
Desde la antigüedad, la búsqueda de la verdad a favor de la justicia, ha requerido mentes inquisitivas capaces de observar, razonar y conectar indicios. — Desde la antigüedad, la búsqueda de la verdad a favor de la justicia, ha requerido mentes inquisitivas capaces de observar, razonar y conectar indicios. Figuras como Aristóteles y Platón ya empleaban métodos sistemáticos de observación y lógica para desentrañar enigmas, sentando las bases de lo que hoy entendemos como investigación científica. Con el tiempo, esta práctica se profesionalizó y especializó, incorporando disciplinas técnicas como la cerrajería, la balística, la medicina forense y la biología molecular.
El gran salto ocurrió en el siglo XIX con el nacimiento de la ciencia forense moderna. Técnicas pioneras como el análisis de huellas dactilares, el estudio entomológico para estimar el tiempo de muerte o el examen microscópico de fibras y fluidos, transformaron la investigación en una actividad científica rigurosa, seria y universal.
Personajes emblemáticos como Allan Pinkerton, fundador de la primera agencia de detectives en Estados Unidos, y Eugène François Vidocq, exdelincuente convertido en el primer jefe de la policía francesa, establecieron los pilares de la investigación privada profesional: discreción, perseverancia y uso innovador de la evidencia.
En la era actual, la revolución digital ha cambiado radicalmente el panorama. Los investigadores privados disponen de herramientas antes inimaginables: acceso masivo a información pública y de código abierto, rastreo de huellas digitales en redes sociales, geolocalización en tiempo real y, sobre todo, el poder transformador de la inteligencia artificial (IA) y el big data. Estos avances permiten detectar patrones ocultos, correlacionar datos dispersos y anticipar comportamientos, capacidades que superan con creces el análisis intuitivo del ojo humano.
En México, el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum ha colocado el fortalecimiento de la inteligencia, la investigación policial y la capacitación como eje central de su Estrategia Nacional de Seguridad. Iniciativas pioneras, como la inauguración del primer Centro de Entrenamiento de Realidad Virtual (CERV) para la policía —el primero en América Latina—, demuestran este compromiso. Este centro, equipado con simuladores de tiro al blanco en entornos virtuales, junto con escenarios de intervención realistas, no solo reduce costos en municiones y minimiza riesgos, sino que permite evaluar el uso proporcional de la fuerza, el respeto a los derechos humanos y la toma de decisiones bajo presión. Estas herramientas, combinadas con la creación del Sistema Nacional de Inteligencia y la Subsecretaría de Inteligencia e Investigación Policial, abren la puerta a un uso más sistemático de tecnologías avanzadas, incluyendo la inteligencia artificial para el análisis criminal, la predicción de riesgos y la generación de inteligencia estratégica.
Reconozcamos entonces en la investigación y la tecnología al servicio de la justicia, una evolución enorme a favor de la precisión y la velocidad en la resolución de casos, que también ha elevado las expectativas de justicia y profesionalismo. En este contexto, incorporar de manera ética y regulada herramientas como la IA y los simuladores de entrenamiento, sin duda representan una oportunidad histórica para avanzar hacia una sociedad más segura y equitativa; pero no perdamos de vista que el futuro de la investigación no está en sustituir al ser humano y sus capacidades o juicio, sino en potenciar su capacidad de descubrir la verdad, tomar decisiones acertadas y actuar con justicia; porque hoy la pregunta no es si la tecnología transformará la seguridad, sino cómo aseguraremos que lo haga al servicio de la ciudadanía. A fin de cuentas, los algoritmos siguen siendo programados por los humanos.