Opinión

El Marshall Trump y las dictaduras en Latinoamérica

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Estados Unidos Donald Trump vuelve a amenazar a México

En la postguerra del siglo XX, Estados Unidos de América (EUA) se convirtió en su narrativa en un policía de la democracia mundial, que desde la visión de América Latina (AL)fue la expresión de sus pretensiones hegemónicas en el hemisferio y la ratificación de la Doctrina Monroe frente a otras potencias. En este contexto, la Revolución Cubana, especialmente el fracaso de la incursión anticastrista en Bahía de Cochinos, y la crisis de los misiles de los años sesenta retaron su poder en la región.

La idea de que AL es un patio trasero de EUA es extendida entre los defensores de la doctrina de seguridad nacional hemisférica y fue la justificación para apoyar sangrientas dictaduras militares para proteger al continente de la penetración comunista abanderada por Cuba e impulsada por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), hoy desaparecida después de la caída del Muro de Berlín.

Las transiciones a la democracia ocurrieron en un mundo políticamente unipolar, en un amplio proceso de globalización y bajo la idea de que la ampliación de la democracia representativa era el fin de la historia (Fukuyama). En este contexto, en AL la revolución cubana fue tolerada por EUA, nunca aceptada, pero el chavismo venezolano fue uno de los primeros síntomas de que la institucionalidad en la región era débil y que los procesos de desmilitarización y de alternancia en el poder no habían contribuido efectivamente a la superación de las desigualdades estructurales.

El primer cuarto del siglo XXI ocurrió un descenso paulatino y significativo en la confianza de que la democracia basada en el pluralismo político y el multipartidismo era la vía para mejorar las condiciones de vida en AL y esto facilitó el empoderamiento de los movimientos populistas con diverso signo ideológico, el regreso a los autoritarismos y la consolidación de dictaduras como la venezolana, la nicaragüense y la cubana.

En este contexto, el país que se asume como el policía del hemisferio, gobernado por un populista de derecha, con base en la narrativa del MAGA (Make America Great Again) y del combate al fentanilo, reacciona frente a la mayor presencia de los chinos y los rusos en la región y decide desplegar su poder naval en el Caribe y hacer una extracción del dictador Maduro. Estas acciones han generado manifestaciones maniqueas de repudio total al imperialismo o de agradecimiento por el derrocamiento de un gobierno surgido de un fraude electoral.

Trump no se asume en un restaurador de la democracia. Esto marca una gran diferencia con otras intervenciones de EUA en AL. Trump se identifica con un marshall que ejecuta una orden judicial en contra de un narcotraficante, un protector de los intereses económicos estadounidenses (industria extractiva, primordialmente) y un destructor de cadenas de suministro de drogas. No ha manifestado ninguna preocupación por rescatar la institucionalidad venezolana.

Trump no es un sheriff, que es un policía que contribuye a mantener un orden justo y suele ser electo por la comunidad. Trump actúa como un marshall, que es una policía al servicio de la justicia federal de EUA fundada por George Washington para garantizarla, cuya labor es la ejecución de órdenes de captura de presuntos criminales. El marshall ejecuta y se retira sin mayor intervención. Los problemas políticos, económicos y sociales no se atienden, incluso pueden agravarse. No es competencia de este tipo de policía. En ese sentido, el mensaje geopolítico más importante es que la hegemonía estadunidense en la región es incuestionable y que el “largo” brazo de la justicia norteamericana puede alcanzar a cualquiera.

Ningún intervencionismo es aceptable y el orden jurídico internacional lo proscribe. Hay que condenar al marshall Trump indudablemente, pero este rechazo no significa un apoyo a regímenes dictatoriales y autoritarios, que deben erradicarse no importa su inclinación ideológica. La democracia representativa, con todos sus defectos, es mejor que cualquier régimen en el que una persona o un grupo adictos al gobierno deciden centralizadamente los destinos de un país. El occidente democrático, aun en crisis, ofrece mejores oportunidades de desarrollo humano sostenible e incluyente que los populismos autoritarios ascendentes en el mundo.

El MAGA u otros proyectos personalistas ofrecen espejismos, que se desvanecen con el tiempo. Los paraísos prometidos por los populismos son oasis inexistentes, insuficientes o efímeros que ayudan a ganar elecciones, pero favorecen la llegada o mantenimiento de criminales y sociópatas en el poder. La erosión de la legitimidad democrática por elecciones plurales y competitivas sólo perpetúa a un grupo en el poder, que suele ser presagio de mayor pobreza y marginación. Los latinoamericanos debemos comprender que la acción de un marshall extranjero no es loable, ni es la vía de solución de nuestros problemas, pero la desesperación y la desesperanza es entendible en quienes padecen y huyen de las dictaduras.

Investigador del Instituto Mexicano de Estudios Estratégicos en Seguridad y Defensa Nacionales y del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores

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