Opinión

90 minutos para detener una guerra civil

JUGADORES. ¿De Costa de Marfil o Côte d’Ivoire? (Adrian Macias/Adrian Macias)

Hace unos días, Costa de Marfil inició su participación en el Mundial de Norteamérica con una victoria sobre Ecuador gracias a un gol de Amad Diallo en el minuto 90. La escena recuerda otra historia: la de una selección que, hace dos décadas, contribuyó a frenar una guerra civil con un partido de 90 minutos.

El 8 de octubre de 2005, Costa de Marfil derrotó 3-1 a Sudán y consiguió, por primera vez en su historia, la clasificación a una Copa del Mundo. Para la población marfileña éste fue un día inolvidable. Sin embargo, aquel hito de los elefantes contrastaba con una realidad más compleja: el país estaba dividido por una guerra civil iniciada en el 2002 que tuvo como resultado, alrededor de tres mil personas muertas, además del desplazamiento de 750 mil habitantes.

Desde la Ciencia Política, una forma de entender estos procesos es a través de lo que conocemos como clivajes, un grupo de personas que se identifican con alguna de las grandes divisiones que existen en la sociedad, por ejemplo, un clivaje que solemos ver usualmente es el religioso: cristiano - islámico. En Costa de Marfil, la guerra civil se articuló alrededor de varias de estas fracturas. El norte, predominantemente musulmán, quedó bajo control de grupos opositores encabezados por Guillaume Soro; el sur, mayoritariamente cristiano, permaneció bajo el gobierno del presidente Laurent Gbagbo.

Tras la victoria frente a Sudán, mientras la selección de futbol celebraba en el vestidor, ocurrió una escena que con el tiempo se convertiría en un símbolo nacional. Didier Drogba, originario del Sur cristiano, tomó un micrófono y abrazado de Kolo Touré, del norte musulmán, se arrodilló con sus compañeros, y dirigió un mensaje al país: “Marfileños y marfileñas, del norte y del sur, del centro al oeste, ya vieron hoy que todo Costa de Marfil puede cohabitar, puede jugar con el mismo objetivo [..] Hoy les pedimos por favor y nos ponemos de rodillas, perdonen [..] Por favor, depongan las armas, hagan elecciones.”

Las palabras de Drogba tuvieron un efecto político importante porque provenían de una figura capaz de hablarle a ambos bandos. En una sociedad fragmentada, la selección nacional funcionaba como un espacio compartido de identificación colectiva. Por unos días, el país respiró esa paz que tanto anhelaba el equipo y millones de personas. Sin embargo, el conflicto no terminó entonces, sino hasta dos años después en 2007.

Meses después, el 3 de junio de ese año, los elefantes disputaron un partido oficial en Bouaké, la principal ciudad controlada por el norte musulmán. El juego formo parte de la clasificación para la Copa Africana de Naciones y Costa de Marfil derrotó 5-0 a Madagascar. El encuentro se convirtió en un acto de reconciliación. Soldados de ambos bandos asistieron al estadio, mientras millones de personas observaban desde sus hogares. No fue solo un partido, era la posibilidad de ver reunido, aunque fuera durante 90 minutos, aquello que la guerra había separado.

Un mes más tarde, el presidente Gbagbo y el exlíder del norte Soro, protagonizaron ceremonias públicas de reconciliación en esa misma ciudad. En el mismo estadio donde la selección había ganado 5-0, representantes de ambos bandos encendieron una hoguera construida con un arsenal de armas de guerra entregadas por grupos rebeldes como símbolo del desarme y el cierre de una etapa violenta.

Hoy, el contexto es muy distinto, pero la historia de Drogba recuerda que el fútbol puede ser mucho más que un deporte. En ocasiones, también puede convertirse en un espacio capaz de reunir a una sociedad y recordarle aquello que comparte por encima de sus diferencias.

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