
El pasado 5 de junio se cumplieron 45 años de que apareció en el Morbidity and Mortality Weekly Report (MMWR), órgano oficial del Centers for Disease Control de los Estados Unidos, una pequeña nota describiendo la curiosa ocurrencia de neumonía por Pneumocystis carinii en cinco hombres homosexuales previamente sanos (https://stacks.cdc.gov/view/cdc/50022). Todos eran jóvenes que fueron atendidos en Los Ángeles, en 1981, por neumonía, con cuadros de varias semanas de evolución con fiebre persistente, positivos para citomegalovirus y con candidiasis oral. En la pequeña discusión, el editor comentó que era de llamar la atención porque estas infecciones solo se ven en individuos con inmunosupresión grave.
El 10 de diciembre de ese mismo año, en el New England Journal of Medicine se publicó el artículo describiendo estos casos y otros dos artículos de Nueva York con más pacientes. En el editorial que los acompañó, se comentó que para esa fecha, según el MMWR, ya había 160 casos reportados y se acumulaban cinco o seis más cada semana. Iniciaba así una de las epidemias más devastadoras que nos ha tocado vivir. Los reportes iniciales coincidían en que los pacientes tenían muy bajos los linfocitos que entonces se llamaban Leu3+ helper, que posteriormente fueron renombrados como CD4, y se especulaba la posibilidad de que de alguna forma hubiera transmisión sexual de lo que sea que estaba causando la inmunodeficiencia, que, como no era de tipo hereditario como las que se conocían bien, se pasó a llamar adquirida.
A mi generación de residentes nos tocó vivir la experiencia de tratar a los primeros pacientes en México y atestiguar lo devastadora que era la enfermedad. Durante varios años, todo paciente que llegaba al Instituto con este síndrome fallecía en unos cuantos meses. Era una tragedia porque no solo era recibir el diagnóstico de una enfermedad mortal a corto plazo, sino que en muchos casos significaba la revelación de una preferencia sexual que se tenía oculta y que entonces era muy mal juzgada. Un día se me acercó la mamá de un paciente muy enojada para reclamarme que se había enterado de que en el cuarto de colectivo de mi sector en donde estaba su hijo había un paciente que tenía SIDA. El paciente con SIDA era su hijo.
El virus causante fue descubierto en 1983, por lo que Barre-Sinoussi y Montagnier recibieron en 2008 el Premio Nobel de Medicina y Fisiología. La inyección de recursos que hubo en todos los niveles es un paradigma de lo que se logra cuando se promueve la investigación en un área en particular. El estado actual del conocimiento en inmunología sería inentendible sin la enfermedad por VIH. Existen medicamentos efectivos para prevenir y tratar la enfermedad, que en muchos casos dejó de ser mortal. El cambio social que impulsó esta enfermedad también es de reconocerse. La apertura y aceptación actual de la comunidad LGTB serían inexplicables si no hubiera surgido esta epidemia.
Desafortunadamente, como sucede con muchas enfermedades, una cosa es generar conocimiento sobre su prevención, así como tratamientos efectivos, y otra es que esto se lleve al terreno de la salud pública. Según la OMS en datos publicados en la página de ONUSIDA (https://www.un.org/es/global-issues/aids) desde el inicio de la epidemia, 91.4 millones de personas han contraído la infección del VIH y alrededor de 42 millones han fallecido a causa de esta enfermedad. Todavía mueren en el mundo alrededor de 600 mil pacientes por VIH al año. En 2024, unos 40,8 millones de personas vivían con el VIH y a diferencia de lo que ocurría al principio, el 53% eran mujeres y niñas.
Dr. Gerardo Gamba
Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán e
Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM