Opinión

Celebración de los libros

Dia internacional del Libro

Cada 23 de abril se celebra el Día Internacional del Libro, una fecha que la UNESCO fijó no por azar, sino por su poderosa carga simbólica: en ese día de 1616 murieron, con apenas unas horas de diferencia, William Shakespeare y Miguel de Cervantes, dos pilares de la literatura universal. Aunque la coincidencia es en parte ilusoria -mediada por la diferencia entre el calendario juliano y el gregoriano-, la tradición ha decidido leer en ella un signo: como si en un mismo día la lengua inglesa y la española entregaran al mundo sus más altas formas de imaginación. Desde entonces, el 23 de abril se ha convertido en una suerte de umbral simbólico donde el libro no sólo se celebra, sino que se piensa como herencia compartida.

Pero no hay libros sin lectores. Toda literatura, por vasta que sea, depende de ese acto silencioso en el que alguien decide abrir un volumen y sostener su mirada en las palabras. En ese sentido, la celebración del libro en México adquiere un matiz problemático: el promedio de lectura en México ronda entre 3 y 4 libros por persona al año, según el INEGI, una cifra muy baja en comparación con los estándares internacionales y particularmente con los países de la OCDE. El contraste es elocuente: en países con altos hábitos lectores, como Canadá o Suiza, el promedio puede alcanzar hasta 20 libros por persona al año, lo que revela no sólo una diferencia estadística, sino una distancia cultural en la relación que las sociedades establecen con la lectura.

En 1980 el célebre divulgador de la ciencia Carl Sagan lo dijo con toda precisión en un capítulo de la seria televisiva Cosmos: “Qué cosa asombrosa es un libro. Es un objeto plano hecho de un árbol, con partes flexibles en las que están impresos muchos garabatos oscuros. Pero basta echarle una mirada para entrar en la mente de otra persona, tal vez alguien muerto hace miles de años. A través de los milenios, un autor habla con claridad y en silencio dentro de tu cabeza, directamente a ti. La escritura es quizá el mayor de los inventos humanos, pues une a personas que nunca se conocieron, ciudadanos de épocas distantes. Los libros rompen los grilletes del tiempo. Un libro es la prueba de que los seres humanos somos capaces de hacer magia.”

Frente a ese panorama, conviene recordar que la historia de la literatura no la sostienen únicamente los libros y los autores, sino también ciertos lectores excepcionales que hacen de la lectura una forma de inteligencia y de creación. Uno de ellos, proverbial y casi legendario, fue Umberto Eco. Su célebre novela El nombre de la rosa, (publicada en 1980 al igual que el programa famoso de Carl Sagan, otra coincidencia genial como la de 1616) no es sólo una intriga medieval, sino un vasto homenaje al universo de los libros y a quienes los leen: monjes que custodian bibliotecas como si fueran templos, manuscritos que esconden secretos mortales, lectores que arriesgan la vida por descifrar un texto. En esa obra —como en toda la producción de Eco— la lectura aparece como una aventura intelectual y moral, un ejercicio de interpretación que exige tanto rigor como imaginación. Desde ahí puede leerse lo que sigue.

Antes que semiólogo, crítico literario, novelista o catedrático, Umberto Eco fue un lector de talante épico. Esto quedó plenamente demostrado en el transcurso de las conferencias magistrales que ofreció en la Universidad de Harvard entre 1992 y 1993, como invitado de las célebre Norton Lectures, y que más tarde cobraron cuerpo en el volumen Seis paseos por los bosques narrativos.

Eco era ante todo lo que él mismo denominó un “lector modelo”, es decir, un invitado muy especial en el banquete de la literatura que mira, piensa y lee mucho más allá del horizonte de literalidad en el que se ubica un “lector empírico”, común y corriente. He seleccionado algunos fragmentos de los “paseos” de Umberto Eco por los bosques de la creación literaria, que conforman una suerte de aforismos a propósito del arte de la lectura:

“El lector está siempre, y no sólo como componente del acto de contar historias, sino también como componente de las historias mismas”.

“Todo texto es una máquina perezosa que le pide al lector que le haga parte de su trabajo. Pobre del texto si dijera todo lo que su destinatario debería entender, no acabaría nunca”.

“Alfred Kazin cuenta que una vez Thomas Mann le prestó una novela de Kafka a Einstein, y que éste se la devolvió diciendo: no he conseguido leerla, “el cerebro humano no admite tal complejidad”.

“Después de Gertrude Sterne, la narrativa de las vanguardias ha intentado a menudo no sólo poner en crisis nuestras expectativas de lectores, sino incluso crear un lector que espera del libro que está leyendo una total libertad de elección. Pero de esta libertad se goza precisamente porque –en virtud de una tradición milenaria, desde los mitos primitivos hasta la moderna novela policiaca- el lector suele estar dispuesto a hacer sus propias elecciones en el bosque narrativo, presumiendo que unas sean más razonables que otras”.

“El lector modelo es como el espectador de cine dispuesto a sonreír, y a seguir unas peripecias que no le atañen directamente. Un tipo de lector que el texto no sólo prevé como colaborador, sino que incluso intenta crear”.

“El lector hace que el texto revele su potencial multiplicidad de conexiones. Estas conexiones las produce la mente que elabora la materia prima del texto, pero no son el texto mismo, puesto que éste consiste sólo en frases, afirmaciones, información, etcétera. Esta interacción obviamente no se produce en el texto mismo, sino que se desarrolla a través del proceso de la lectura”.

“Hay dos modos para recorrer un texto narrativo. Este se dirige ante todo a un lector modelo de primer nivel, que desea saber (y justamente) cómo acaba la historia (¿conseguirá acaso capturar a la ballena?). Pero el texto se dirige también a un lector modelo de segundo nivel, el cual se pregunta en qué tipo de lector le pide la narración que se convierta. Para saber cómo acaba la historia, basta, por lo general, leer una sola vez. Para reconocer al autor modelo es preciso leer muchas veces, y algunas historias hay que leerlas una e infinitas veces”.

“En literatura es difícil cuantificar el tiempo de la lectura, pero se podría decir que para leer el último capítulo del Ulises de Joyce se necesita por lo menos tanto tiempo como el que empleó Molly para navegar en su flujo de conciencia”.

“Cuando me pregunta qué libro me llevaría a una isla desierta les contesto: el directorio telefónico, con todos esos personajes podría inventar historias infinitas”.

“San Agustín, que era un sutil lector de textos, se preguntaba por qué de vez en cuando La Biblia se perdía en lo que parecían superfluidades, descripciones inútiles de vestimentas, de palacios, perfumes, joyas ¿Es posible que Dios, inspirador del autor bíblico, perdiera tanto tiempo para condescender en la poesía mundana? Evidentemente no. Si aparecían repentinas pérdidas de velocidad del texto, eso significaba que en tales casos la sagrada escritura intentaba hacernos comprender que debíamos leer e interpretar lo que se estaba describiendo como una alegoría o un símbolo”.

“Más allá de otras importantísimas razones estéticas, pienso que nosotros leemos novelas porque nos da la sensación confortable de vivir en un mundo donde la noción de verdad no puede ponerse en discusión, mientras el mundo real parecer ser un lugar mucho más insidioso”.

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