
La soberanía contemporánea ha dejado de ser un mantra retórico o jurídico para convertirse en concepto dinámico disputado y manifestado en múltiples escenarios de la vida pública. Coexistencia de realidades contrastantes. Desde el desborde cultural en el Zócalo hasta las sacudidas institucionales en las entidades federativas como Sinaloa y en espera de las definiciones de Chihuahua.
Thomas Hobbes o Jean-Jacques Rousseau estimaban a la soberanía como el poder supremo e indivisible del Estado sobre su territorio. Ahora no le alcanza a nuestros países con esa definición. Existe una soberanía polifacética donde conviven la construcción de comunidad, la disciplina del movimiento político hegemónico, las tensiones provocadas por presiones externas en regiones específicas con ausencia de liderazgos y, para Estados Unidos incluso, negociaciones para evitar la visibilización de los límites de su poder ante el mundo árabe, Rusia o China.
En la plancha del Zócalo, el primer gran escenario. Con dimensión marcadamente social y cultural. La estampa de decenas de miles de niñas y niños, azorados y festivos ante las marionetas chilenas de 31 Minutos, promovida por el gobierno de Clara Brugada, proyecta la imagen vigorosa de una capital viva y el acceso democrático a la cultura de una nueva generación. En la visión de la Jefa de Gobierno, la soberanía se construye diariamente desde lo territorial. La administración de la capital redistribuye simbólicamente el poder para hijas e hijos del ciudadano común adueñándose de la plaza más importante del país.
Las diversas dimensiones de la soberanía —gravitando alrededor de la capacidad de autodeterminación y disciplina— alcanzan un punto de encuentro estratégico en el Congreso Nacional de Morena. En ese cónclave, Brugada estuvo no solo como Jefa de Gobierno, sino como pilar para respaldar continuidad organizativa y cohesión ideológica de un movimiento nacido, de acuerdo con quien ayer asumió la presidencia nacional, Ariadna Montiel, caminando y actuando.
Se mantiene la capacidad de rumbo del proyecto de reforma iniciado por López Obrador y llevado a un segundo piso nacional por Claudia Sheinbaum y en lo local por Brugada, sin fracturas internas, asegurando la toma de decisiones por la voluntad popular organizada y al mismo tiempo dialogando con la complejidad de las presiones de Estados Unidos y las fragilidades de algunos servidores públicos como se advirtió en Sinaloa.
Mientras la cúpula gobernante festeja la consolidación de su proyecto político y la oposición cree demostrable el éxito de la noción de un presunto “narcogobierno”, Morena celebra su provisionalmente abollado arraigo. La Presidenta Claudia Sheinbaum toma tres decisiones propias del ejercicio de su poder: no resistir más el sostenimiento de Rubén Rocha, retirar una variable negativa sobre la negociación comercial con Estados Unidos y diseñar la profundidad de los ajustes próximos.
El universo satírico y genial de 31 Minutos cobra aguda, incómoda y casi profética relevancia. El corazón del programa infantil radica justamente en la parodia de un noticiero de televisión conducido por Tulio Triviño, un títere entrañable, profundamente vanidoso y bienintencionado, esforzado en mantener una fachada de control informativo impecable, mientras a su alrededor, detrás de las cámaras, todo se enfrenta a constantes disparates.
Esta metáfora de la televisión infantil se traslada a la realidad observada. La soberanía luce atónita, incómoda y a la defensiva desde lo local. Entre la fiesta masiva, pacífica y esperanzadora en el Zócalo y la convulsión política y social sinaloense se replantean prioridades nacionales. No habrá riesgo de terminar convertidos en espectadores desprevenidos de una farsa conducida por un imaginario Tulio Triviño de la política real, difícil de superar en 31 minutos. Menos difícil de entender que nuestra aceptación de un chileno calcetín parlante.