Opinión

Del calendario y el contexto educativo

Salón de clases en México (Carolina Jiménez Mariscal)

En un país donde el debate educativo suele polarizarse hasta la parálisis, resulta saludable detenerse a reflexionar sobre el calendario escolar no solo como una cuestión administrativa, sino como un tema que revela prioridades profundas de nuestra sociedad. México se alineó hace más de 50 años con el calendario de nuestros vecinos norteamericano por razones económicas, como nos pasó con el horario de verano. Pero en la época de mis padres y abuelos las clases se impartían de lunes a sábado, en turnos de mañana y tarde, de enero a diciembre. Hoy, si realmente atendiéramos el calendario tomando en cuenta razones climáticas, el ajuste debería ser aún más flexible y regionalizado.

Cabe señalar que tambien la burocracia educativa de entonces consumía semanas. Había filas interminables para inscripciones, entrega de boletas y trámites diversos. Ahora han disminuido notablemente gracias a los procesos electrónicos, pero quienes vivimos las inscripciones para secundaria recordaran haber pasado la noche afuera del plantel y para algunas carreras como la de maestro normalista, llegaron a ser semanas haciendo filas para alcanzar una ficha de inscripción. Esos tiempos, afortunadamente, quedaron atrás. Sin embargo, persisten rigideces que no corresponden a la realidad actual de familias y trabajadores.

Por ejemplo, ningún trabajo formal privado o público ha terminado al mediodía, así que los empleados y en especial las madres trabajadoras, deben pedir permiso para salir por sus hijas e hijos, o buscar quien pase por ellos, incluidos los hijos mayores propios o de amistades. No obstante esta realidad, se mantienen en general los horarios de primaria de cuatro horas y media diarias, con recreo incluido y ceremonias de los lunes. Para resolverlo, hasta hace no muchos años se crearon las escuelas públicas de tiempo completo, pero solo son algunas por cada sector escolar.

A pesar de ser público el calendario escolar con sus días oficiales de asueto, los padres deben considerar la suspención de actividades el último viernes de cada mes dedicado al análisis y evaluación académica, pero recientemente se anunció que dejarían de llevarse a cabo.

Es de observar que, a pesar de los cambios tecnológicos como el uso intensivo de equipos celulares, tabletas y computadoras, continúa vigente la práctica de transportar todos los libros de texto gratuito diariamente. Desaparecieron los uniformes pero se quedaron las mochilas. ¿Quién ayuda a los niños más pequeños a cargarlas?. Basta pararse a las 12:30 afuera de cualquier primaria pública para conocerlos: son las madres, abuelas, tíos, vecinos e incluso los hermanos mayores. Y empieza la otra fase de la enseñanza fuera de las aulas, es decir en la cotidianidad de las calles, el comercio, el transporte público, los parques y jardínes.

El reciente debate sobre el cambio del calendario escolar puso en evidencia lo que realmente preocupa a muchas familias. No son los contenidos educativos, los métodos pedagógicos, la carga académica, ni las tareas. La pregunta es ¿Quien va a cuidar a mis hijos? Cierto es que como lo mencionaron maestros vinculados a la CNTE que las escuelas y los maestros no estan diseñadas para operar como “guarderías ni almacenes de escolares”. La realidad es que la preocupación manifiesta, ha sido por la organización de los tiempos dedicados al trabajo y a los cuidados básicos. La respuesta institucional de la SEP fue dar marcha atrás y regresar al calendario acordado de manera presencial. No se orientó a buscar opciones para mantener la formación integral en educación básica mediante otros medios (como ocurrió durante la pandemía), sino a confirmar que la opción para mentener el equilibrio entre madres y padres trabajadores, y educación primaria y secundaria es mantener activas las aulas.

Las infancias y las juventudes de México merecen un sistema educativo que no solo les dé conocimientos ténicos y cientificos, sino que los forme como ciudadanos del siglo XXI. Para avanzar en esa dirección debemos reconocer lo logrado y corregir lo que haga falta, pero debe ser un compromiso compartido entre autoridades, docentes, padres de familia y sociedad, teniendo como ejes el humanismo, la convivencia pacífica y la solidaridad. En ese sentido, creo que es momento de actualizar también los símbolos y mensajes en las comunidades escolares. Cambiemos las prohibiciones de “No corro, no grito, no empujo” y reemplacémoslas por frases afrimativas y formativas: “Yo participo, Yo ayudo, Yo respeto, Yo creo en la amistad”.

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