Opinión

Serrano y las trincheras de hace cinco lustros

Fernando Serrano Migallon (Edgar Negrete Lira)

Hace poco más de dos años, en los primeros días de febrero de 2024, el Rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, Leonardo Lomelí, inauguró en el Museo Universitario de Ciencias y Artes (MUCA) la exposición “El llamado de Apolo”, una retrospectiva de la obra del artista plástico y profesor emérito José de Santiago Silva. Allí, acompañando a quien encabezó la entonces Escuela Nacional de Artes Plásticas y la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM, estaba Fernando Serrano Migallón, quien más de cinco lustros había sido director de la Facultad de Derecho cuando realicé mis estudios de licenciatura y con quien había cursado la asignatura de Derecho Constitucional.

Serrano y yo nos habíamos conocido muy bien durante los años que marcaron el reinicio de las actividades universitarias tras la huelga más larga que haya conocido la institución. Fueron momentos complejos en los que la Universidad buscó, hacia el interior, recomponer un tejido social que había quedado sumamente lastimado tras un movimiento estudiantil que al poco tiempo de iniciar se radicalizó y confrontó a la comunidad en extremos y, hacia el exterior, reposicionar la imagen y el prestigio de la institución, condiciones que resultaron abolladas por un paro de actividades tan prolongado. En ese contexto conocí a Serrano Migallón y en los papeles de Director de la Facultad de Derecho y “estudiante inquieto” forjamos nuestra relación.

Nuestra relación fue compleja y en no pocas ocasiones estuvo marcada por tensiones, divergencias y enconos provocados por la diferencia en las visiones sobre el papel de la Facultad de Derecho en el doble reto que la Universidad enfrentaba para recomponer a su comunidad y reconstruir su cara hacia el exterior. A ambos nos unía un amor profundo por la Universidad y compartíamos como único interés sacar a nuestra Casa de la negra noche en la que había vivido por más de nueve meses de paro; sin embargo, las formas para conseguirlo nos separaban. Con todo, en ningún momento las diferencias estuvieron por encima de los intereses de la Facultad y su comunidad y logramos, cada quien desde nuestra trinchera, hacer lo que más convenía a la Universidad.

Así fue la relación entre Director y alumno desde el principio y hasta el día de mi examen profesional, cuando Fernando Serrano presidió el sínodo que me otorgaría el título de licenciado en Derecho por la UNAM. Al día siguiente de mi examen profesional fui a la Dirección a tomar un café y Fernando Serrano me invitó a incorporarme como profesor en la asignatura que, por su contenido y por quien fue mi profesora, Aurora Arnaiz Amigo, más había disfrutado durante la carrera: Teoría General del Estado. Dos décadas después, sigo al frente de esa materia. Curiosidades de la vida: de la mano de Serrano terminé mi etapa como estudiante, habiendo sido él el último profesor que me evaluó y también de su mano inicié mi carrera como profesor universitario, tras su invitación a formar parte de la planta docente de mi Facultad.

Fernando Serrano estaba sentado en una de las mesas que se habían dispuesto para el sencillo brindis que se ofrecería al concluir el recorrido inaugural de la exposición. Estaba solo y me acerqué a saludarlo. Antes de que pudiera decirle algo, me felicitó y me deseó el mayor de los éxitos. Un par de días antes, el Rector Lomelí me había designado como Director General de Atención a la Comunidad. Le agradecí y le ofrecí una disculpa. Contrariado, me preguntó por qué. “Por haber sido insoportable como estudiante cuando usted fue mi Director”. Soltó una carcajada y me contestó que ese era el papel que a mi me tocaba jugar como joven y que a él como Director le había correspondido el de ser como fue y decidir lo que decidió. Le di un abrazo con enorme afecto y respeto, pues entonces entendí tanto de lo que fue una de las más extraordinarias etapas de mi vida y el papel que desde distintas trincheras cada uno libró por un fin común: la Universidad.

Apenas la semana pasada el Consejo Universitario de la Universidad Nacional Autónoma de México lo designó como profesor emérito. Se trata de un acto de reconocimiento a la trayectoria y obra de uno de los más preclaros intelectuales del Derecho Constitucional y la historia de México y España. Es, también y quizá por encima de ello, la confirmación pública de la calidad humana y el carácter humanista de un hombre al que su tiempo y sus valores lo determinaron como un universitario congruente en su pensar, decir y actuar y generoso con su Facultad, sus maestros y sus alumnos. ¡Felicidades, querido Maestro! ¡Goya por uno de los hijos predilectos que la Universidad parió en el siglo XX!

Profesor de la UNAM

Twitter: @JoaquinNarro

Correo electrónico: joaquin.narro@gmail.com

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