Opinión

La herida iraní

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Exilio iraní en pie de guerra Manifestantes queman un retraton del líder supremo Ali Jamenei en Londres (NEIL HALL/EFE)

«No me impongas el silencio.

Tengo una historia que contar…»

Forugh Farrokhzad

La noticia de que más de 500 personas han muerto en Irán en medio de una brutal represión de protestas ciudadanas es, en su crudeza numérica, apenas un umbral para asomarse al dolor colectivo que atraviesa al país. Según la organización Human Rights Activists News Agency (HRANA), la cifra de fallecidos supera ya las 500 personas, entre ellas decenas de manifestantes ejecutados con munición real y más de diez mil arrestados. Las cifras que emergen del silencio impuesto por el apagón de internet y las restricciones a la comunicación son fragmentos de una misma tragedia: jóvenes estudiantes, trabajadores, mujeres y hombres que salieron a exigir dignidad y libertad y fueron recibidos con balas.

Pero esta violencia no cae sobre el vacío. Se ensaña, una vez más, con cuerpos que llevan más de un siglo resistiendo. Las mujeres iraníes de hoy son herederas de una lucha larga y persistente, muchas veces borrada. Desde la Revolución Constitucional de 1906, cuando desafiaron la estructura religiosa del país y participaron activamente en la aspiración de un Estado secular, han sostenido una resistencia que atraviesa generaciones. Fundaron escuelas, clínicas y asociaciones; se opusieron a la poligamia, a la desigualdad en el divorcio, al matrimonio infantil y a la imposición del hiyab. Por ello fueron señaladas, perseguidas y silenciadas. Algunas fatwas llegaron a declarar antiislámicas las escuelas para niñas. Y aun así, no se detuvieron.

Mucho antes, en el siglo XIX, Táhirih Qurrat al-Ayn se quitó el velo y declaró obsoletas las leyes que pretendían gobernar el cuerpo femenino. Pagó con su vida. Desde entonces, cada intento de emancipación ha sido respondido con castigo. Tras la Revolución de 1979, las mujeres volvieron a las calles. El 8 de marzo protestaron contra las primeras medidas del nuevo régimen: contra el hiyab obligatorio, contra la desigualdad legal, contra la idea de que la obediencia fuera su destino. Esa herida nunca cerró. Hoy vuelve a sangrar.

Este derramamiento de sangre no es solo una crisis política, religiosa o militar. Es la confirmación de hasta qué punto el poder puede convertir al pueblo en víctima y ejecutor al mismo tiempo. La represión organizada desde el Estado se filtra en la vida cotidiana, en las relaciones más íntimas, en el miedo compartido: vecinos vigilándose, familias fragmentadas, mujeres obligadas a negociar cada gesto entre la supervivencia y la desobediencia. Una de las tragedias más profundas del Irán actual es esa: que el torturador y el torturado, en un sentido simbólico, convivan en un mismo cuerpo social herido.

La película más reciente de Jafar Panahi, Un simple accidente, dialoga con esta realidad desde una metáfora inquietante. Un grupo de exprisioneros se enfrenta a la posibilidad de torturar a uno de sus antiguos torturadores. No hay alivio ni revancha fácil. Solo la pregunta persistente por lo que la violencia hace con quienes la padecen y con quienes la reproducen. El dolor no desaparece: se transforma, se desplaza, se hereda.

Desde fuera, las palabras también pesan. Las amenazas de Trump de imponer castigos “como nunca antes” y las promesas de intervención pronunciadas desde un avión presidencial, mientras el país es empujado al apagón digital como forma de censura, no hacen más que ahondar la herida abierta.

Panahi ha sido censurado, encarcelado y silenciado. Sin embargo, su cine —como la poesía de Forugh, como las voces de las mujeres en las calles— persiste. Cuando vemos los nombres de quienes han muerto, como el de la joven estudiante Rubina Aminian, asesinada a tiros mientras protestaba, no vemos cifras. Vemos vidas detenidas en su gesto más elemental: el deseo de libertad.

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