
Un influyente intelectual de los años noventa del siglo pasado puso en voga el planteamiento del sentido de pertenencia e identificación -y de orgullo en buena medida- de los individuos en general a un país o una sociedad determinada en la medida en que pueden ser entendidas como comunidades imaginarias. El nacionalismo, la identidad nacional y otras categorías abstractas que definen y diferencian un país de otro y generan tanto arraigo entre individuos que muy probablemente jamás se conozcan entre ellos, pasan por esa idea de pertenencia a un mismo espacio imaginado.
Claramente el planteamiento es más complejo que esa mera aseveración, pero en la construcción del espacio social imaginario confluyen voluntades y simbologías muy estrechamente vinculadas como para permitir millones de personas desarrollar un sentido de identificación social y cultural. Es una idea poderosa y creativa que concita adhesiones y rechazos, pero que en las varias décadas de integración mundial económica contribuyó a reafirmar los particularismos culturales no solamente como una respuesta social y cultural a ese desafío de la llamada globalización sino también como una forma de resistencia frente a la uniformidad del consumo y la producción global.
Una vez que esos parámetros dominantes de la economía han cedido el espacio justamente al rechazo del paradigma económico de uniformidad e integración para hacer prevalecer consideraciones de carácter geopolítico, en los que la idea dominante no es controlar por la economía y el consumo, sino por la fuerza, el rechazo, la violencia y la sumisión, la idea de comunidad imaginaria podría estar entrando en crisis al no representar un espacio para todos sino para unos cuantos.
Al menos desde el discurso del poder, un poder conservador y clasista claro está, o bien al menos de segregación al procurar establecer ciertas categorías o requisitos de pertenencia que no son por extensión para todos, ya sea para intentar recuperar desde la demagogia un pasado que se presume fue y se ha perdido o para justificar precisamente el discurso de dominación y supeditación de clases y segmentos sociales conforme a jerarquías y valores socioeconómicos, de ideología, raza y supremacía, entre otras categorías políticas, económicas y sociales.
Ello viene a colación con la polarización que es posible observar en el mundo y en el interior de buena parte de los países, particularmente de los desarrollados o con un cierto de nivel desarrollo relativo.
Por ejemplo, una reciente encuesta levantada en Estados Unidos ha hallado que en 2026, en comparación con otros periodos, las personas se sienten poco orgullosas de ser estadounidenses. Es así que el año en curso ha marcado un récord a la baja en este sentido al arrojar que el 58 por ciento de las personas se siente orgullosa de ser norteamericana, en comparación con el pasado lejano y cercano. En 2003 el 90 por ciento de las persona se sentía orgullosa de ser norteamericana, pero para 2024 el porcentaje bajó a 67 por ciento hasta llegar a la cifra de 2026. Más aún, el estudio demoscópico señala que de los votantes que apoyan al actual mandatario estadounidense, solamente el 62 por ciento se siente muy orgulloso y los que apoyan a Kamala Harris sólo el 12 por ciento. En edades, el contraste es todavía más agudo ya que entre personas de 18 a 29 años de edad, solamente 36 por ciento se han mostrado orgullosas de serlo, frente al 75 por ciento de la población más viejas del país, comprendida en el rango de 65 años de edad y mayores.
Estos índices apuntan a un fenómeno preocupante de largo alcance pues representan una brecha generacional amplia y de distanciamiento entre el pasado, el presente y el futuro del país en cuestión tanto en términos político-partidista como sociales y de edad.
Este declive que parece sólidamente en declive retrata la tendencia de los últimos 23 años y salvo cambios importantes en el corto plazo en el sistema político, económico y social de ese país, podrían estar indicando que la comunidad imaginaria podría estar perdiendo su sentido de pertenencia a la misma, o al menos su orgullo de pertenecer, que desde un punto de vista amplio, resultaría igualmente preocupante.
No parece gratuito el distanciamiento social y generacional cuando se considera que el país es presidido por un mandatario octogenario que parece responder a los segmentos de mayor edad de la sociedad y que no representan el futuro del país, tampoco sus ideas de marginación, privilegios y rechazo de todo lo que no parece pertenecer a esas minorías poco generosas.