien conocidos desde entonces, pues de la muestra de 374 sujetos estudiados en el ‘96, el 88 por ciento son tropa y el 12% son oficiales, aunque dada la naturaleza y las exigencias del ejercicio militar, donde los más expuestos a la violencia son los grados más bajos del escalafón, la primacía del TEPT y otras dolencias psiquiátricas en ese demográfico es más que esperable.
4.3%
Almanza y compañía reportaron en sus conclusiones que la prevalencia del trastorno por estrés postraumático en población militar mexicana expuesta a “estrés intenso” es del 4.3%, pero se trata de una cifra añejada por tres décadas y que consideró unicamente a miembros del Ejército Mexicano.
En este tenor, y en virtud de los añadidos técnicos y tecnológicos que protagonizan los combates hoy día (drones kamikase, campos minados, explosivos improvisados, gases tóxicos…), cabría preguntarse cuál será el porcentaje actual de operadores con TEPT en las filas de todo el cuerpo de la Defensa; ¿será mayor en la Guardia Nacional? Esa corporación de seguridad con escasos seis años de existencia, pero con múltiples bajas reportadas en su haber (al menos 166 a febrero de 2026), la mayoría ocasionadas por emboscadas y por enfrentamientos en los caminos del México profundo.
(Continuará...)