
El descarrilamiento del ferrocarril del 28 de diciembre, dice la procuradora general de la república se debió al exceso de velocidad. Si eso fue así, se pregunta el ingeniero Eduardo Ramírez Cato, entonces ¿Por qué pasaron la curva las dos locomotoras y solo descarriló el primer vagón del tren? ¿Cómo explicar eso? ¿Acaso las locomotoras volaron por encima de la vía?
La pregunta clave para entender esto es, precisamente, ¿estamos ante un problema de diseño, de estructura, de equipo o ante un problema humano, de operación? Para saberlo hay que evaluar primero la maquinaria y el equipo involucrado, solo al final debemos considerar la parte humana.
Un estudio profundo, histórico y estructural debe ser lo primero a hacer, pero aquí las autoridades procedieron a resolver el enigma de la manera más fácil, culpando a los operadores del tren. El estudio en profundidad será hecho por expertos, dice la presidenta Sheinbaum, en el futuro.
Culpar a los operadores (el maquinista y dos auxiliares) nos lleva a pensar que las autoridades no quisieron involucrar en la investigación a las figuras públicas, políticos poderosos, que fueron responsables de construir el ferrocarril accidentado (entre ellos Andrés Manuel López Obrador, su hijo Gonzalo, la Secretaría de Marina, empresas privadas, etc.).
La tragedia –dice el Dr. Manuel del Moral de la Universidad Iberoamericana-- fue producto de factores “sistémicos” no por una acción humana aleatoria sino como consecuencia impersonal de una estructura preestablecida. Lo que sucedió pudo haber sucedido en otro momento.
El primer problema es la antigüedad de la ruta: fue concebida de acuerdo a trazos que se hicieron –escuche usted bien-- desde la época de Porfirio Díaz. La Secretaría de Marina se obsesionó en construir la nueva ruta sobre el diseño original y así se hizo. El segundo problema es que los componentes del ferrocarril (máquina, vagones, rieles) no son nuevos sino viejos: se construyeron en el siglo pasado, los vagones fueron construidos en Estados Unidos hace 50 años; las locomotoras se hicieron, una, en 1984, otra, en 1994. Esas máquinas se utilizaron durante muchos años en trenes suburbanos del país vecino. O sea, fueron concebidas para un contexto orográfico totalmente distinto.
Una regla en Norteamérica es que un equipo con 50 años de antigüedad debe separarse del servicio público
En otras palabras, el tren interoceánico no era nuevo y sus elementos podrían, ciertamente, ser reutilizados siempre y cuando hubieran sido sometidos a un proceso adecuado de reelaboración, cosa que no sucedió. Las vías, los balastos y durmientes tampoco eran nuevos y, aunque son durables, debieron tener un proceso de reconstrucción.
Sorprende, sin embargo, la rapidez con la cual la PGR se apresuró a dictaminar que la culpa de la tragedia la tenían el maquinista y los otros dos operadores del ferrocarril con el argumento de que habían transgredido los límites de velocidad establecidos y no habían aplicado el freno de emergencia.
Lo que la procuradora no menciona es que las ruedas del tren estaban gastadas, lo mismo que las vías, los balastos era inadecuados, la curva que el ferrocarril cruzó en el descarrilamiento (95 metros de circunferencia) es una de las curvas más cerradas de toda la red ferroviaria nacional, los vagones eran más largos (95 pies) que las locomotoras (60 pies), el sistema digital de intercomunicación no funcionó adecuadamente, no hubo regulación automática de la velocidad, no se utilizó lubricante para las vías, no se revisaron los peraltes, etc. etc. Las fallas y carencias sistémicas son muchas y todas ellas apuntan a responsabilizar a los responsables de construir el tren y solo en última instancia a quienes lo operaban.
Culpar a los maquinistas es cargar la responsabilidad en el actor más débil y de esa manera soslayar un escándalo político mayúsculo para la 4T. Pero esta maniobra se puede decir que fracasó puesto que en estos días han salido en los medios evidencias numerosas de que las obras monumentales o espectaculares que levantó López Obrador durante su sexenio como el Tren Maya y el Tren Interoceánico son fraudulentas, simulaciones que constituyen auténticas amenazas para el pueblo de México