Toda civilización ha imaginado sus propios laberintos. Los griegos imaginaron el de Creta, construido por Dédalo para encerrar al Minotauro, criatura nacida de una transgresión originaria. Sin embargo, el laberinto no era solamente una prisión. Era también una forma de ocultamiento. Su función consistía en impedir que pudiera distinguirse con claridad dónde terminaba el monstruo y dónde comenzaba la arquitectura destinada a confinarlo. Quien ingresaba en él no sólo corría el riesgo de perderse, sino sobre todo de olvidar qué estaba buscando.
La política conoce bien esa figura; y hay Estados en que el poder comienza a extraviarse en las galerías que él mismo ha construido. Entonces la amenaza principal ya no proviene de fuera. Proviene de la incapacidad para reconocer los límites entre las instituciones, las lealtades personales y los intereses que buscan capturar el aparato público.
México parece aproximarse a uno de esos momentos. Las recientes revelaciones publicadas por el periódico Los Angeles Times sobre posibles investigaciones en Estados Unidos relacionadas con gobernadores mexicanos vuelven a colocar sobre la mesa un problema que trasciende a las personas involucradas. La cuestión relevante no es únicamente si las acusaciones prosperarán o no. Tampoco si existen motivaciones políticas en determinados sectores de la vida pública estadounidense.
La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿por qué la respuesta del poder presidencial mexicano parece asumir que una investigación sobre determinados integrantes de Morena constituye automáticamente una agresión contra el gobierno, contra la soberanía nacional e incluso contra el proyecto histórico de la llamada Cuarta Transformación?
La respuesta podría encontrarse en una forma particular de entender el poder. En la obra de Max Weber, se describe al patrimonialismo como una forma de ejercicio del poder en que las estructuras públicas dejan de percibirse como instituciones autónomas y comienzan a confundirse con la voluntad del grupo gobernante. El Estado deja de ser concebido como una entidad superior a quienes circunstancialmente lo administran, y el gobernante termina percibiendo los recursos públicos, las instituciones y las decisiones del poder como extensiones de una misión propia. Esto constituye una profunda transformación en la manera de imaginar la legitimidad.
Bajo esta lógica, la crítica “al partido” se convierte en crítica al gobierno; la crítica al gobierno se transforma en crítica al proyecto histórico; y la crítica al proyecto histórico acaba interpretándose como un ataque a la nación misma. El resultado es una peligrosa reducción simbólica del espacio público.
La soberanía deja de ser entendida como la capacidad de las instituciones para actuar conforme al derecho y la nación se identifica con una fuerza política específica. El Estado se aproxima al partido. El partido se aproxima al liderazgo. Y el liderazgo termina apareciendo como depositario exclusivo de la legitimidad popular.
Éste es precisamente el centro del laberinto. Porque la presidenta enfrenta una disyuntiva que probablemente definirá su sexenio. Una salida consiste en asumir que la legitimidad democrática no se demuestra mediante la defensa incondicional de los propios, sino mediante la disposición a someterlos a los mismos estándares de escrutinio que se exigen a los adversarios. Esa ruta implicaría reconocer que ningún movimiento político es inmune a la corrupción, y que la fortaleza de un gobierno depende de su capacidad para depurarse cuando aparecen indicios razonables de desviación. Sería una decisión costosa, pues significaría confrontar intereses internos, romper redes de protección política y construir una identidad propia.
La otra salida consiste en preservar la cohesión del bloque gobernante. Defender a los actores cuestionados bajo el argumento de la agresión externa; convertir cada señalamiento en una conspiración. Esa estrategia puede ofrecer ventajas inmediatas. Puede consolidar lealtades y evitar fracturas internas. Pero también contiene un riesgo: que las sospechas sobre determinados personajes terminen proyectándose sobre el conjunto del gobierno y que se erosione la credibilidad de las instituciones.
El problema se vuelve aún más complejo cuando se acumulan episodios vinculados al enriquecimiento ostentoso, al lujo exhibido como símbolo de éxito político y a las controversias que rodean a figuras cercanas al antiguo núcleo dirigente del movimiento. No porque la vida privada sea irrelevante, sino porque todo proyecto que se funda en una pretendida superioridad moral termina siendo juzgado con especial severidad cuando aparecen evidencias de incongruencia.
Los laberintos poseen una característica singular. No destruyen a quienes los habitan mediante la fuerza. Los destruyen mediante la desorientación. El peligro no consiste en encontrar al Minotauro, sino en dejar de reconocerlo. La presidenta se encuentra precisamente ante ese desafío.
La pregunta decisiva no es si las acusaciones provenientes del exterior son justas o injustas. Tampoco si existen intereses geopolíticos detrás de ellas. La pregunta decisiva es si el gobierno mexicano conserva todavía la capacidad de distinguir entre la defensa del Estado y la defensa del partido; entre la protección de la soberanía y la protección de determinadas trayectorias políticas; entre la legitimidad otorgada por las urnas y la responsabilidad permanente de rendir cuentas.
Toda democracia madura descansa sobre una verdad elemental: el voto otorga autoridad para gobernar, pero esa legitimidad no es ilimitada ni puede usarse para el capricho del gobernante.
El hilo de Ariadna que permite salir del laberinto no es la lealtad, sino la verdad institucional. Si estas son más importantes que las personas, el poder encuentra límites y la república encuentra estabilidad. Pero cuando las personas se vuelven más importantes que las instituciones, el laberinto termina convirtiéndose en destino. Y ninguna sociedad puede permanecer indefinidamente dentro de él sin que la arquitectura destinada a proteger el poder termine por encerrar a quienes la construyeron.