
El fin de semana, el célebre programa de futbol El Chiringuito presentó un reportaje especial con motivo del encuentro de la Copa del Rey entre el Atlético de Madrid y la Real Sociedad. El contenido alcanzó en pocas horas diez millones de reproducciones en redes sociales. Mostraba a un aficionado de la Real Sociedad que seguía el partido a las afueras del estadio, luego de ceder su lugar a su hija, quien no tenía boleto, para que acompañara a su esposa, aficionada de toda la vida. Al final, los de San Sebastián se impusieron en penales y levantaron la Copa.
El reportaje se volvió viral en parte porque expuso una cara del futbol que rara vez circula en la conversación digital. En un extremo, proliferan comunicadores, de televisión o de streaming, que viven de la polémica —con El Chiringuito como referencia obligada—. El método resulta conocido: el futbol funciona como pretexto para insultar al otro, reducir la discusión a descalificaciones y convertir el intercambio en espectáculo. Lo que ocurre en la cancha pierde centralidad. Rivalidades, gestas y derrotas se transforman en materia prima para fabricar clips virales. A algunos les sale mejor el oficio que a otros, lo cual tampoco eleva demasiado el estándar.
En el otro extremo, aparecen quienes reducen el futbol a la especialización técnica de su ejecución y de su lectura. Constituyen el reverso de los primeros. Sustituyen la burla por la disección minuciosa del juego. Se concentran en posiciones, funciones, estructuras, variantes tácticas y métricas como el xG. Si su objeto fuera la pintura, dedicarían horas a discutir la pincelada, el marco o la certificación del autor. La obra y su efecto quedarían en segundo plano, como si lo que siente el espectador resultara un detalle menor.
Ambos grupos, con estilos opuestos, comparten un supuesto: se colocan por encima del espectador común. Los primeros asumen que el público sólo demanda irreverencia, tendencias y fragmentos rápidos, lo que justifica cualquier exceso. Los segundos parten de la idea de que casi nadie entiende el juego y que la mayoría permanece sometida a sus pasiones, incapaz de apreciar la complejidad funcional del deporte. Lamentan la falta de cultura futbolística. Imaginan conversaciones en bares europeos donde cada cliente, cerveza en mano, parecería portar una acreditación de director técnico avalada por la UEFA.
Existe, sin embargo, un campo mucho más amplio que desborda esas reducciones. Un espacio que permite pensar el futbol como juego en el sentido que propuso Johan Huizinga, es decir, como una de las bases de la vida social. Bajo esa perspectiva, escenas como la del aficionado de la Real Sociedad no resultan anecdóticas. Revelan valores compartidos que se ponen en juego y que vale la pena observar con atención: honor, lealtad, afecto, pertenencia.
También permiten advertir que el arraigo se ha vuelto un déficit extendido y que el futbol opera como un mecanismo para recomponerlo. Familias, amistades, vínculos que nacen en la grada o en la cancha, comunidades enteras que encuentran en un club una forma de afiliación. Torneos como la Copa hacen visible esa dimensión, al mostrar cómo pueblos y ciudades construyen identidad alrededor de un equipo.
A ello se suma otra línea de análisis que suele pasarse por alto. El futbol como espectáculo de masas exige un examen propio para comprender sus formas de expresión y sus dinámicas colectivas. No basta con atribuirlo a la ignorancia o reducirlo a simple conocimiento especializado. Tampoco resulta suficiente la reprimenda moral. Interesa, más bien, la manera en que industria, estadios, plataformas digitales y aficionados configuran un entramado complejo. La pregunta por el abucheo a la selección ilustra bien el problema. ¿Se trata de ignorancia, de irreverencia o de un síntoma de tensiones más profundas? La respuesta no aparece en los debates televisivos ni en la discusión sobre si Javier Aguirre opta por un 4-3-3.
Me parece que, los análisis deportivos, necesitan otra Lectura de juego.