
El inicio de año ha cimbrado al mundo con la noticia de la incursión estadounidense en Venezuela para detener y procesar, ya en territorio norteamericano, a Nicolás Maduro. La amenaza que muchos veían como un ardid de Donald Trump se concretó sobre el régimen latinoamericano y con una corriente ideológica que en los meses más recientes ha perdido influencia geopolítica en la región. Brasil, Colombia, Cuba y México forman ese bloque de izquierda que hoy se vuelve apetitoso, en mayor o menor medida y por distintos motivos, para el inquilino de la Casa Blanca. Más hacia la izquierda se encuentran Nicaragua y, pendiendo de un hilo por el inminente cambio presidencial, Honduras.
Para Estados Unidos, repetir lo hecho en Venezuela en Cuba sería un éxito histórico por el simbolismo que tiene y lo que representa en lo personal para Marco Rubio; en Colombia representaría un triunfo estratégico hoy que se han hecho con la tierra de Bolivar y el cobro de cuitas con Petro; México sería la mayor victoria por motivos de seguridad, relevancia comercial y mensaje político hacia el sector más duro de los simpatizantes de Trump. Brasil no es un país tan conveniente para Estados Unidos y Lula ha sido un presidente cauto en su relación con su homólogo norteamericano; Honduras no representa mucho para Estados Unidos y Xiomara Castro termina su periodo en unos días; Nicaragua no tiene un significado para relevante para Trump y Daniel Ortega es un villano conveniente para jugar al gato y al ratón cuando sea necesario.
Los destinos de Díaz-Canel en Cuba y Petro en Colombia parece sellado: Trump va por ellos, asfixiando más al primero y amenazando sin ambigüedades al segundo. Ahí, la moneda está echada. El caso de México es punto y aparte. Trump sabe, como lo mencioné en la entrega pasada, que invadir México tendría un costo que hoy no puede pagar. Es un lujo que no puede darse. Sin embargo, su interés en dejar claro su papel como factótum de la región y del mundo, es claro, como también lo es la importancia de dar sustento y contenido a su “lucha contra el fentanilo y las más de 300 mil muertes de estadounidenses que ha provocado. Necesita, para alimentar su narrativa de cara a las elecciones intermedias y a la sucesión presidencial, que México es un narcoestado.
Todo lo anterior lo saben la presidenta Claudia Sheinbaum y sus principales colaboradores. Saben que Trump no invadirá México, pero también que el estadounidense no perderá la oportunidad de obtener un triunfo que pueda presumir a sus electores y, sobre todo, a sus detractores dentro y fuera de su país. Si la solicitud no se ha hecho de forma expresa en la llamada del pasado lunes entre ambos mandatarios, se haría vía el secretario de Estado, Marco Rubio, u otro alto funcionario como Kash Patel, jefe del FBI y quien en los próximos días visitará nuestro país. Ahí, en esas llamadas o reuniones, es posible que se insiste no solo en el reforzamiento de la estrategia de combate al narcotráfico, sino en la defenestración, detención y entrega de personajes clave de la trama.
La disyuntiva para la presidenta se encuentra en un sitio y momento del que será difícil escapar, incluso si la huida se planea hacia adelante. O satisface la solicitud de un gobierno extranjero para entregar a personajes de la vida política del pasado inmediato, o continúa en la alianza con el ex presidente López Obrador y su grupo que le ha permitido transitar en relativa calma. No decidir algo y pretender continuar estirando la liga significará para Trump que ha tomado partido por el tabasqueño y, entonces, justificará – cuando menos para el norteamericano y los suyos – la intensificación de golpes mediáticos, migratorios y financieros contra ciertos personajes o, incluso, una discreta intervención en nuestro país para detener y extraer a quienes en Washington son considerados como cabezas de la narcopolítica.
El escenario para la presidenta no es sencillo, como suele no serlo para los grandes líderes: mantener o romper alianzas con aquellos que les antecedieron y facilitaron su llegada al poder, así como sacrificar a piezas propias que pueden perjudicar sus proyectos, en lo personal, y las instituciones que representan, en lo general. Este suele ser un dilema muy frecuente que se presenta a aquellos que mandan y las acciones que al respecto toman marcan su destino más allá de la propia coyuntura. Son, prácticamente siempre, momentos que diferencian a un jefe de un líder. Estamos próximos a conocer qué sucede.
Profesor de la UNAM
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