
Cuando hace algunos años comenzó a hablarse en México de los “ninis” como una categoría de jóvenes que ni estudiaban ni trabajaban, se generó una suerte de molestia en algunos sectores del gobierno a quienes al parecer les molestaba encontrarse de frente con una realidad incómoda: México era entonces – y desafortunadamente sigue siendo – un país en el que millones de jóvenes en edad de realizar sus estudios o de desempeñar una actividad profesional no lo hacen por falta de espacios y oportunidades. Esta categoría que de ninguna manera se inauguró en nuestro país y que más bien deriva de las condiciones de la juventud europea a finales del siglo XX en países como Inglaterra, Italia y España, tenía como uno de sus principales efectos la falta el que los jóvenes continuaban viviendo en el hogar familiar a edades que en no pocas ocasiones rebasaban los 29 años que generalmente se marcan como el límite demográfico de la juventud.
En un panorama al que es necesario sumar los altos costos y la falta de créditos accesibles, contar con una vivienda propia o incluso arrendada se ha convertido en un lujo al que muy pocos jóvenes pueden acceder. Si a todo esto sumamos fenómenos globales que inciden en grandes urbes como la Ciudad de México, como la gentrificación, la demanda no solucionada de vivienda accesible para los jóvenes se convierte en un pendiente de primera línea al que los gobiernos, incluso los más progresistas, relegan esperando a que sea el mercado el que los resuelva, sin darse cuenta de que lejos de alcanzar soluciones, una actitud de esta naturaleza únicamente complica el escenario. Los gobiernos y muchos actores políticos se siguen molestando por el uso de términos como “ninis” e incluso alegan distorsiones en las dinámicas sociales y familiares por la falta de independencia en la vivienda, pero continúan sin trazar una política pública que haga frente a esta realidad que encuentra causas y razones en condiciones como la falta de oportunidades educativas y laborales a la que se suman los altos costos de la vivienda.
Resultado de la mala planeación urbana, así como del olvido en el que suele mantenerse a la juventud como concepto en el que cambian sus integrantes, pero que se mantiene como categoría, los servicios públicos como agua, luz, transporte, alumbrado, seguridad pública, conectividad, entre otros, hoy tendrían que ser prioritarios de atender para los gobiernos. ¿Cómo imaginar que las juventudes puedan desarrollarse en entornos y contextos en los que el traslado de su vivienda a los centros de estudio o de trabajo sean de más de dos horas o en donde la inseguridad forma parte de la realidad de los barrios o colonias? La falta de acceso a servicios públicos de calidad es una condición que afecta a la población en general, pero que tiene un mayor efecto entre las juventudes, dado que ello impide el pleno desarrollo de un sector que, por su dinámica, depende más del uso de estos que el resto de la población.
Con frecuencia se señala que los jóvenes no participan de manera cotidiana en la vida colectiva más allá de sus núcleos familiares y de amistades más cercanas, dejando de lado la socialización en lo comunitario y la intervención en asuntos políticos. No es extraño que se diga, con cierta razón, que en los últimos años las juventudes han restringido su participación al ámbito digital a través de redes sociales y, en el mejor de los casos, a protestas, manifestaciones y movilizaciones, dejando de lado su incorporación formal a cargos y espacios en los que se toman las decisiones políticas. Lo anterior tiene fundamento tanto en la afirmación como en las razones que lo han provocado. ¿Qué expectativa de participación política colectiva pueden tener los jóvenes cuando, por una parte, los principales espacios han sido secuestrados por una adultocracia cada vez más cerrada en la que privan intereses personales o de grupo y, por la otra, la corrupción se ha puesto por encima de la honestidad y los beneficios de unos cuántos trascienden al provecho de la mayoría?
La sociedad y el Estado le han – les hemos – fallado a las juventudes y en nuestra tozudez y necedad parecemos no querer darnos cuenta de ello. No se trata de que ignoremos los problemas y pendientes que se tienen, pues si algo se ha hecho con las y los jóvenes de México es diagnosticarlos hasta el cansancio, sino más bien de que hemos decidido permanecer estáticos pensando que, quizá si dejamos que el tiempo avance, algún día las y los jóvenes dejarán de serlo y sus necesidades serán las del resto, sin darnos cuenta que por cada joven que deja de serlo sin haber sido atendido, llegará uno nuevo que demandará lo mismo y aparecerá un adulto con resentimiento por lo que nunca se hizo por él. Es momento de trabajar por ellas y ellos.
Profesor de la UNAM
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