Opinión

Díaz según Bulnes

Porfirio Díaz Mori (Gloria Rodriguez)

1. Ayer se cumplieron 116 años de la muerte de Porfirio Díaz. Para recordarlo, acudo a la lectura cruda y realista de su legado político en la pluma beligerante y brutal del político y periodista del grupo de los científicos Francisco Bulnes: El verdadero Díaz y la Revolución (1920).

En esta biografía política, que es a la vez un alegato personal, nos presenta un retrato perturbador descarnado y deslumbrante del oaxaqueño, que aún hoy perturba e incomoda a la historia oficial. A Bulnes sigue sin reconocérsele un espacio como uno de los grandes interlocutores de su tiempo. Su apoyo al usurpador Huerta lo condenó al exilio, primero, y al olvido, después.

“Yo no estudio al general Díaz como hombre, ni como cristiano, ni como caballero, ni como Presidente Constitucional, sino como Dictador, es decir, como a un dividuo que puede servir inmensamente a su país, si está dotado de las cualidades y vicios que requiere la forma del gobierno dictatorial”, escribió Bulnes en su alegato de casi 500 páginas. “El general Díaz ante la moral, la religión, la ciencia, el patriotismo y la historia, sólo puede ser culpable de haber sido mal dictador, y es la cuestión que voy a resolver”.

Todo el libro se estructura a partir de una premisa: “El general Díaz no puede ser culpable de haber desempeñado en México, un cargo que exigía fisiológicamente el organismo nacional”. En otras palabras, Bulnes considera algo que ya sabíamos, pero nos ha costado reconocer, que las seis décadas de atribulada vida independiente de nuestro país, previas a su arribo al poder, amenazaban con llevar al país a la ruina y aun a la extinción, en medio de asonadas militares, guerras civiles, desgarramientos regionales, parálisis económica e intervenciones extranjeras.

Si no Díaz, otro caudillo habría tenido que ocuparse a la tarea de pacificar y unificar al país con mano dura e implacable. Le toco a él, lo hizo bien en muchos aspectos, argumenta Bulnes, incluso en aquellos que demandaban altas cuotas de autoritarismo y violencia –y es aquí donde el texto nos resulta más indigesto e incómodo–, pero hubo en su régimen una impericia mayor: no acompañar al progreso económico de justicia social. La pobreza, que no la tiraría política, lo derrumbó, de acuerdo con Bulnes.

Bulnes no cuestiona entonces el apego de Díaz al poder “un apego –dice- de ostión al agua salada”, como tampoco cuestiona y, al contrario, elogia, las maneras con las que sometió a los caciques y a los poderes regionales, repartió concesiones a la aristocracia local o extranjera para ganarse su favor, o fortaleció y aun inventó una clase media burocrática y nacional que era sustento y base de su legitimidad.

Cuestiona en cambio que le faltó dar el paso siguiente, traducir su férreo modelo de control político y progreso económico en bienestar popular, pues ocurre que en el umbral del siglo XX los pobres estaban aún peor de que como lo estaban al final de la era juarista.

Bulnes reitera en su libro un dogma de la época, México no estaba preparado para la democracia. “Deturpar y condenar a general Díaz por no haber ejecutado lo imposible: ser Presidente Democrático en país de esclavos, sobrepasa a lo permitido en estupidez. (…). Ningún gobierno de México ha gobernado democráticamente, por lo sencilla razón de que el pueblo mexicano no es demócrata, pues la democracia es todo acción popular y no de caudillo, prócer, apóstol, militar brutal o licenciado trapacero. Un pueblo que necesita permiso del Presidente de la República para ejercer su soberanía, es menos soberano que un carnero ante un coyote”.

Nada tan alejado del imaginario ultra conservador de Bulnes como un pueblo en el ejercicio del poder, “en México, después de la independencia, los fuertes han sido los caciques, los generales, los licenciados”. Y para él la democracia era poco menos que una ficción, acaso un pragmático pacto de repartición del poder entre los dominantes: “Una democracia moderna de carne y hueso, es un equilibrio entre diversos amos bastante hábiles para no dejarse amarrar por el más águila”.

Para Bulnes Porfirio Díaz representó el ejercicio del poder sin titubeos ni ataduras: “Los caciques quedaron destronados, sus dinastías disueltas, su arrogancia doblegada, sus mañas suprimidas. El poder federal fue el único poder en todo el país. (…) Por la primera vez desde el gobierno colonial se supo lo que era obedecer, lo que era gobierno, lo que era orden, lo que era patria mexicana. (…) Digan lo que quieran los enemigos del porfirismo, la dictadura fue aclamada por todas las clases sociales como un inmenso bien, por la paz que trajo al país”.

La historiografía crítica mexicana ha contribuido en los últimos años a repensar el papel de Diaz en la historia del país; a la historia que se enseña en las escuelas se le han introducido algunos matices frente al discurso oficial y maniqueo que dominó por casi un siglo. El general, con todo, permanece en su exilio simbólico de Montparnasse, mientras que Bulnes se presenta como un autor inexplicable para nuestro tiempo, provocador e irritante, y no por ello menos necesario de releer.

2.

La lectura de Bulnes adquiere una dimensión todavía más compleja cuando se revisa el artículo de David A. Brading sobre el polémico intelectual porfiriano. “Francisco Bulnes y la verdad acerca de México en el siglo XIX” (Revista de Historia Mexicana, COLMEX, 1996).

Brading observa que, para Bulnes, la gran obra histórica de Díaz consistió en haber puesto fin al prolongado ciclo de guerras civiles, insurrecciones militares y autonomías regionales que había caracterizado a México durante buena parte del siglo XIX. Según Brading, Bulnes sostenía que Díaz logró “devolver la paz a México” mediante la neutralización de los caudillos regionales y la consolidación del monopolio de la violencia en manos del Estado central.

Más aún, Brading recuerda que Bulnes llegó a comparar el método político de Díaz con el de Augusto, el fundador del Imperio romano. A juicio del autor de El verdadero Díaz y la Revolución, el oaxaqueño habría utilizado “todas las reglas del arte de la política” descritas por Maquiavelo, preservando las formas institucionales mientras ejercía el poder real. Díaz, escribe Brading resumiendo a Bulnes, gobernó haciendo uso del “mínimum de terror y del máximum de benevolencia”.

Sin embargo, Brading subraya una paradoja fundamental del pensamiento de Bulnes. El mismo autor que exaltó la capacidad de Díaz para pacificar y modernizar el país fue también uno de los primeros en advertir la inviabilidad de perpetuar indefinidamente un régimen basado en el predominio de un solo hombre. Ya en 1903, Bulnes sostenía que el país no quería más “hombres”, sino partidos, instituciones y leyes efectivas. Para él, la continuidad del progreso económico exigía una transición hacia formas más estables e impersonales de gobierno.

Acaso allí reside el aspecto más sorprendente y contemporáneo de Bulnes. Lejos de ser un apologista incondicional del porfirismo, fue también uno de sus críticos más severos desde dentro del propio régimen. Como señala Brading, la gran preocupación de Bulnes consistía en institucionalizar el poder antes de la desaparición física del dictador. El fracaso de esa transición explica, en buena medida, la catástrofe revolucionaria que siguió. La tragedia histórica del porfiriato no habría sido entonces la existencia de una dictadura, sino su incapacidad para construir las instituciones capaces de sobrevivir a la figura excepcional que le dio origen.

Este matiz, recuperado por Brading, obliga a leer tanto a Díaz como a Bulnes fuera de los simplismos morales de la historia oficial: ni héroes inmaculados ni villanos absolutos, sino actores históricos atrapados en las contradicciones de la construcción del Estado mexicano.

Tendencias