
El abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “El Mencho”, no puede ser reducido a un evento que termina con una biografía criminal; estamos ante algo más denso: un síntoma profundo de lo peor que producen nuestras sociedades, pues su figura se condensa, con nitidez perturbadora, aquello que Hannah Arendt llamó la “banalidad del mal”: la inquietante posibilidad de que el horror no requiera grandeza intelectual, ni profundidad moral, ni siquiera una conciencia particularmente reflexiva. Basta, antes bien con una racionalidad instrumental eficaz, una voluntad adaptativa y una disposición para ejercer la violencia sin mediación ética.
El Mencho no fue “un estratega” en el sentido clásico de las mafias del siglo XX. Su trayectoria -como la de Miguel Ángel Félix Gallardo o Joaquín “El Chapo” Guzmán- no responde al modelo del genio criminal que la literatura o el cine han construido. Por el contrario, se trata de trayectorias marcadas por la precariedad, por la marginalidad estructural, por la inserción temprana en economías ilegales y por una forma de inteligencia práctica que se despliega en el riesgo, la lealtad y la violencia extrema. La pregunta que emerge entonces no es menor: ¿cómo ocurre que sujetos sin capitales culturales significativos logren, en el siglo XXI, el “siglo del conocimiento, la tecnología y la ciencia”, construir estructuras de poder capaces de desafiar al Estado?
La respuesta puede buscarse la textura misma del orden social. Lo que se revela en estos casos es la existencia de un mundo de la vida profundamente erosionado, donde las categorías normativas del bien y del mal son desplazadas por lógicas de supervivencia, acumulación y dominio salvaje y bárbaro. En estos contextos, la violencia aparece como lenguaje; no como ruptura, sino como continuidad de un estado caótico de las cosas.
Resulta inquietante el hecho de que tanto “El Mencho” como otros líderes criminales hayan tenido, en algún momento, un vínculo directo con las instituciones de seguridad pública. Haber sido policías no es un dato anecdótico; es, en términos hermenéuticos, una clave de interpretación. Obliga a preguntarnos por la porosidad del Estado, por la fragilidad de sus fronteras éticas, por la facilidad con la que los dispositivos de control pueden devenir instrumentos del crimen.
Podría decirse que en estas trayectorias se manifiesta una forma radical de desarraigo del Dasein heideggeriano, una caída en la inautenticidad. El ser-en-el-mundo del sujeto se configura aquí, no en relación con el cuidado (Sorge), sino con la dominación y la destrucción. La violencia extrema -decapitaciones, mutilaciones, desapariciones- no es simplemente un instrumento del mundo criminal, sino una forma de inscripción simbólica del poder: un mensaje dirigido tanto “al enemigo” (el orden institucional del Estado) como a la comunidad.
Pero hay algo más perturbador aún. La violencia del crimen organizado no se limita a su eficacia instrumental; posee una dimensión estética, ritualística. La exposición de cuerpos desmembrados, la teatralización del horror, la repetición sistemática de prácticas atroces, configuran una gramática del terror que busca producir efectos específicos: paralizar, someter, deshumanizar. En este sentido, el odio es una tecnología de poder.
Aquí es donde la noción de “banalidad del odio” adquiere su pleno significado. Si Arendt advirtió que el mal puede ser ejecutado por individuos incapaces de pensar críticamente, lo que se observa en el caso mexicano es un desplazamiento hacia una forma de odio igualmente banal: no como pasión excepcional, sino como práctica cotidiana, incluso burocratizada. El sicario que ejecuta, el operador que transporta, el mando que ordena participa de una cadena donde la responsabilidad se diluye y la violencia se automatiza.
En este contexto, la figura de “El Mencho” no debe ser mitificada ni demonizada. Hacerlo implicaría perder de vista lo esencial: que su ascenso y su caída son posibles en un entramado social, económico e institucional que los produce y los reproduce. En efecto, la vida en entornos de violencia, precariedad, corrupción e impunidad propicia las condiciones estructurales que permiten que estas trayectorias emerjan y se consoliden.
Por otro lado, aún situando este fenómeno en sus factores estructurales, su comprensión resulta insuficiente. Por ello es necesario reconocer la dimensión ética del problema. La banalidad del odio implica una suspensión de la responsabilidad, una aceptación tácita de la violencia y la aniquilación como forma legítima de relación social. En este sentido, el desafío no es únicamente institucional o económico, sino profundamente moral. Octavio Paz escribió que “la violencia es el signo de una sociedad que no ha resuelto sus contradicciones”. Hoy podríamos añadir que es también el signo de una sociedad que ha perdido la capacidad de nombrar el mal sin banalizarlo. El riesgo no es solo la existencia de figuras como El Mencho, sino la posibilidad de que su lógica se infiltre permanentemente en el tejido cotidiano.
La muerte de un capo no es, por sí misma, una victoria ética. Puede ser, en el mejor de los casos, un acto de restitución parcial del orden. Pero mientras las condiciones que hacen posible la banalidad del odio permanezcan intactas, el ciclo de la violencia continuará reproduciéndose. La tarea, entonces, está en reconstruir el mundo de la vida, las bases éticas de la convivencia, devolverle al lenguaje su capacidad de distinguir entre lo humano y lo inhumano.
Solo así, quizás, podremos dejar evitar que emerjan más figuras que, como “El Mencho”, encarnan no la excepcionalidad del mal, sino su más inquietante normalización e incluso, admiración a través de una industria cultural que les canta y busca legitimarles.
Investigador del PUED-UNAM