Opinión

México bajo auditoría

presidenta Claudia Sheinbaum Aseguró que será la Fiscalía General de la República la encargada de determinar quién permitió la participación de agentes de la CIA en un operativo realizado en la sierra Tarahumara, en Chihuahua. (Daniel Augusto/Cuartoscuro)

México vive un momento de transformación institucional donde la fiscalización, el control del gasto público y el combate a la corrupción dejaron de ser asuntos secundarios para convertirse en temas centrales de gobernabilidad.

La administración de la Presidenta Claudia Sheinbaum ha enviado señales claras de que el combate a la corrupción no se limitará al discurso político ni a la narrativa sexenal. La apuesta actual apunta hacia algo más profundo, apuesta a utilizar las capacidades del Estado para fortalecer mecanismos de supervisión, inteligencia financiera, trazabilidad de recursos y control institucional.

El reto no es menor, durante décadas, México acumuló estructuras administrativas vulnerables a la discrecionalidad, a la opacidad, y a las redes de intereses y esquemas de desvío de recursos que debilitaron la confianza pública. En muchos casos, las fallas no surgieron únicamente por ausencia de leyes, sino por debilidad de controles, de supervisión insuficiente y de falta de coordinación institucional.

Hoy el escenario es distinto, la presión nacional e internacional en materia de transparencia, de prevención de operaciones ilícitas y de rendición de cuentas obliga al Estado mexicano a modernizar sus capacidades de fiscalización. Y eso implica entender que la corrupción contemporánea ya no opera solamente mediante mecanismos rudimentarios, utiliza estructuras financieras complejas, simulación corporativa, dispersión de recursos y redes de protección administrativa.

Por ello, el combate moderno contra la corrupción requiere inteligencia financiera, análisis de riesgo, auditoría preventiva y capacidad de reacción institucional.

La importancia de fortalecer organismos de control, auditoría y supervisión financiera se vuelve estratégica para el país. No solamente por razones administrativas, sino porque los recursos públicos representan estabilidad social, operación gubernamental y capacidad del Estado para responder a las demandas ciudadanas.

Los estándares internacionales promovidos por el INTOSAI, COSO Y el GAFI que establecen con claridad que los sistemas modernos de control deben orientarse hacia la prevención y la detección temprana de riesgos.

Ese parece ser uno de los grandes objetivos de la etapa actual: evitar que los daños ocurran antes de tener que perseguirlos cuando ya son irreversibles.

La lucha contra la corrupción exige fortalecer controles internos, profesionalizar áreas estratégicas, integrar capacidades tecnológicas y consolidar mecanismos de trazabilidad financiera capaces de identificar riesgos en tiempo real.

Pero también exige voluntad política.

Y hoy existe una señal institucional relevante, el Estado mexicano bajo el mando de la Presidenta Sheinbaum ha comenzado a colocar nuevamente a la fiscalización y al control público en el centro de la discusión nacional.

México se encuentra bajo auditoría.

No solamente frente a organismos internacionales o indicadores financieros, también frente a la exigencia ciudadana de construir instituciones más sólidas, más transparentes y más capaces de proteger los recursos públicos, porque al final, combatir la corrupción no significa únicamente sancionar responsables, significa fortalecer al Estado para impedir que las redes del abuso vuelvan a capturar las instituciones.

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