
La mentira es un recurso del que echan mano. La manipulación de la información, también. La propagación de fakes news es cotidiana, pero después del éxito militar en Caracas algo ha cambiado. Trump y los suyos, exultantes de poder y envalentonados, han empezado a hablar sin disimulo ni tapujos. Están hablando y haciendo exactamente lo que piensan y lo que les interesa, descarnadamente.
El boom de este lenguaje comenzó el mismo 3 de enero con el anuncio de la captura del dictador Maduro. El Presidente de los EUA declaró que Estados Unidos “llevó a cabo un ataque a gran escala contra Venezuela… cumplió su objetivo en horas, capturamos a Maduro y a su esposa, sin una sola baja del ejército norteamericano ni de su arsenal operativo”. Poco después, en un mensaje en vivo desde su club en Mar-a-Lago, dijo: “Ahora vamos a administrar el país hasta que podamos llevar a cabo una transición segura”.
Traduzco: violamos el derecho internacional, la constitución norteamericana y ahora el gobierno de Venezuela es nuestro.
Toda la semana escuchamos confesiones cínicas como esa, hasta que llegó el momento estelar el viernes 9. Una veintena de ejecutivos de las mayores petroleras del mundo fueron convocados a Washington para hablar de lo que importa: “La reunión de hoy se centrará casi exclusivamente en el petróleo venezolano…”, apuntó Trump y agregó. “El plan es que gasten, que nuestras gigantescas petroleras gasten al menos 100 mil millones de dólares de su propio dinero… No necesitan dinero del gobierno, pero necesitan protección y seguridad del gobierno… estaremos ahí para recuperarlo y obtener una buena rentabilidad”.
Entre broma y veras “Todas las empresas aquí presentes serán socios valiosos para revitalizar la nación venezolana, restaurar su economía y generar gran riqueza para sus empresas y su gente, así como para el pueblo
estadounidense y una enorme riqueza para las empresas que están entrando… Y si no quieren entrar, háganmelo saber, porque tengo 25 personas que no están aquí dispuestas a reemplazarlos”.
Días antes, en una entrevista con Fox lo fraseó así: “Estamos tomando miles y miles de millones de dólares en petróleo… serán billones… Vamos a seguir ahí hasta que sanemos el país”.
Y sí, tal fue el primer acuerdo de EU con el alicaído aparato bolivariano de Delcy Rodríguez: “Me complace anunciar que las Autoridades Provisionales de Venezuela entregarán entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo de alta calidad y autorizado exclusivamente a los Estados Unidos” celebró Trump.
Y en la que constituye su definición más nítida por desvergonzada, en entrevista con el New York Times: “Mi poder como comandante en jefe está limitado solo por mi propia moralidad”. Y cuando se le planteó si había algún límite a sus poderes globales, Trump reiteró: “Sí, hay una cosa. Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme... No necesito el derecho internacional”, en consonancia con lo que hace algunos meses tuiteaba “El que defiende a su país no viola ninguna ley”.
No es solo la creencia ni la locura de un megálomano, es además una doctrina compartida por su gobierno, su movimiento y muchos de sus aliados internacionales. Habla Stephen Miller, el principal asesor de Trump: “Estamos en un mundo en el que podemos hablar todo lo que uno quiera sobre sutilezas internacionales y demás, pero vivimos en un mundo, el mundo real, que está gobernado por la fuerza, gobernado por la dureza, gobernado por el poder… Son las férreas leyes del mundo desde el principio de los tiempos”.
Ese tipo de cosas están formalizadas en el famoso corolario de la “Nueva estrategia de seguridad nacional”, documento oficial que establece las prioridades geopolíticas del presidente, publicado el 4 de diciembre pasado.
El acento de este imperialismo vivificado está en América Latina, región en la que EU debe tener primacía, “libre de incursiones hostiles o propiedad extranjera de activos clave”. Las redes sociales institucionales del Departamento de Estado y de la Casa Blanca lo resumieron así: “Este es NUESTRO hemisferio”, donde radican los principales riesgos de su seguridad: “la inmigración y el narcotráfico”.
Pero no se crean que la agresiva amenaza se limita allí. En la misma reunión petrolera, Trump habló de Groenlandia: “Quiero llegar a un acuerdo, sabes, por las buenas. Pero si no logramos hacerlo de la forma fácil, lo haremos por las malas”.
Más al fondo —como lo recordó Daren Acemoglu— es la negación de un cierto orden que rigió la geopolítica y la economía durante décadas, en el cual reglas, instituciones, mercados y bancos centrales tenían el papel articulante. Con Trump emerge el poder militar y la fuerza como factores que ordenan fronteras, la economía, el intercambio y el comercio internacional.
En el citado corolario no se apuesta por guerras largas, sino por operaciones rápidas: acciones contundentes, cortas, con resultados demostrables, para negociar y para congraciarse con su base social y electorado.
Que quede claro: cualquier instrumento de poder militar, económico o político que ayude a demostrar e imponer la supremacía estadounidense le está permitido y es el núcleo de su visión del mundo, concluyó el NYT.
A la radicalización ideológica, a la cristalización de sus intereses petroleros y todo lo que le está asociado, al quebranto de las relaciones internacionales, le ha seguido el envilecimiento en su lenguaje, un cinismo transparente al que no le importa sino demostrar su fuerza.
Esa retórica belicosa empieza a moldear la percepción pública y transmite el mensaje del mundo -similar al del “principio de los tiempos”- al cual hemos entrado.