
La literatura griega antigua tiene una potencia radical. Por ello tiene la capacidad de seguir interrogándonos en tanto que fue uno de los primeros grandes espacios donde Occidente pensó, con claridad excepcional, las tensiones fundamentales de la existencia humana: la guerra y la justicia, el destino y la libertad, el poder y la fragilidad, la memoria y el olvido, la hybris y el límite. Los griegos sabían que la civilización puede quebrarse, que el dolor transforma el lenguaje, que el poder suele volverse desmesura y que ninguna técnica elimina la vulnerabilidad esencial del ser humano.
En la tercera década del siglo XXI los textos griegos conservan una fuerza extraordinaria porque recuerdan algo que la modernidad frecuentemente olvida: que el progreso material no equivale necesariamente a sabiduría, y que una sociedad incapaz de reflexionar sobre el sufrimiento, la muerte, la justicia y el sentido termina por perder también la comprensión de sí misma. Decir lo anterior tiene una pertinencia para el contexto mexicano, donde la violencia extrema y la amenaza permanente del crimen organizado sigue provocando dolor, destierro y muerte para decenas de miles de personas.
Frente a ello, no deja de generar azoro el comunicado de la Secretaría de Gobernación, respecto de su tardía intervención en el estado de Guerrero. Extraigo dos de los párrafos del comunicado número 055, fechado el 12 de mayo de 2026: “Hoy por la mañana, el subsecretario de Gobernación, César Yáñez Centeno, se comunicó con los líderes de ambos grupos en conflicto en la zona de Chilapa, en Guerrero, a quienes les hizo ver la necesidad y urgencia de recuperar la paz en la región. Les solicitó terminar las disputas y los bloqueos de manera pacífica para que pudieran ingresar las Fuerzas Armadas a restablecer el orden, así como a la atención y retiro de las personas heridas en el lugar. Los líderes estuvieron de acuerdo en su planteamiento”.
Es comprensible que las autoridades busquen por todos los medios resolver los conflictos entre personas o comunidades de manera pacífica. Pero en este caso, se trata de dos grupos delincuenciales en conflicto que, hasta ahora, ha dejado el saldo de al menos 6 personas asesinadas.
¿Qué Estado es el que hemos configurado en México? Hacer un llamado para que las Fuerzas Armadas puedan ingresar a esas localidades representa la mayor claudicación de la autoridad frente a los criminales.
En la Ilíada, en el original griego (vv. 262-266) Aquiles le advierte a Héctor: οὐκ ἔστι λέουσι καὶ ἀνδράσιν ὅρκια πιστά. “No existen pactos fieles entre leones y hombres”. En esto, Aquiles no titubea un segundo y plantea de tajo la oposición irreconciliable entre depredador y presa. El núcleo conceptual no es “nosotros los leones”, sino la imposibilidad ontológica y moral de reconciliación entre enemigos absolutos. El colérico Aquiles nos ofrece, pues, una lección: la hybris, es decir, el desenfreno, lleva casi siempre a la violencia homicida más dura y cruel.
El Estado mexicano se enfrenta precisamente a la hybris desatada por los delincuentes que aterran, asesinan, violan, cobran piso, reclutan forzadamente a niños para actividades criminales, secuestran y otra larga lista de fechorías. Su esencia no está en buscar la construcción de comunicación, diálogo, respeto, fraternidad, sino en la obtención ilegal y violenta de ganancias que se expresan en riqueza económica y material, y acceso al poder político.
En cambio, el Estado es el garante irrenunciable de la Constitución, texto en el que no se encuentra ningún párrafo que indique la posibilidad de pactar con los enemigos del orden social. Y lo mismo aplica para todo nuestro orden jurídico: no existe ninguna Ley que establezca excepciones para su aplicación y el uso legítimo de la fuerza; ni siquiera, como se nos ha querido presentar, como “una estrategia para evitar más muertes”; porque los asesinatos ya perpetrados no debieron jamás ser cometidos.
Lo más perturbador, entonces, no radica únicamente en que el Estado dialogue con actores criminales, sino en la transformación ontológica que ese acto implica para la propia idea del Estado. Porque el Estado moderno no existe sólo como aparato administrativo o monopolio de la fuerza; existe, sobre todo, como la instancia que separa el orden social de la violencia privada, la legalidad de la depredación y la ciudadanía de la barbarie.
Cuando esa frontera se vuelve porosa y el poder público solicita autorización tácita a grupos criminales para ejercer funciones elementales de soberanía -como lo es ingresar a un territorio para rescatar heridos o restablecer el tránsito- lo que se erosiona es el mismo fundamento simbólico del orden jurídico. El problema es entonces civilizatorio. Porque cuando el criminal deja de ser concebido como transgresor del pacto social y comienza a ser tratado como interlocutor equiparable al Estado, se produce una inversión profunda de la gramática de la legitimidad.
Por ello la sentencia homérica adquiere una actualidad mayor en el México contemporáneo. La imposibilidad del pacto entre leones y hombres debe leerse entendiendo que el crimen organizado no busca coexistir con el Estado bajo reglas compartidas: busca colonizar territorios, someter poblaciones, administrar el miedo y sustituir la soberanía legal por soberanías armadas de facto. Su racionalidad no es política en sentido clásico, sino esencialmente predatoria.
De ahí que todo intento de normalizar la interlocución con estructuras criminales termine desplazando lentamente el centro moral del Estado: éste deja de encarnar la universalidad de la ley para convertirse en administrador pragmático de correlaciones de fuerza; y eso, es simplemente inaceptable.
Investigador del PUED-UNAM