
Escribo estas líneas la víspera del partido de México contra Corea en la Copa Mundial de Futbol. Lo hago desde mi casa, a tan sólo 500 metros del paseo de la Reforma y del Ángel de la Independencia al que, si todo salé bien, en unas horas llegarán miles de aficionados para celebrar la segunda victoria del torneo.
¿Cuál es el monosílabo más largo de la lengua española?: ¡Gooooooooool! Acaso la mayor aportación de los cronistas deportivos a la historia de la gramática castellana.
Para castellanizarlo, al vocablo inglés se le restó una vocal, la letra a, y se le redujo a una sola: la o. El resultado del canje contribuyó a que la expresión se alargue o acorte según el ánimo nacional.
Un gol de nuestro equipo en copa mundial contiene un número insospechado de letras o; la anotación del equipo contrario –en cambio– se le reducirá a su mínima expresión, casi una rabieta gutural por lo que apenas y se asoman una g y una l; prosodia oscura que delata el fervor por el Gran Juego del Hombre (Ángel Fernández, dixit.) y que nos pone de golpe frente al frágil espejo de los nacionalismos exaltados.
La pasión por el futbol, como extensión del amor nacional, es uno de los rostros atávicos del chovinismo en nuestra jaula de la melancolía, en nuestro laberinto de la soledad. El país al que tanto amamos, está destinado a ser el mejor o a morir en el campo de batalla. El ritual de sacrificio de repite cada cuatro años.
Más que pasión, estamos ante un gran montaje escénico, una actuación, una impostura –si ganamos somos dioses, si perdemos, los jugadores, y sobre todo el entrenador en turno, serán acreedores de todo nuestro desprecio.
La catarsis patriotera y momentánea no se demuestra, se exhibe. En México, demostrar amor por la patria sólo puede expresarse en forma expansiva, estridente o a través del estropicio. No en el recogimiento de quien cena cada noche con su familia, en el acto rutinario de hacer la declaración anual de impuestos, tirar la basura en el bote más cercano, reconocer la derrota de nuestro candidato en las elecciones, o acercarse la ventanilla correspondiente para pagar una multa por alguna infracción cometida. Así no se nota o, mejor dicho, así no se demuestra el chingo que queremos a la patria.
El cariño inmarcesible por la-tierra-que nos-vio-nacer se expresa a gritos, en la calle, a fuerza de rituales exaltados, ademanes simiescos, trompetas, matracas y leyes ultra nacionalistas que confirmen el mayor Perogrullo de todos: “como México, no hay dos”. Pobre de aquel extraño enemigo que ose profanar con su planta nuestro suelo, con sus inversiones nuestra amadísima industria, o con su balón la meta de nuestro arquero nacional.
Los mexicanos bien nacidos gritan su amor por el país en unas cuantas ocasiones propicias: la noche del 15 de septiembre; la noche de su boda, o de su graduación escolar. Es dable también acudir a la expansión de la laringe tricolor para celebrar que “un paisano” –algo más íntimo que “un mexicano”– se elevó en el podio de los medallistas olímpicos o alzó los brazos –victorioso y vapuleado– en el cuadrilátero de un casino de Las Vegas.
Pero acaso el grito delator alcanza su registro más agudo y afectado cada vez que la selección mexicana de fútbol remueve, así sea por un instante, las esperanzas de grandeza deportiva de una nación que ha sufrido lo mismo el oprobio de la bota militar extranjera, que la afrenta de ser derrotados por el equipo alemán en el Estadio Azteca, gran altar prehispánico de los sacrificios nacionales, en donde todos y cada uno entregan el corazón.
“Pinches nazis” rezaba un grafiti en el barrio de Santa Úrsula –a un costado del gran altar de los sacrificios– pocos días después de la derrota de 1986 a manos del enemigo teutón y en serie de penaltis. País pendenciero, futbolero y guadalupano, en el amor por la camiseta verde de los seleccionados nacionales se ha llegado a la síntesis perfecta de lo que entendemos por apego al terruño. Como el acto gregario de ir a mear en la cantina, por lo regular cuando un mexicano se desgañita a nombre de la patria no lo hace solo. El mexicano grita, celebra, se inmola -por igual en el estadio o frente al televisor-, en compañía de su gente, de la raza, del compadre.
Todo se reduce a la triada de nuestros arquetipos. Esto explica el intento por exaltar la identidad en tres colores: verde, blanco y rojo; en tres objetos: el tequila, el sobrero y el jorongo; y en tres sílabas: Mé-xi-co. Esta reducción admite otra más: tres letras que todo lo contienen y todo lo simbolizan, las tres letras taumaturgas de la pasión nacional: gol.
Hoy la victoria correrá, eso esperamos, por cuenta de la patria y de las selfies tomadas por miles de celulares. De cuando en cuando, muy pocas veces, a decir verdad, los amantes del futbol se reúnen en el Monumento de la Independencia de la Ciudad de México para celebrar las glorias del equipo tricolor. Son ejemplares de colección para el museo universal del exhibicionismo. Su mayor anhelo: aparecer en pantalla unos segundos pintarrajeados, echando desmadre, eufóricos, tribales e incontenibles.
En términos mediáticos, han logrado lo que parecía insuperable: reducir de 15 a 2 los segundos que Andy Warhol postuló como el tiempo mínimo de fama al que todos tenemos derecho. Dos segundos o acaso menos, el tiempo necesario para mandar lo mismo un saludo por televisión o una mentada de madre por el canal de las estrellas o TV Azteca. La vida que se reduce a noventa minutos de nerviosismo, seis horas de celebración y unos pocos segundos en pantalla. El chiste es mostrarse, y demostrarles a los otros, que el amor por México se lleva en el alma y en las venas, por donde corren sangre, goles y cerveza.
En su libro The Soccer War el periodista polaco Ryszard Kapuscinski registró la ocurrencia del célebre y ya olvidado carcelero mexicano Augusto Mariaga, guardia en jefe de la prisión de alta seguridad de Chilpancingo, que el 11 de junio de 1970 celebró el triunfo de México sobre la elección de Bélgica por marcador de 1 a 0.
Era tal su alborozo que salió de su oficina echando tiros al aire y vivas a México a todo pulmón. Decidió entonces que tal hazaña, ocurrida en suelo patrio –toda vez que México era sede de la Copa Mundial– merecía compartirse con los reos y decretó eufórico la apertura de todas las rejas del presidio. 148 reos peligros huyeron esa tarde. Semanas después los tribunales que le juzgaron redujeron sensiblemente el castigo, tomando en consideración que el señor Mariaga –y así lo dice el veredicto– “actuó con exaltado patriotismo”.