Opinión

Un poeta retrata la vida desdichada de un escritor abismal que resume todas las posibilidades imaginables de la derrota

Un poeta

Un poeta Se trata de una película que de manera magistral, dolorosa y esperpéntica traza la biografía del fracaso, como vocación y como destino. (Especial)

Le dedico esta entrega a Un poeta (2025), la película colombiana escrita y dirigida por Simón Mesa Soto, ganadora del Premio Especial del Jurado en la edición anterior del Festival de Cannes, que se ha convertido en uno de los fenómenos recientes más singulares del cine latinoamericano. No llegó a la cartelera de las salas de cine en México, pero se le puede ver desde hace un par de semanas en la plataforma de MUBI.

Se trata de una película que de manera magistral, dolorosa y esperpéntica traza la biografía del fracaso, como vocación y como destino. En todo caso, si a la película se le ven algunas costuras, no a todos convence, o ha generado controversia -cuando no rechazo- en algunos círculos literarios de México -especialmente entre poetas-, es porque en sus múltiples registros narrativos pasa de manera desorganizada de la parodia caricaturesca al drama épico, de la exploración psicológica al cine de denuncia social, de la intimidad del retrato de intensidades al mural colectivo de la desigualdad, la pobreza y otras atrofias, típicas de un retablo latinoamericano. Aun reconociendo estas fallas, me inscribo entre quienes la reivindican. La película no ensalza a la poesía, casi la ridiculiza, y eso le puede llegar a irritar a más de uno.

Un poeta retrata la vida desdichada de un escritor abismal que resume todas las posibilidades imaginables de la derrota. En su paternidad fracturada, en su alcoholismo reincidente, en su frustrada trayectoria literaria, o en su tardía y accidentada vocación magisterial -como profesor de literatura en la secundaria de un barrio marginal de la ciudad de Medellín-, el poeta Óscar Restrepo se nos presenta como un antihéroe radical, un romántico trasnochado y acaso involuntario -a la manera de Byron, de Keats o del joven Werther de Goethe, pero del sur global-, antítesis del sueño moderno del éxito, de la felicidad y del progreso. Ese mismo sueño de la razón -diría y dibujaría Goya- que sigue engendrando monstruos.

La película enfoca a un “poeta menor” -lo entrecomillo a propósito-, que en la medianía de su vida sigue al cobijo y la manutención de su madre anciana; insolvente; de obra exigua, premios y publicaciones de tercera fila en la etapa temprana de su carrera; quien fuera gloria local de las letras prematuramente extinguida; padre de una hija que lo desprecia hasta la ignominia; y náufrago de sí mismo, capaz de amanecer tirado en la banqueta tras una noche de embriaguez. El poeta es encarnado con extraordinaria y patética naturalidad por Ubeimar Ríos. Su tarea actoral consiste en pasar de desagradarnos a conmovernos… y lo consigue.

Su desdicha apunta hacia una doble periferia: la de la tertulia de barrio que vive de espaldas a la hegemonías culturales y comerciales del mainstream literario de todos conocido; y la de la pobreza extrema de un barrio del tercer mundo que conjuga hacinamiento, ignorancia, carencias y degradación en muy diversos niveles.

La tragicomedia latinoamericana suele caer en dos extremos: o romantiza la marginalidad intelectual, o convierte al artista fracasado en una caricatura autodestructiva. Un poetavisita ambos lugares, pero no se queda en ninguno de los dos, el resultado es una obra anfibia, hilarante, hiriente, mordaz, desgarradora y sumamente incómoda.

La película encuentra entonces su eje narrativo cuando Óscar descubre el talento literario de su alumna Yurlady, una adolescente de origen extremadamente humilde que parece poseer aquello que él perdió: una voz poética propia y original. Desde ese momento la trama abandona el retrato del artista derrotado y propone algo aún más complejo: la imposibilidad de la redención.

Luego de haber conseguido un empleo como profesor; de iniciar un reacercamiento tímido pero virtuoso con su hija; de impulsar a la joven Yourlady a la escritura y convencerla de participar en un festival local de poesía; la inopinada borrachera de la joven de 15 años, en la celebración nocturna del festival, desata una serie de enredos, malos entendidos, acusaciones y condenas que hacen regresar al poeta al principio del relato: a la cárcel de la frustración y la incomprensión.

Hay algo profundamente regional en la película: la persistencia del intelectual empobrecido como figura trágica. Una figura que en América Latina posee una genealogía extensa, desde los poetas modernistas arruinados, hasta los profesores universitarios precarizados del presente.

No es casual que el personaje viva obsesionado con la figura y el legado literario de José Asunción Silva. Silva encarna precisamente el mito del poeta latinoamericano condenado: sensibilidad extrema, fracaso económico, melancolía social y muerte prematura. En Un poeta, esa tradición aparece degradada por el tiempo histórico. Ya no existe siquiera la grandeza romántica del poeta maldito. Sólo queda un hombre envejecido, que dicta clases sin entusiasmo, y bebe demasiado.

La película posee, además, una dimensión profundamente política. No porque formule discursos ideológicos explícitos, sino porque registra una transformación histórica silenciosa: el desplazamiento de la cultura letrada hacia los márgenes de la sociedad. La poesía aparece aquí como un resto arqueológico de otro tiempo. Tal vez porque, como lo intuyó Jorge Luis Borges, toda literatura es finalmente una forma de combatir el olvido o, como escribió Roberto Bolaño, porque los poetas latinoamericanos continúan avanzando, incluso cuando saben que la derrota es inevitable.

Hay películas latinoamericanas que parecen hechas para confirmar lo que el mundo espera de nosotros: violencia, pobreza, narcotráfico, exotismo social, realismo -crudo o “mágico”, edulcorado o atroz, incluso musical- en todos los casos cocinado al gusto de los festivales europeos y la crítica políticamente correcta. Y hay otras, mucho más raras, que deciden internarse en una zona menos visible: la derrota espiritual del subcontinente, visto o anhelado como una utopía cultural descolonizada y un territorio en rebeldía a la Eduardo Galeano. Un poeta pertenece a esta segunda categoría, y es, en ese sentido, profunda y felizmente antilatinoamericana.

En el cine contemporáneo abundan las historias sobre artistas exitosos en crisis existenciales. Un poeta hace lo contrario: retrata a alguien que jamás logró convertirse realmente en aquello que soñó ser. Esa diferencia cambia por completo el tono moral del relato. Óscar no administra la decadencia de una gloria pasada; documenta la evidencia de haber quedado fuera del mundo, sometido a grandes y pequeñas humillaciones cotidianas.

Hay una escena reveladora en la que Óscar habla de poesía en clase con una intensidad menos religiosa que etílica, para sorpresa de sus jóvenes alumnos que lo observan con indiferencia, fastidio, asombro incrédulo, e incluso lástima. El poeta-profesor-beodo encarna la derrota de la literatura y de las palabras. La poesía ya no ocupa aquí un espacio sagrado; es apenas un residuo social, un lenguaje hablado por muy pocos, incluso por un loco.

Durante décadas, la figura del escritor en América Latina poseyó una densidad pública extraordinaria. El poeta podía ser diplomático, conciencia moral, intelectual de Estado, caudillo revolucionario, figura mediática o símbolo nacional. Desde Pablo Neruda hasta Octavio Paz, la cultura latinoamericana construyó alrededor del escritor una autoridad casi sacerdotal. Un poeta parece filmada desde el derrumbe definitivo de ese mundo: la anti república de las letras.

Más allá de su humor negro, de su incomodidad y de sus escenas absurdas, Un poeta habla de algo que excede a Colombia y que nos representa al resto de la región. Alude a toda una generación latinoamericana formada bajo la creencia de que la cultura poseía una misión histórica, casi redentora, y que hoy observa cómo la literatura, la poesía y la conversación intelectual son desplazadas por la velocidad digital, la economía de la atención, la ignorancia, la abulia y el entretenimiento instantáneo.

En 1989 Peter Weir filmó Dead Poets Society (La sociedad de los poetas muertos), una luminosa épica de la poesía entendida como celebración de la libertad individual, la imaginación y el vitalismo democrático de Walt Whitman. Simón Mesa Soto nos ofrece, en cambio, el reverso de aquella promesa. Allí donde Weir encontraba en la poesía una fuerza capaz de transformar la vida, Un poeta explora sus ruinas, sus derrotas y sus desencantos. Si la película colombiana hubiera tenido otro título, bien podría haberse llamado La soledad de los poetas vivos: una historia de quienes siguen aferrados a la palabra en un mundo que ha dejado de escucharla, sobre aquellos que persisten en escribir versos no porque esperen cambiar el mundo, sino porque acaso esa sea la única forma que conocen de no sucumbir ante él.

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