Opinión

Algunos golpes de realidad

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Nueva era en Colombia El ultraderechista Abelardo de la Espriella y su fórmula vicepresidencial, José Manuel Restrepo, hacen el saludo militar durante la entrega por parte del Consejo Nacional Electoral (CNE) de su credencial como presidente electo de Colombia (Mauricio Dueñas Castañeda/EFE)

Después de la bravata de Gustavo Petro (y sus afines) al final de la primera fase electoral, su derrotado candidato, Iván Cepeda, no tuvo otro remedio: se encogió de hombros, emitió una declaración protocolaria y se fue con el vallenato a otra parte. Como le habría dicho don Adolfo Ruiz Cortines: ni modo, compadre, perdimos.

Mientras tanto, Abelardo De la Espriella exhibía su credencial como presidente electo de Colombia y repetía el mismo discurso de todos los candidatos ganadores, sean de izquierda derecha o centro:

“Esta victoria no pertenece a un hombre, no pertenece a un partido ni a una región. Pertenece a Colombia entera. Ha triunfado la voluntad de un pueblo para recuperar su destino, la dignidad nacional, la República y la esperanza…

“De la Espriella mencionó (El tiempo) que gobernará para todos los colombianos, para quienes votaron por él y para quienes eligieron otros caminos en las urnas, pues indicó que en la democracia no existen enemigos irreconciliables, sino personas que piensan diferente”.

Como todos sabemos eso es muy relativo. A veces falso.

En el mejor de los casos es una muestra de civilidad y una bien educada intención, pero ni en la democracia ni en el totalitarismo, o en las monarquías ni en ningún otro sistema conocido o por descubrir, los seres humanos dejan de ser selectivos y vengativos.

Siempre habrá un pelotón de fusilamiento (real o virtual), donde acabar con el enemigo a quien en el hipócrita lenguaje de la corrección política se llama adversario.

En Colombia la polarización no se va terminar con lindos discursos post electorales. En Macondo, el coronel Buendía se lamentaba de las treinta y tantas guerras perdidas sólo para ver la casa pintada de azul.

Los argentinos –gracias a Domingo Faustino Sarmiento--, resolvieron el problema de las identidades cromáticas entre bandos en pugna inacabable (los federales, rojo; los centralistas, blanco) revolviendo las pinturas y dejando la casa presidencial rosita, rosadita. Pero ellos son así.

En México supimos desde hace muchos años sobre los odios irreconciliables.

Pero lo importante del discurso de Don Abelardo reside en estas líneas, creo yo:

“No habrá criminales por encima de la Constitución y la ley. A los criminales, a los secuestradores, a los corruptos que se roban los recursos del pueblo, les notifico que Colombia vuelve a tener Gobierno y Estado. Todos serán perseguidos sin tregua en el marco de la ley y responderán por cada crimen cometido… la patria milagro comienza hoy".

Pero mientras eso ocurre o no, algo sí ya ha sucedido: Colombia le dio la espalda a la demagogia asociada con el narco gobierno de origen guerrillero de donde provenía Gustavo Petro quien incumplió muchas de sus promesas iniciales y repitió al inicio el lugar común de todos los presidentes:

“Desde hoy, soy el presidente de toda Colombia y de todos los colombianos y colombianas. Es mi deseo y mi deber”. Ni su deseo se logró ni su deber se cumplió. Petro se va a arrollado por la falsedad, el desequilibrio personal, la intoxicación y la corruptela.

La entronización de una derecha mercantil de “mano dura” a la cual algunos llaman “la bukelización” y otros la ultraderecha, es una mala noticia –desde ahora— para la izquierda continental y extracontinental, cuya hora se apresura a un ocaso generalizado.

El gobierno de México, con la cautela ante las malas nuevas, solamente dijo: habrá una felicitación cuando culmine el proceso. Eso ya ocurrió y los parabienes no han llegado ni por asomo. La cercanía con Petro, impidió la cortesía oportuna con De la Espriella. Pero eso no cambia nada. Los colombianos y los mexicanos nos llevamos bien. Muy bien.

Anteayer ---para no ir demasiado lejos-- Quiñones, el colombiano-mexicano, con un golazo puso a bailar los sueños de los mexicanos. Como también hizo otro naturalizado, el español Fidalgo; no Hidalgo. Esas aproximaciones a la globalidad, sí tienen importancia, no una relativa descortesía de tipo electoral.

Pero en el ocaso de las izquierdas, ni siquiera los cubanos patrocinadores de toda la mitología del ibero americanismo proletario y guerrillero; la creación de dos o tres o muchos Vietnam y la formación del “hombre nuevo”; pueden sostener esa bandera, hundidos en la prolongada oscuridad de un apagón interminable; corrompidos hasta la médula y estupefactos ante el enorme fracaso de una revolución alguna vez promisoria e incumplida cuyo mito se hunde en el mar de las Antillas.

Pero así son las cosas.

La siniestra ha perdido el rumbo en muchas partes, hasta en España donde la monarquía diseñada por Franco y ensamblada por el Rey Juan Carlos de Borbón (padre del parricida político actual, Felipe VI), les abrió de par en par las puertas de la vida cívica y electoral. Ante el desastre de Pedro Sánchez, su mujer y sus ministros pillos, es mejor guardar recato porque tenemos visitas, ¡niña!

Hoy, con el naufragio de los socialistas, vale la pena recordar algo de los viejos comunistas en la democratización de España tras la dictadura; el exiliado (por su hijo) Rey Emérito ha dicho:

«…Algunos extremistas se negaban a estrecharle la mano (a Santiago Carrillo). En recepciones oficiales, yo le tomaba del brazo a propósito para presentarle a los pocos disidentes, quienes se veían entonces obligados a adoptar una actitud cortés. Era necesario derribar barreras, dejar atrás los odios del pasado, para construir un futuro prometedor”.

En fin.

El rey de España no es jefe de gobierno. Representa al Estado y a la Constitución. Y por eso, a pesar de no venir en visita de Estado, ni siquiera oficial, Felipe VI fue recibido ayer en el Palacio Nacional (sin pedirle perdón por nada), por la presidenta (con A), Claudia Sheinbaum Pardo.

Por cierto, la actual casa de recepciones oficiales a visitantes distinguidos, está en el Palacio del Pardo donde vivía Franco. Hay de pardos a pardo, aunque de noche todos los gatos lo sean.

El gobierno de México –hasta la hora de cerrar estas líneas—no había emitido comunicado alguno acerca de la conversación entre el Monarca Ibero y nuestra presidenta republicana. Sólo un esmirriado boletín de prensa y un paquete de fotografías protocolarias en el adornado edificio y el Salón de Embajadores del tercer piso, llenos de banderas de ambos países.

Quizás el tema de la importancia cultural de los nativos americanos haya sido un “leit motiv”. Quien sabe, ya nos lo dirán después.

Cuando dos partes están en tensión una de ellas debe acercarse a la otra. La negociación es el único camino. Pero el lugar del encuentro es siempre de difícil decisión. ¿Dónde?

Seguramente Don Felipe VI ignora esta historia:

Pancho Villa fue contactado por un mensajero de Venustiano Carranza. En medio de las irreconciliables diferencias, Don Venus invitaba a Villa a parlamentar.

--Don Venustiano lo invita a su casa; le dijo el emisario.

--¡Ah! ¿sí?, pos dígale a ese viejo barbas de chivo que la misma distancia hay de aquí p’alla que de allá pa’ca.

Felipe VI, con el pretexto del Mundial, recorrió el espacio entre allá y acá. Su posición (si la tiene) perdió fuerza. En fin, allá él y su “off side”.

Pero como la presidenta había adelantado el fútbol como uno de los temas, seguramente Felipe VI recordó la condición campeona de España en 2010 y la señora presidenta –por solidaridad iberoamericana— habría mencionado los campeonatos uruguayos, el último de los cuales ya acumula el óxido de 76 años de vejez.

A lo mejor también le comentó su gusto por la clasificación de nuestros verdes a la siguiente ronda. Quien sabe si las combinaciones permitirían una final entre los súbditos de Su Majestad y los conciudadanos de la doctora en una cancha neutral y sin pedir perdón de acá; ni de allá.

También les ganaríamos. --0--

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