Opinión

El Estadio Azteca-Banorte-Ciudad de México recuperó esa capacidad de intimidar y el partido encontró el ritmo que los dos anteriores apenas habían insinuado.

Volver a creer

La goleada también dejó uno de esos momentos que justifican una Copa del Mundo.
México vs Chequia La goleada también dejó uno de esos momentos que justifican una Copa del Mundo.

Hace apenas unos meses, el Estadio Azteca-Banorte-Ciudad de México recibió a la selección mexicana con abucheos durante su reinauguración. No iban dirigidos contra Javier Aguirre ni contra un futbolista en particular. Eran la expresión de una afición cansada de las mismas promesas y de las mismas decepciones. Una afición que, además, convive todos los días con problemas mucho más grandes que un partido de futbol. Ni siquiera organizar una Copa del Mundo parecía suficiente para disipar ese escepticismo.

El debut frente a Sudáfrica reforzó esa sensación. México ganó, pero la victoria dejó el gusto amargo de tantas otras veces. La expulsión sufrida y la incapacidad para aprovechar que el rival quedó con dos hombres menos hicieron pensar que la historia volvía a escribirse. El equipo cumplía con el marcador, pero seguía acompañado por las mismas dudas de siempre.

Después apareció Corea del Sur. El funcionamiento volvió a quedar lejos de lo esperado. Un error del guardameta abrió el marcador y una atajada extraordinaria del Tala Rangel sostuvo la ventaja. Bastó con eso. México aseguró su clasificación y, de pronto, el análisis comenzó a perder espacio frente al resultado.

Los viejos cuestionamientos no desaparecieron. Simplemente dejaron de ocupar el centro de la conversación. Regresaron los cláxones y las camisetas verdes. El Ángel de la Independencia volvió a llenarse. Las bromas sobre un posible campeonato, que unos días antes habrían parecido un exceso, empezaron a decirse con una media sonrisa. Nadie terminaba de creerlas, pero, en el fondo, nadie se atrevía a descartarlas.

El tercer partido terminó por romper las reservas. Chequia apenas opuso resistencia. México tampoco brilló durante el primer tiempo, aunque para entonces esa parecía una preocupación menor. Los dos encuentros anteriores habían enseñado que este equipo concede poca importancia a las formas cuando el marcador le pertenece.

Entonces apareció la mejor versión de la selección mexicana. La altura comenzó a pesar, el Estadio Azteca-Banorte-Ciudad de México recuperó esa capacidad de intimidar y el partido encontró el ritmo que los dos anteriores apenas habían insinuado. Luis Romo compensó cualquier carencia con esfuerzo. Mateo Chávez jugó con una personalidad impropia de su edad. Gilberto Mora volvió a demostrar que el talento es adulto, aun en un menor de edad. Julián Quiñones confirmó su condición de goleador y Álvaro Fidalgo hizo lo que mejor sabe: poner imaginación donde otros sólo ven espacios. El 3-0 terminó por desatar un entusiasmo que llevaba dos partidos contenido.

La goleada también dejó uno de esos momentos que justifican una Copa del Mundo. Con el partido resuelto, Javier Aguirre llamó a Guillermo Ochoa para que disputara los últimos minutos de su sexto Mundial y se despidiera sobre el césped. Habrá quien siga discutiendo si fue el mejor portero en la historia de la selección mexicana; yo mismo tengo mis reservas. Ese debate nunca terminará. Pero lo que es indiscutible es la dimensión de la escena. Muy pocos futbolistas pueden retirarse en una Copa del Mundo, frente a su gente, después de seis participaciones mundialistas. Más allá de cualquier discusión, ese lugar en la historia ya le pertenece.

México cerró la fase de grupos con tres victorias. Nunca antes lo había conseguido, y por eso ya no hubo espacio para la prudencia: el júbilo en las calles es total. Ésa es la fuerza del futbol. No resuelve los problemas de una sociedad, pero consigue algo igual de extraño: suspenderlos por un instante. Durante noventa minutos, millones de personas encuentran una razón para abrazarse con desconocidos y creer que la felicidad también puede ser colectiva. México necesitaba una celebración así.

Por eso quiero ser optimista, aunque la razón todavía invite a la cautela. Los Mundiales organizados en casa siempre llevaron a México hasta los cuartos de final. Chequia ofreció muy poco; Corea del Sur fue de más a menos y Sudáfrica, aunque avanzó de ronda, ha sido una de las selecciones africanas menos exigentes del torneo. Lo más difícil todavía espera.

Yo puedo elegir el optimismo. Javier Aguirre y Rafael Márquez, no. Mientras el país celebra, a ellos les corresponde ser responsables. Detectar todo aquello que todavía no funciona y corregirlo antes de que llegue un rival capaz de castigarlo. Porque hoy tienen entre las manos algo más que un equipo de futbol: la ilusión de millones de personas que decidieron confiar otra vez.

La derrota siempre será una posibilidad. En un Mundial, quizá la más probable, sobre todo para una selección como la mexicana. Por eso, lo que hoy se les debe exigir no es la victoria a cualquier precio, sino que la afición pueda reconocerse en su selección. Que compita con inteligencia, con carácter y con la convicción de agotar todas sus posibilidades.

Porque la ilusión nunca ha dependido sólo del marcador. También nace de encontrar un equipo en el que valga la pena creer. Sería imperdonable que, después de convencer a un país de volver a creer, esa ilusión no encontrara en la cancha un equipo digno de ella. Ésa es la responsabilidad que hoy carga la selección mexicana: cuidar de la gente que volvió a creer. .

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