
Uno de los problemas del mundo de hoy es que hemos caído, de manera cada vez más profunda, en el imperio de la simplificación. Eso se traduce, por una parte, en una reducción visible de las capacidades cognitivas medias; por otra, en la polarización política e ideológica de las sociedades.
Desgraciada, o afortunadamente, es complejo entender el mundo y son complejas las sociedades. La vida misma es compleja.
Aventuro algunas hipótesis para explicar (e intentar explicarme) esta tendencia extrema a la simplificación. Por supuesto, está la tendencia natural para todo ser humano de responder con una frase la razón y la solución de los problemas, y de organizar la vida a través de estas soluciones. Pero esa tendencia no explica el por qué ahora abundan más que antes ese tipo de respuestas. Habría que preguntarnos qué factores la refuerzan.
Uno, me parece, es la transformación de internet. Lo que antes eran mercados competitivos se volvieron mercados monopólicos, y esto ha derivado en un rebajamiento del nivel de discusión a niveles ínfimos. Las redes sociales hacen las veces del Wal-Mart. Allí te puedes encontrar de todo, pero de baja calidad, porque hasta lo que te quieren vender como delicatesen es estofa de segunda. En el camino, se ha destruido prácticamente todo lo que era equivalente al comercio minorista, eliminando o disminuyendo drásticamente las posibilidades de publicidad de nicho. Y las redes han pasado de lo escrito a lo visual, y de las cosas más o menos desarrolladas como los blogs a los teasers de un minuto, o menos, en Tik Tok.
Además, las grandes redes sociales se están convirtiendo en la puerta automática de entrada a internet. Si antes una noticia no existía si no estaba en la televisión, ahora no existe si no te la recomendaron en alguna de las redes. El problema es que ahora te pueden pasar peor basura que en el canal de televisión más jodido, sin que exista el filtro para verificar ya no digamos la calidad, sino la veracidad de la información. Es la ausencia total del moderador, el que debería ayudarte a distinguir entre lo razonable y lo disparatado.
¿En qué se traduce todo eso? En primer lugar, hace más difícil la búsqueda de información relevante en la red; antes lo podía hacer cualquiera, ahora se requiere de cierta educación y cierta capacidad de raciocinio para escudriñar correctamente entre la paja. Esencialmente se traduce en la creación de fenómenos de estupidización masiva y en la capacidad de manipuladores para convertirse en figuras influyentes a partir de la compra indiscriminada de espacios o, a veces, del simple gusto de los ignorantes por seguir a otros iguales a ellos. Hemos llegado al grado de que hay muchos usuarios de las redes que utilizan las distintas IA como argumento de autoridad… y luego toman como reales imágenes hechas a petición de parte por la propia IA.
Desgraciadamente los algoritmos te llevan una y otra vez a la basura desinformativa y consumista que, lejos de beneficiar a los ciudadanos pensantes, los orilla a entrar al círculo vicioso que enferma y que demuestra, como siempre, que el que tiene más dinero compra más audiencias.
¿Y el resultado en términos políticos? Menor interés por las propuestas y las ideas, menos ganas de discutirlas y más de mentar madres, con el consiguiente resultado de que se cree que se está participando activamente en la sociedad cuando lo que han hecho los nuevos mercados digitales es pulverizar la participación real, lo que a su vez trae consigo decisiones masivas equivocadas.
Por supuesto, hay quienes alimentan esta simplificación creciente no por deseos de incrementar sus ganancias, sino por interés político: la búsqueda de poder, ya sea para obtenerlo o para mantenerse en él.
Eliminar las áreas grises y pintarlo todo en blanco y negro es útil para poner de su lado a quienes tienen una capacidad de atención limitada y no están dispuestos a percibir cuestiones complejas. Dibujar una sociedad o un país en el que sólo hay buenos y malos, insistir en que se tienen todas las soluciones y generar expectativas desmesuradas puede resultar una estrategia exitosa. Más, cuando es precedida de una etapa de frustración social. Pero es una estrategia que empobrece la vida social y dificulta la convivencia.
Los consensos no están de moda, no son sexy. Tampoco lo está la deliberación. No dan clics. Las críticas legítimas lo hacen, pero en una pequeña medida. En cambio, la descalificación, el insulto, el chisme personal, la extorsión y las amenazas son populares. Lo dice el algoritmo. Y ciegamente, tirios y troyanos los buscan, y la discusión a menudo se reduce a “chairo de mierda” o “facho de mierda”.
Entonces nos encontramos ante gobiernos que rara vez escuchan. Prefieren hundir las críticas legítimas en un pantano indistinguible de aquellas que no se basan en la realidad y son parte de una (contra)campaña de desinformación. Así les conviene.
El resultado es que cada vez son más las sociedades polarizadas; que cada vez es menor el número de personas que admiten estar equivocadas en algo, así sea parcialmente; que cada vez son menos quienes están dispuestos a ver la otra parte del argumento; y que cada vez son más quienes reaccionan de manera agresiva (o pasivo-agresiva) ante la más mínima crítica. Victoria de la simplificación y derrota de la empatía (y de la democracia, tal y como la conocíamos).
fbaez@cronica.com.mx
Twitter: @franciscobaez