Opinión

Inocencia de la enseñanza económica

Economía digital en México.

A la mitad de abril, fui invitado por un profesor –buen amigo- a sostener una conversación de historia económica en una institución universitaria privada y de gran abolengo. El pretexto era la conmemoración del 250 aniversario de “La riqueza de las naciones”, ese libro fundacional de Adam Smith.

No diré el nombre de la escuela (ni del maestro) pero esa mini conferencia, me hizo recordar algo muy perturbador acerca del ambiente, de lo que se sigue enseñando y aprendiendo en las escuelas de negocios bien entrado el siglo XXI.

Unos 30 jóvenes a punto de egresar rayando los 24, escuchaban lo que yo decía con cierto fastidio (no los culpo), otros con distracción, otros más con curiosidad y los más avezados -aspirantes a dueños del mundo- resultaron los más interesantes (e inquietantes).

Son estudiantes formados y enterados, con ideas nítidas y sin fisuras y las expresan con claridad lo que facilita el reconocimiento instantáneo de sus argumentos: la existencia económica, a la que incluso debemos aspirar, es la ley del más fuerte. Lo demás no es propiamente economía (historia, ética, sociología, etnografía y otras bagatelas).

Económicamente hablando, no hay lugar para los débiles, las crisis hacen selección y perviven los mejores, los aptos, categoría siempre pequeña y que desplaza lo mismo a países completos, que a empresas, trabajadores descalificados e in-empleables. Claro, sus alegatos se desenvolvían en su salón de clases, pulcra, civilizadamente, todos con I Pad´s y ropa de marca.

Mi punto era llamar su atención sobre algo que casi nunca se dice en sus cátedras: las crisis financieras de este siglo (y del pasado) no se explican solo por las fallas del mercado, sino también por intencionados esquemas de fraude delictivo.

Pocos de esos muchachos sabían que Goldman Sachs, el principal banco de inversión de la tierra, fue llamado a juicio por una acusación directa del gobierno norteamericano, por haber cometido fraude en la utilización del dinero de sus clientes en el mercado inmobiliario apenas ayer, en 2010.

O el surgimiento a montones de bancos hipotecarios que prestaron su dinero, a quienes no podían pagar: como Countrywide o el Ownit Mortgate Solutions. Exigían al deudor “la comprobación de una remuneración el último año”, nada más, y así le entregaban el dinero para hacerse de una casa que nunca podrían pagar. Y para que esto pareciera plausible, asistían presurosas las agencias de calificación -Standard & Poor’s, Moody’s, etcétera- cuya sabiduría AAA, validaba esa alucinación financiera.

Los economistas nonatos del último semestre me respondieron como, supongo, les han explicado sus maestros: la crisis “es más compleja”. Entonces, brotaron argumentos y sentimientos, aprendizajes profundos, que algunos de aquellos jóvenes opusieron veloces a mi alegato.

Si Goldman, Bear Stearns, Lehman Brothers, AIG, Bernard Madoff o Allen Stanford, actuaron como lo hicieron es “porque tuvieron los incentivos para hacerlo”, porque fue el Estado el actor equivocado; el mercado solo respondió “a sus señales” y en el fondo “no era ilegal”.

El ánimo y el razonamiento que sobrevuela a esas escuelas viene de muy lejos, un discurso engullido sin tener conciencia de que, representa algo abusador, en el fondo y la forma. Como me dijo uno de los muchachos, creen simplemente, que se les está enseñando enfrentar al mundo “sin complejos”, tal como es, de actuar conforme a las reglas del libre mercado y no hay reproche que valga en ese universo.

Es fácil saber que sus premisas (macroeconomía neoclásica) abrevan de tres vertientes relacionadas: la hipótesis de las expectativas racionales, la teoría del ciclo económico y la del mercado eficiente. Como apuntó el recientemente fallecido R. Skidelsky, todas están en el centro de la economía contemporánea, sus inventores han ganado premios Nobel y “a los que no son economistas les parecerán locos, pero la suya es la única manera de hacer economía que conoce la mayoría de los economistas actuales”. Los estudiantes sabían algo de un tal Keynes, pero se preguntaban quien diablos eran Kalecki, Sraffa o Minsky, porque nunca nadie les habló de ellos, ni siquiera en historia de las ideas económicas.

Del mismo modo que las chifladuras que ocurren en algunas facultades públicas, donde el marxismo es la columna vertebral que se enseña hasta el hartazgo, lo que pasa en las escuelas de negocios es otro tipo de inculcación ideológica que trasciende el subconsciente y por eso son inocentes, porque el mundo que les muestran, es así, no hay de otra, lo que acaba sedimentando una estructura de pensamiento que pone por delante la lógica de sus modelos por sobre el sentido común.

Usé mis últimos argumentos: las auditorias del FMI –dije- mostraron prácticas como la censura (no hablar con la verdad, si estamos ganando tanto dinero), engaño, uso y abuso de información privilegiada, dispersión de títulos que se sabían insostenibles pero que pagan sobresueldos, la mala fe y de plano, el enriquecimiento ilícito.

En esa trama Goldman ganó más que nadie. Al contrario que casi todos los demás, no cayó en su propia ilusión. Se puso a vender seguros que respaldaban las hipotecas de alto riesgo pero, y este es el quid, ganó luego otro montón de dinero vendiendo esos seguros justo a tiempo, antes de que su valor se hundiese. ¿Ilegal? Tal vez no, pero al final, Goldman obtuvo beneficios tomando al resto por idiotas.

Lo que me interesa subrayar en esta anécdota (ustedes disculparán el tono personal), es que en las escuelas de negocios todo eso no pasa por malo. Quienes deberían estudiar y sacar las lecciones pertinentes de las más graves crisis, no tienen conciencia de que allí hay actos ilícitos y no sacan las consecuencias académicas del caso. Al contrario: creen, ingenua, pero realmente, que ellos no hacen más que ciencia objetiva conforme lo dictan sus ecuaciones. Por eso, les resultaba tan gracioso que alguien viniera a hablar de economía fuera del fanatismo del mercado.

Adam Smith se revuelve en su tumba: en nuestras universidades se está enseñando a usar el nombre del mercado, en vano.

CODA.

Después de casi 11 años me despido de las páginas de La Crónica de Hoy. Profundamente agradecido por la generosidad de don Jorge Kahwagi Gastine y por la convocatoria atenta que me hiciera en 2015, don Francisco Báez Rodríguez. A mis editores cotidianos, compañeros, gratitud. A mis lectores, espero volver a encontrarlos pronto. Gracias a todos.

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