
Jurguen Habermas nació en 1929 y en su juventud experimentó el ascenso y el derrumbe del nazismo. El fin de Hitler fue para él algo revelador; le mostró hechos (Holocausto) y desnudó mitos (Supremacía racial) cuya verdad permaneció oculta bajo la seducción de la propaganda.
Habermas se adhirió a la Escuela de Frankfurt, pero no se hizo marxista, aunque mantuvo el imperativo de una profunda transformación social. Rechazó la centralidad del trabajo en su sociología y en cambio adoptó como ejes de su pensamiento a la psicología y a la comunicación.
La clave de su propuesta de cambio social es la ética discursiva (o dialógica). Su reflexión inicial fue el estudio histórico de la opinión pública (Historia y crítica de la opinión pública) que le permitió descubrir los grandes cambios experimentados en la deliberación pública. Advirtió que el parlamentarismo clásico había conocido una degradación que se explicaba por la presencia creciente de los intereses privados en la esfera pública.
Concluyó además que la política se había devaluado, se perdió la inteligencia, las voces públicas abandonaron el argumento y la razón, se hicieron propagandísticas. El Estado, por su parte, se hizo un administrador de servicios mientras que la política se ha convirtió en mera técnica
Conclusión: hay una crisis de motivación y de legitimación social. La sociedad capitalista moderna funciona bajo una lógica universal teleológica e instrumental. Esta es la racionalidad occidental (Aquí Habermas evoca las cuatro categorías de racionalidad de Max Weber en Economía y sociedad), la racionalidad instrumental.
De aquí la necesidad de promover una discusión racional y consciente, actuar en busca de fines, pero dentro de una racionalidad ética o valorativa (Teoría de la acción comunicativa). En realidad, hay que unir la racionalidad técnica y racionalidad ética o valorativa y pasar de la racionalidad privada (intereses privados) a la racionalidad pública (intereses públicos).
Hay valores universales que permitan conclusiones comunes. Para arribar a estos, la clave está en la interacción comunicativa y en la razón: la razón tiene una dimensión comunicativa; la razón privada –mediante el diálogo-- puede devenir en razón pública (basada en valores comunes). Es posible dialogar hasta alcanzar el consenso.
De hecho, la ética discursiva es una discusión civilizada para alcanzar un consenso social, para lograr la autonomía y al mismo tiempo la libertad personal. Esto exige la acción comunicativa. Pero la ética discursiva solo puede darse en una situación ideal de habla (donde hay simetría entre hablantes) y en donde se excluye la violencia o a la manipulación.
Esto solo puede darse a través de la discusión racional. Habermas se apoya en Emmanuel Kant y su idea de una razón universal y la sustenta en el principio de que los seres humanos tenemos estructuras mentales comunes asociadas a valores y lenguaje como los proponen Chomsky, Piaget y Kohlberg.
Este planteamiento, como vemos, reivindica el proyecto de la Ilustración. Recordemos que Kant sostiene dos presupuestos fundamentales: 1) “Obra siempre de modo que la máxima de tu obrar pueda ser de uso universal”; 2) “El ser humano tiene una dignidad per se”.
En el siglo XX parecieron evidencias que soportan estos razonamientos. Por ejemplo, la Gramática Generativa de Chomsky que dice que todos los humanos tenemos una estructura sintáctica profunda y común; Piaget descubre que los niños desarrollan primero una moral heterónoma y pasan enseguida a desarrollar una conciencia moral autónoma. Por último, Kohlberg sostiene que el estadio postrero del desarrollo cognitivo se alcanza al mismo tiempo que se adquiere una moral basada en principios universales.
Todos los hombres podemos alcanzar una moral universal y una ética discursiva basada en la argumentación. Lo importante es crear las condiciones para un diálogo civilizado basado en la razón, en la inteligencia y alejado de la demagogia, la mentira y la manipulación.