Opinión

Inteligencia institucional activa contra la corrupción que fortalece la Estrategia Nacional de Seguridad

IA

Como responsable de la vinculación institucional en las facetas de mi carrera en el sector público, desde la ASF, desde el Gobierno Federal, desde organismos anti-fraude, anti-lavado y desde organismos de fiscalización internacionales, mi relación con instancias del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, he tenido la oportunidad de recorrer el ecosistema tecnológico privado en busca de soluciones que realmente marquen la diferencia en la lucha contra la corrupción. Y lo he encontrado, existe un conjunto de herramientas maduras, disponibles hoy en el mercado privado, que permiten dar el salto definitivo de una fiscalización reactiva y pasiva a una inteligencia institucional activa y preventiva.

El corazón de esta nueva arquitectura es un Centro Nacional de Datos con Inteligencia Artificial para la Identificación de Objetivos de Corrupción. No se trata de un proyecto futurista; son tecnologías ya probadas en el sector privado que podemos integrar de inmediato. Este centro analizaría de forma continua y en tiempo real los grandes volúmenes de información pública y administrativa que hoy se encuentran dispersos: licitaciones, contratos, flujos financieros, declaraciones patrimoniales, nóminas y padrones de todo el país.

La clave está en la integración segura de datos. Mediante protocolos de seguridad internacional de primer nivel (los mismos que utilizan las grandes multinacionales de banca y tecnología), se consolidaría en un entorno cerrado y encriptado la información proveniente de municipios, estados y federación. Una vez cruzada, algoritmos avanzados de comparación, modelos probabilísticos y, especialmente, redes neuronales lógicas (LNN) identificarían desviaciones en procesos de contratación, patrones atípicos en asignación de recursos y posibles conflictos de interés que hoy escapan a la revisión humana tradicional.

Lo más poderoso es que estas herramientas no solo detectan, actúan. Generan automáticamente niveles de riesgo y alertas tempranas que priorizan los casos con mayor probabilidad de daño patrimonial.

Cuando el sistema identifica una inconsistencia, puede desencadenar de manera automática solicitudes de información, requerimientos documentales o procesos iniciales de revisión, reduciendo drásticamente la discrecionalidad humana en la fase crítica de detección y, sobre todo, combatiendo de fondo los posibles actos de corrupción entre instituciones, al eliminar la posibilidad de que haya “con quién hablar” para encubrir o facilitar irregularidades. Esto rompe las cadenas de complicidad colusiva que tanto daño han causado al erario y al Estado de derecho.

Esto representa el cambio de paradigma que México necesita pasar de la detección pasiva, donde se espera una denuncia o una auditoría posterior a una inteligencia institucional activa que previene el daño antes de que ocurra.

Al sustituir procesos opacos por criterios objetivos y trazables, fortalecemos la transparencia y devolvemos confianza a la ciudadanía.

Este esfuerzo tecnológico no está aislado. Se inserta de lleno en la Estrategia Nacional de Seguridad que encabeza con determinación el secretario Omar García Harfuch, en su calidad de encargado presidencial. La corrupción no es un tema meramente administrativo, es un delito que erosiona el tejido social, financia otras formas de delincuencia y debilita el Estado de derecho. Por eso, las herramientas que estamos identificando en el mercado privado son armas de precisión para esta guerra que el secretario Harfuch dirige con visión de Estado.

Seguiré impulsando estos enlaces, evaluando las mejores soluciones tecnológicas disponibles y proponiendo su adopción inmediata. México cuenta con la voluntad política, la infraestructura institucional y ahora también con las herramientas tecnológicas del siglo XXI.

Solo falta dar el paso definitivo, convertir la inteligencia artificial en el aliado estratégico que proteja el patrimonio de todos los mexicanos.

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