
En este día en que les celebramos en todo el país: un recuerdo de mi madre Socorro Mora (1944-2012), maestra normalista que ejerció por tres décadas el magisterio en escuelas primarias, y de mi querida maestra de cuarto grado, Mirtila González, en la primaria República Italiana de la colonia Campestre Churubusco, al sur de la Ciudad de México:
Le debo a mi madre, a la profesora Mirtila, al gobierno de Japón y al día del niño, mi iniciación musical. Podría decirse también que al régimen de la Revolución Mexicana y a las instituciones que nos gobernaban, pero eso sería en exceso retórico.
Domingo 30 de abril de 1976. Día del niño. Tengo ocho años, curso cuarto de primaria, uso lentes, frenos dentales y botas ortopédicas. Acudo a cada cita con los doctores que se encargaban de enmendar mis contrahechuras, y diríase en general que me porto bien. De modo que mi madre me lleva aquel domingo a la juguetería por un regalo pequeño.
Reviso los estantes no menos que los precios. Me detengo a examinar una caja de experimentos de química para niños marca Mi Alegría, y finalmente me decanto por una melódica muy sencilla color azul, marca Lilí Ledy. Apenas diez teclas de plástico, una boquilla y un tubito enroscado por el que se le soplaba para sacarle el sonido. Venía además con un cuadernillo de guía para aprender a tocar melodías muy sencillas para el que bastaba seguir un camino de colores. Esta tarde me aprendí de un jalón el Martinillo y el Cielito Lindo.
Al día siguiente llevé la melódica a la escuela para presumirla. No comenzaban aun las clases cuando ya estaba yo dándole duro a lo que con toda justicia se puede decir que fue mi primer concierto: rodeado de niños y de niñas de mi salón, admirados por mis artes sonoras y curiosos de probar ellos también el instrumento. En eso estábamos cuando entró la maestra Mirtila. Nos miró con seriedad, todos callamos. Me pidió entonces que llevara mi melódica a su escritorio. Pensé que la confiscaría, porque se prohibía llevar juguetes a la escuela, pero en lugar de eso la profesora se puso a teclear, hasta donde pudo, mi nuevo juguete. Intentó un minueto de alguien que mucho después supe que se llamaba Johann Sebastian Bach. Resultó que la maestra sabía tocar, y muy bien.
Mirtila era una maestra de las de antes, como salida de una película nacionalista de exaltación del gremio magisterial. Habría sido la heroína de una cinta donde una maestra rural sacrifica todo por sus alumnos. Cuando advirtió el éxito de mi melódica y el interés de muchos niños por tocarla, se dio a la tarea de buscarnos una alternativa para tener clases de música dentro del horario escolar.
No había tal cosa en mi escuela, a lo más que llegábamos era a contar con una maestra de educación física. Mirtila fracasó en su intento por conseguir en la jefatura de la zona un profesor de “educación artística” –así les llamaban en las pocas escuelas donde los tenían- y entonces decidió ser ella misma la tutora. Pero faltaba aún lo principal: instrumentos. De modo que escribió una carta a la embajada de Japón en la que exponía el caso y solicitaba la donación de diez armonios: un pequeño órgano que traduce en sonido como de iglesia el viento del que se alimenta con dos pedales al piso.
Para sorpresa de todos, y de la directora de la escuela, la carta tuvo éxito. Semanas después llegaron en un camión de mudanzas seis armonios Yamaha como donación del gobierno de Japón. Enseguida comenzaron las lecciones al término del horario de clases en punto de las 12:30 del día. Fuera del horario habitual, muchos niños y sus padres prefirieron desertar.
Los pocos que quedamos fuimos conociendo el pentagrama y al cabo de unas semanas ya podíamos tocar con algo de soltura y dignidad canciones elementales. Alguna vez nos vino a escuchar el embajador de Japón y se sacó fotos con nosotros. Unos tocábamos, otros cantaban y otros ritmaban con el pandero la melodía “De Colores”: el ensamble imposible de los alumnos del Cuarto A conducidos por la maestra Mirtila.
Pronto destaqué como el más aventajado del grupo. A veces nos quedábamos otra hora más en la escuela para continuar las lecciones, o bien me iba con ella a su casa para acelerar los ensayos en el gran órgano electrónico, de doble teclado y pedales, que presidia su comedor, Un Yamaha sembrado de botoncitos de colores, con efectos sonoros y caja de ritmos, que me encantaba, aunque no tenía estatura para alcanzar los pedales. Por alguna razón la torpeza de mis dedos para jugar a las canicas, o para borronear garabatos –que aspiraban en vano a ser considerados letra de molde– encontraban en las teclas una manera feliz de compensar mis ineptitudes.
Se presentó entonces la ocasión de representar a las escuelas de la zona en una demostración escolar que se organizó en el patio principal de la Secretaría de Educación Pública. Debía entonces ejecutar a dos manos el tema de “El Padrino”, de la película de Francis Ford Coppola, que por entonces estaba de moda. Cuando llegó el gran día me acompañaron a la presentación mi madre, la profesora Mirtila, la directora de la escuela y la inspectora de la zona.
Aquel era un evento masivo, pintoresco y algo mal organizado. A lo largo del patio se montaron pequeñas carpas y en cada una de ellas había uno o varios niños que harían alguna gracia para demostrar el buen estado del sistema educativo nacional y las conquistas de la Revolución Mexicana. El momento estelar se presentó cuando el secretario de Educación Pública, seguido por una comitiva de lambiscones, se paseó por entre las carpas para tomarse fotos y saludar a los niños y maestros de todo el país.
Le llegó el turno a mi zona, y ahí estaba yo: bien peinadito por mi mamá, con mis lentesotes y mi uniforme limpio y planchado. Yo esperaba la señal de Mirtila para arrancarme con El Padrino, que debía ser en el momento justo en que el señor secretario pasara frente a nosotros. Lo vi acercarse, detenerse por un momento, observarme. Me observaban todos, y mis dedos no respondieron a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera vez que intenté traducir a las teclas del armonio la composición de Nino Rota.
El ministro seguía ahí, impasible, todos lo miraban como si fuera El Padrino en persona. Mirtila me miraba impaciente, como si quisiera fulminarme con los ojos. Finalmente superé los nervios y como pude empecé a teclear a trompicones las primeras notas de aquella famosísima melodía. El secretario me escuchó por medio minuto, tal vez un poco más, mientras la inspectora le explicaba algo al oído y el asentía de buena gana. A media pieza emprendió de nuevo la marcha, con la horda de zalameros que le rodeaban. Y cuando ya se alejaba, con voz imperativa, con ademán de priista en campaña, en una estampa pura del régimen paternalista y benefactor al que representaba, le escuché instruir: “¡Que le den una beca!”.
Así fue. Desde entonces y hasta que acabé sexto grado una vez al mes mi madre y yo tomábamos el metro para llegar a las oficinas de la SEP en las calles de Brasil. De su mano cruzaba el patio esplendido con los murales de Diego Rivera en las escalinatas y la estatua de José Vasconcelos, que parecía mirarme en su sueño de bronce y de prócer redentor.
Cuando acabé la primaria se terminó la beca, y se acabaron el armonio y las lecciones de la maestra Mirtila. Una tarde, de aquellas que serían mis últimas vacaciones infantiles, sonó el timbre de la casa. “Anda, ve a abrir” me dijo mi madre y noté un tono extraño en sus palabras. Me tenía reservada una sorpresa: a fuera de la casa dos hombres jadeantes cargaban un tremendo órgano Yamaha de doble teclado, caja de ritmos, pedales, y muchos botoncitos de colores. Lo había comprado mi madre a crédito con su tarjeta de Liverpool. Era su regalo por haber terminado la escuela.