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Pese al dinamismo de las exportaciones y la suficiencia de capital externo, México ha crecido sistemáticamente menos que el mundo, América Latina y Estados Unidos en cada ciclo. El desempeño económico no obedece a un entorno externo desfavorable, sino a factores internos que han limitado la capacidad del país para aprovechar sus ventajas

Renunciar al futuro

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La economía mexicana ha atravesado tres ciclos completos, medidos de pico a pico, en lo que va del siglo. En el primero, que va de 2000, justo antes de la recesión en EU inducida por la crisis bursátil, a 2008 cuando inició la crisis financiera internacional, México creció a una tasa anual promedio de 1.7%. Tomando 2008 como base y hasta 2018 -justo antes de la ligera recesión de 2019- se repitió el mismo desempeño: 1.7% anual de acuerdo al Sistema de Cuentas Nacionales base 2018. De ese año hasta 2024 el crecimiento anual apenas ha alcanzado la mitad: 0.8% anual; misma tasa que en 2025. Tomando en cuenta el crecimiento de la población, la cantidad de bienes y servicios que produce el país por cada habitante se ha mantenido prácticamente estancada: creció 0.3% anual entre 2000 y 2008, 0.5% entre 2008 y 2018 y desde ese último año no ha crecido en absoluto.

Nótese que las exportaciones mexicanas crecieron a tasas elevadas los últimos 25 años y que los flujos de capital hacia México han sido más que suficientes para compensar los relativamente bajos déficits en cuenta corriente en que se ha incurrido. En otras palabras, la economía no ha enfrentado una escasez de demanda externa por sus productos ni una insuficiencia de divisas para financiar sus importaciones. Así que el desempeño no es atribuible a un entorno externo desfavorable: aunque la economía mundial se ha desacelerado en lo que va del siglo, México creció, sistemáticamente, menos que el mundo (3.4, 2.8 y 2.5% anual en los tres ciclos), que América Latina (3.3, 1.8 y 1.5% anual en los mismos lapsos) y que nuestro principal socio comercial, EU (2.2, 1.9 y 2.4%). Algo estamos haciendo mal cuando a todos les va mejor que a nosotros.

Este pobre desempeño en materia de crecimiento implica que nos estamos rezagando constantemente frente al mundo, frente a nuestros pares y frente a nuestros socios: si en 2000, con los datos del Banco Mundial y descontando las diferencias de precios, el producto por habitante en México equivalía 35.8% del de EU, hoy apenas llega a 29.2%. Por contraste, y solo como un ejemplo entre otros, Corea del Sur que en 1990 estaba por detrás de México, pasó de registrar menos de 50% del PIB por habitante de EU en 2000 a más de 70% en 2022. Y no es que se trate de una competencia en la que escalar lugares importe demasiado en sí mismo pues a final de cuentas el desarrollo no es un juego de suma cero: ojalá todos los países avanzaran rápidamente.

No, el problema es que el rezago frente al progreso general, que es la expresión del semi estancamiento en que nos encontramos, se traduce en que la población mexicana no encuentra opciones de empleo productivo que le ofrezca a las personas un futuro de mejoría material, de realización de sus potencialidades y, en muchos casos, la posibilidad de salir de la pobreza. El expediente de redistribuir el ingreso disponible mediante el crecimiento de los salarios, sin duda bienvenido dada la extrema desigualdad de la distribución del ingreso y la riqueza, enfrenta límites evidentes si el producto por habitante permanece estancado.

La falta ya secular de crecimiento de la economía, en un contexto de constante crecimiento de la población en edad de trabajar, se traduce en un mercado de trabajo con un exceso estructural de oferta. Prueba de ello es que más de la mitad de las personas ocupadas en la economía trabajan en condiciones de informalidad laboral y eso a pesar de los millones que han debido emigrar en busca de las opciones que el país simplemente no genera.

No se trata (solo) de los informales que lo son en virtud del afán de las empresas (y el gobierno) por bajar los costos laborales evadiendo o eludiendo la legislación laboral y fiscal, que suman poco más de 12 millones de personas. Se trata, sobre todo, de los cerca de 10 millones de trabajadores por cuenta propia urbanos, los más de 2 millones de trabajadores domésticos y los casi 6 millones de informales en el ámbito agropecuario que representan en conjunto más de 30% de la población ocupada en el país y cuya condición de informalidad no obedece al marco legal y regulatorio sino a estrategias de sobrevivencia ante un mercado laboral que no demanda la fuerza de trabajo disponible en el país.

En este escenario resulta sorprendente que luego de un cuarto de siglo de un desempeño menos que mediocre, el tema del crecimiento económico no ocupe el centro del debate público y no encuentre un lugar central en el discurso y en los programas de las fuerzas políticas nacionales.

No es solo sorprendente sino desalentador que en el propio gobierno preste tan poca atención al tema: en el Plan Nacional de Desarrollo 2025-2030, en el Eje 3 “Economía moral y trabajo” se habla del ingreso de los trabajadores y el bienestar rural entre otras cosas pero no se incluye una meta explícita de crecimiento; en el apartado “Visión de Largo Plazo: Plan México” se expresa la aspiración de elevar la inversión pero tampoco hay una meta de crecimiento. En los Criterios de Política Económica de la Secretaría de Hacienda de los últimos años, sin embargo, se presenta una cifra esperada de crecimiento hasta el año 2031: se estima alcanzar una tasa promedio del orden de 2% anual. En otras palabras, no se plantea nada que vaya mucho más allá de lo logrado en lo que va del siglo, es decir se vislumbra un futuro, si conseguimos superar el estancamiento del sexenio pasado, igual de gris que el pasado neoliberal.

La oposición, por su parte, y salvo algunos grupos académicos relativamente aislados, endereza sus críticas al grupo en el poder en múltiples temas -políticos, electorales o de eficiencia administrativa y corrupción- pero se ocupa poco del crecimiento y mucho menos de plantear alternativas para acelerarlo como propósito nacional primordial e impostergable.

Al pasar revista al debate público, pareciera que el país se ha acostumbrado a no crecer, que considera como normal una situación que cancela el futuro. Pareciera que nuestra máxima aspiración es a mantener un nivel de vida mediocre en el promedio e ínfimo para amplias capas de la población. Urge poner el crecimiento económico y los mecanismos y acuerdos para lograrlo en el centro de la discusión.

*Investigador del PUED-UNAM

Análisis de especialistas del Programa Universitario de Estudios del Desarrollo, PUED-UNAM, son presentados a nuestros lectores cada 15 días en un espacio que coordina Enrique Provencio.

Comentarios: pued@unam.mx

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