Opinión

Valor sentimental

Valor sentimental

1.

Valor sentimental es el título de la película noruega ganadora del Gran Premio del Jurado en la reciente edición del Festival de Cannes, actualmente en cartelera en algunas salas del país, y es en todo sentido una obra maestra que abreva de la mejor tradición del cine nórdico.

Su director Joachim Trier (Copenhague 1974, de nacionalidad noruega pero nacido en Dinamarca) traza la historia de una película dentro de otra película que involucra al personaje del director de la cinta y a sus dos hijas, y los retrata en el ajedrez de las emociones familiares con la profundidad psicológica que podemos reconocer en los personajes del sueco Ingmar Bergman; la complejidad de las relaciones familiares que ha documentado con toda precisión el danés Thomas Vinterberg; la intensidad emocional y los riesgos que se permite en la pantalla el también danés Lars von Trier; y la sobriedad minimalista pero profundamente humana del finlandés Aki Kaurismäki.

No es sólo una película que enriquece el paisaje cinematográfico de Escandinavia como uno de los centros más destacados del cine contemporáneo, es también una apuesta esencialmente europea, como lo demuestran la participación de fondos de Noruega, Francia, Alemania, Dinamarca, Suecia, Reino Unido y la Unión Europea para su realización. Un producto cultural que traspasa por mucho las fronteras tradicionales, y que lanza desde Europa un llamado convincente a romper con el prejuicio de que el cine de arte -o “de autor”-, no puede ser disfrutable, digerible y apreciado por todos los públicos, o circular con éxito de taquilla.

2.

El sexto largometraje de Joachim Trier se pregunta qué sucede cuando la memoria familiar se apropia del presente y asfixia al pasado. Cuando es al mismo tiempo obstáculo y libro abierto, fuente de discordia y única vía para la redención.

La trama establece la historia detrás de una película escrita y dirigida por un director noruego de fama internacional, quien regresa a la casa familiar en Oslo que abandonó décadas atrás. Ha regresado cuando nadie lo esperaba con el propósito de filmar una película de un gran valor sentimental -de ahí el título-.

Se propone con ello no sólo poner un alto a más de una década de inactividad como director, sino de paso reencontrarse con sus hijas y con su pasado, pero sobre todo con la certeza de que ha escrito el mejor guion de su carrera, acaso su obra cumbre y de plena madurez creativa, cuando cifra setenta años de edad y está próximo a retirarse. Netflix será el productor de su película, y tiene por ello que lidiar con las imposiciones de la gran plataforma global, siento éste un guiño significativo de la manera en las que se han transformado las reglas de la producción cinematográfica en la era digital.

La casa familiar, que lo fuera también de los padres y los abuelos del director-personaje, es el espacio físico y moral donde habita la memoria fracturada de la familia, una memoria contada desde diversas voces y ángulos, con los que ninguno de ellos puede reconciliarse del todo.

Recientemente ha muerto la ex esposa y madre de sus dos hijas, una psicoanalista que ahí mismo daba consulta, y pronto esa casa habitada de fantasmas, propios y extraños -un hermoso chalet noruego que ha sobrevivido a la modernización de la ciudad-, será puesta a la venta. Antes de que ello ocurra el director imagina que sería el set perfecto para filmar una película que al parecer irá de confesiones e intimidades familiares.

Una de las dos hijas, la mayor -interpretada de manera soberbia por Renate Reinsve-, ha logrado establecerse como una actriz con reconocimiento local y una carrera propia que le ha dado la espalda a la fama de su padre. Atrás del escenario sufre ataques de pánico, y fuera del escenario padece de caídas depresivas recurrentes, en lo que delata que algo no ha quedado bien acomodado en su tránsito a la adultez.

La hija menor -que en su infancia hizo un papel protagónico en una de las películas mejor valoradas de su padre sobre la ocupación nazi de Noruega- ha logrado formar una familia, tiene un hijo pequeño y es historiadora profesional. Siendo una película sobre la memoria, que la hija mejor sea historiadora refuerza la idea de que esta película es también un complejo artefacto historiográfico. (La hija descubrirá en los archivos históricos de Noruega que su abuela fue torturada por los alemanes).

Trier construye su relato a partir de la superficie de lo familiar, pero es una superficie que cruje bajo el peso de los años, de los reproches acumulados, de lo que no se dijo en voz alta. Una historia oculta en esa otra historia a contarse (la película por filmarse) y que, como si se tratara de una muñeca rusa, se revelará en esa tercera capa que es la película misma, que vemos desarrollarse en la pantalla por poco más de dos horas.

En el centro de Valor sentimental está la figura de Gustav Borg, el veterano director interpretado con maestría por el actor sueco plenamente avecindado en Hollywood, Stellan John Skarsgård. Gustav quiere filmar “la verdad”, entre ellas el pasaje de su pasado en el que su madre se suicidó en esa misma casa cuando el era un niño. Pero la verdad es siempre más compleja que cualquier guion que se escriba sobre ella. La película plantea que no hay una sola verdad, hay muchas, se entrelazan, se confrontan y se subvierten. Entre la memoria y la verdad hay un punto intermedio que la película reivindica: el amor filial y el amor paternal. Entre la memoria y la verdad hay también otro reducto: el perdón, que no es lo mismo que el olvido.

El planteamiento de fondo de la película recuerda la célebre frase de Robert Bresson sobre la dificultad de filmar sentimientos: no se trata solo de reflejarlos, sino de capturarlos, es decir, de hacerlos respirar sin ahogarlos en la camisa de fuerza de lo melodramático. Aquí, esa respiración es a un tiempo asfixiante y edificante, de ahí la genialidad con la que la Trier admite y entreteje ambos contrastes: lo atroz y lo sublime.

Borg considera que el papel protagónico de la película debería ser interpretado por su hija. Ella se niega, y acude entonces al fichaje de una mega estrella de Hollywood de gran cartel. También tendría que participar su pequeño nieto, pero la madre historiadora se niega por igual. Hay rencor y desconfianza de las hijas con respecto a las intenciones del padre que un día las abandonó.

Detrás de todo esto, no como telón de fondo sino como espina dorsal, aparece la casa, el otro gran personaje de la historia. Somos todos nosotros hijos, herederos, esclavos, dueños, beneficiarios y víctimas de las casas que habitamos en la infancia. La de los Borg, tapizada de grietas visibles e invisibles, es aún mismo tiempo nuestra casa. Imposible no colocarla dentro de nuestros propios referentes.

3.

La película deja en claro que el silencio pesa más que las palabras. Señala con el dedo a los fantasmas que habitan el silencio: un campo minado en el que se libran batallas invisibles, donde las palabras no pronunciadas pesan más que cualquier confesión tardía. Cada gesto que no se transforma en palabra revela el costo humano de lo no dicho y lo no escuchado. Los silencios no son neutros, sacan a flote zonas de pudor, de miedo, de vergüenza y de autocensura que erosionan los vínculos familiares y deforman los afectos.

Lo no dicho no se desvanece, se incrusta -contrahecho y balbuceante- en los intersticios de la memoria: alimenta rencores, malentendidos y subraya ausencias que, con el tiempo, adquieren la densidad de un muro de acero. El silencio, nos enseña Trier, es un hábito que erosiona la confianza y oscurece los vínculos. Sólo puede ser confrontado cuando la palabra emerge, por fin, aún desde el riesgo de quien la pronuncia y la vulnerabilidad de quien la escucha.

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