Opinión

La bandera sobre los ojos

La bandera sobre los ojos

Una mañana del pasado mes abril apareció en el corazón de Londres una nueva provocación del ultra célebre y elusivo artista británico Banksy. Se trata de una escultura humana de tamaño real, montada sobre un pedestal -construidos, para aligerar su peso y facilitar su montaje, con fibra de vidrio que imita al bronce y al mármol respectivamente-, que se alza por encima de los 5 metros de altura a imagen y semejanza de tantas otras piezas escultóricas que forman parte del paisaje de la capital del Reino Unido.

El personaje de la escultura, con traje y corbata propias de un político o de un burócrata, sostiene con el brazo derecho una gran bandera agitada por un viento imaginario que le cubre completamente el rostro. La figura avanza a ciegas y con paso firme -con una de las piernas sostenidas en el pedestal y la otra suspendida en el aire-, como si estuviera a punto de cae al vacío.

Poco después, Banksy confirmó la autoría mediante un video difundido en sus redes sociales. La pieza fue instalada clandestinamente durante la madrugada, siguiendo la tradición del artista británico de intervenir el espacio público sin autorización previa.

Se titula “Cegado por la bandera”, y fue instalada en una de las aceras de The Mall, la avenida emblemática que conduce al Palacio de Buckingham, la cual se encuentra sembrada de monumentos dedicados a reyes, militares y héroes del imperio británico.

Pocas veces una pieza ha expresado con tal economía visual una idea tan antigua como vigente: el patriotismo convertido en velo cegador. Los nacionalismos que heredamos de los siglos XIX y XX, que en más de una ocasión han arrojado a países, sociedades y regiones enteras al precipicio.

Banksy lleva tres décadas haciendo precisamente eso: interrumpir la normalidad. Surgido de la escena del grafiti de Bristol a finales de los años ochenta, construyó una obra basada en el anonimato y en la aparición repentina. Nadie sabe con certeza quién es, aunque las especulaciones nunca han cesado.

Su lenguaje disruptivo y anti sistémico es reconocible al instante. Ratas, policías, niños, soldados, migrantes y personajes de la cultura popular forman una iconografía recurrente que combina humor, sátira y una severa crítica política. Ha pintado en Palestina, Ucrania y las calles de Londres con la misma vocación disidente.

Sus intervenciones han abordado la guerra, el consumismo, la migración, la vigilancia estatal, la desigualdad y los excesos del capitalismo global. Ha transitado de los muros callejeros a los museos, las instalaciones efímeras, catálogos, libros y subastas millonarias, sin abandonar nunca una voluntad explícita de cuestionar las certezas del poder.

La nueva escultura parece hablar, en primer lugar, de la ceguera de los nacionalismos. La bandera, símbolo de pertenencia, identidad y memoria, se convierte aquí en un objeto que impide ver. El patriotismo, enarbolado desde el poder político, deja de ser una mirada compartida y se transforma en una venda que entorpece la mirada.

El siglo XXI había prometido otra cosa. Se suponía que la globalización, la revolución digital y las interdependencias económicas reducirían el poder de los viejos fervores nacionales. Ocurrió exactamente lo contrario. Los nacionalismos han regresado con una fuerza sorprendente. Los vemos en Europa, en Estados Unidos, en Rusia, en la India y en Oriente Medio. Los vemos en discursos identitarios de izquierda y de derecha. Los vemos también en formas nuevas de tribalismo cultural y hasta deportivo.

Elías Canetti escribió en Masa y poder que las naciones buscan constantemente un símbolo que las unifique y una amenaza que aderece los discursos del poder y movilice a sus ciudadanos. El nacionalismo ofrece ambas cosas. Una bandera para abrazar y un enemigo para temer.

Canetti advirtió que las masas desean perseverar y perpetuarse. Los nacionalismos ofrecen precisamente esa ilusión de permanencia histórica. Sin embargo, cuando una comunidad imagina poseer una verdad absoluta sobre sí misma, comienza a caminar, como el personaje de Banksy, hacia un borde que no alcanza a distinguir.

Por eso la escultura de Banksy resulta tan perturbadora. El hombre no corre. No grita. No combate. Simplemente avanza. La tragedia es precisamente esa: el nacionalismo extremo suele presentarse como un movimiento razonable, casi natural, antes de convertirse en una marcha hacia el abismo. La pieza también puede leerse como una crítica a la ceguera de los burócratas en el poder. Gobernantes, ministros, asesores, funcionarios y militares que administran el presente con la retórica de los nacionalismos, sin advertir el precipicio que se abre frente a ellos.

La historia está llena de dirigentes incapaces de ver las consecuencias de sus propias decisiones, baste con imaginar las consecuencias catastróficas de la Primera Guerra Mundial, ese gran y sanguinario torneo de nacionalismos exaltados que inauguró un siglo de confrontaciones bélicas de escala global. Las burocracias suelen ser expertas en producir informes, reglamentos y ceremonias, pero profundamente torpes para percibir las catástrofes que ellas mismas incuban.

Hannah Arendt observó que la violencia aparece cuando el poder comienza a deteriorarse. La violencia nacionalista es, en cierta forma, el reconocimiento de un fracaso. Los nacionalismos extremos suelen recurrir a ella cuando descubren que la realidad no cabe en sus relatos, que es necesario, para legitimarse y reproducirse, aniquilar o al menos someter al otro, a los otros.

El hombre de la escultura efímera de Basky podría representar a cualquier sociedad contemporánea. Una comunidad que, envuelta en símbolos y consignas, pierde la capacidad de mirar el horizonte y termina desplazándose hacia su propia caída. El borde del pedestal es, entonces, una frontera moral, un último instante antes del estropicio. La figura de Banksy parece suspendida en ese segundo decisivo en el que todavía es posible detenerse, y quitarse la bandera de los ojos.

No es la primera vez que el artista dirige su crítica hacia las cegueras de nuestro tiempo. En 2018 presentó en una subasta de Sotheby’s una de sus obras más emblemáticas: “Niña con globo”, el célebre dibujo grafiteado en blanco y negro de una niña que sostiene un globo rojo, y que desde su aparición se ha reproducido en cientos de paredes del mundo, camisetas y carteles.

Apenas cayó el martillo de la famosa casa subastadora, el dibujo certificado de Basky, supuestamente el “original”, activó un mecanismo por el cual comenzó a autodestruirse mediante una trituradora de papel oculta en el marco. La acción fue una sátira brillante de la voracidad y la estulticia del mercado del arte. El artista parecía decir que el sistema es capaz de convertir cualquier gesto de rebeldía en mercancía y cualquier crítica en un objeto de lujo. La paradoja fue inmediata y cruel.

La obra parcialmente destruida adquirió en ese preciso momento un valor todavía mayor. Aquello que pretendía cuestionar, el fetichismo del mercado del arte, terminó convirtiéndose en una pieza aún más deseada y más cara. La trituradora no logró destruir la lógica de la especulación. Al contrario, la alimentó. El mercado absorbió la crítica y la transformó en una nueva oportunidad de negocio. El gesto subversivo quedó atrapado en el mismo mecanismo que pretendía denunciar.

Este antecedente vuelve especialmente inquietante la nueva escultura londinense. ¿Puede una obra de arte advertirnos realmente sobre los peligros del nacionalismo, o terminará convertida en una fotografía viral, en una postal y finalmente en otra mercancía cultural de gran valor en el mercado? El riesgo es evidente, la realidad contemporánea parece obstinarse en desmentir las advertencias del arte. Vivimos una época de nacionalismos extremos que se multiplican bajo diversas formas, y con muy distintos lenguajes.

Existen nacionalismos de izquierda y de derecha; religiosos y racistas; colonialistas y expansionistas. Nacionalismos que justifican guerras y otros que convierten la identidad en un instrumento de exclusión. Incluso el deporte, que durante décadas fue presentado como una fiesta global, se ha convertido en ocasiones en un escenario donde resurgen antiguas pulsiones tribales y fervores excluyentes. Afirmar lo anterior, en plena Copa Mundial, y luego de las movilizaciones masivas tras el triunfo de México sobre la República Checa, cobra aún más sentido.

La escultura de Banksy no propone soluciones. Tampoco ofrece un programa político. Hace algo más valioso: nos obliga a detenernos y a mirar el instante previo a la caída. El hombre de la bandera todavía no ha dado el último paso. Sigue suspendido entre la razón y el abismo. Entre la lucidez y la ceguera. Tal vez esa sea la gran lección de la pieza: ninguna sociedad es inmune a la tentación de cubrirse los ojos con sus propios símbolos. La caída al precipicio comienza siempre con un paso aparentemente insignificante.

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