
Toda Copa del Mundo produce héroes, villanos, discusiones interminables y, desde hace algunos años, también teorías de la conspiración. El Mundial de 2026 no fue la excepción. Durante semanas se repitió una certeza construida de que todo estaba preparado para que Argentina levantara la copa. Cada decisión arbitral, cada jugada polémica y cada error del VAR se incorporaban a la narrativa de que la conclusión de la justa mundialista estaba escrita desde antes del primer silbatazo.
Las teorías conspirativas casi nunca nacen de la nada. Su fuerza proviene de una intuición correcta que termina convertida en una explicación total. El futbol, desde luego, nunca ha sido un territorio puro. Su historia está atravesada por el poder, la política y los intereses económicos. El fascismo entendió muy pronto el valor propagandístico del deporte en la Italia de Mussolini. El gol fantasma de Geoff Hurst en la final de 1966 permanece como una de las decisiones arbitrales más discutidas de todos los tiempos. La Copa del Mundo de Argentina 1978 convivió con una dictadura que utilizó el torneo para construir una imagen distinta del régimen. La carrera de Pelé nunca pudo separarse por completo de las tensiones políticas de Brasil. Maradona y la Mano de Dios, abalado por los árbitros, terminó con una expulsión del Mundial de 1994 por un caso de dopaje que todavía alimenta sospechas.
Todo eso ocurrió. Nada de ello puede negarse. El problema comienza cuando esos antecedentes dejan de ser parte de la historia para convertirse en una llave capaz de explicar cualquier partido, cualquier marcador y cualquier campeonato. Entonces desaparece la realidad y sólo sobrevive la sospecha.
El Mundial dejó decisiones arbitrales equivocadas para todos los gustos. Inglaterra recibió fallos favorables. Portugal también. Argentina obtuvo algunos. Otros perjudicaron a selecciones mucho más débiles, como Irán. La diferencia entre un error y una conspiración resulta enorme. Si alguien quisiera encontrar un caso de intervención directa de la FIFA durante este torneo, tendría que mirar hacia otro lado. La suspensión de Folarin Balogun desapareció para permitir que Estados Unidos contara con una de sus principales figuras. Algo semejante ocurrió antes del campeonato con Cristiano Ronaldo, a quien se le suspendieron dos juegos para que pudiera competir. No hubo una selección favorecida, hubo un sistema que operó para favorecer el negocio en su conjunto.
Pero el futbol posee una característica que ningún organismo puede dominar por completo. La pelota conserva una autonomía que desafía incluso a quienes administran el espectáculo. Ninguna oficina puede anticipar un rebote imposible, una atajada extraordinaria o un disparo que encuentra el ángulo. Ningún escritorio diseña una remontada. Ninguna conspiración fabrica el instante de inspiración que cambia un partido.
Por eso el futbol despierta una pasión distinta a la de casi cualquier otro espectáculo contemporáneo. Existe dinero, existe poder y existen intereses. También existe una incertidumbre que nunca desaparece. Esa incertidumbre constituye el corazón mismo del juego.
Los terraplanistas desconfían de la redondez de la Tierra pese a la evidencia acumulada durante siglos. Los terraplanistas del futbol desconfían también de la redonda. Niegan su autonomía. Les resulta imposible aceptar que un jugador pueda escapar de cualquier plan con una gambeta, un pase o un disparo.
La semifinal entre Argentina e Inglaterra terminó por exhibir esa contradicción. No hubo VAR protagonista. No apareció una decisión arbitral capaz de explicar el resultado. Argentina remontó el partido con futbol. Messi repartió dos asistencias. Enzo Fernández marcó un gol extraordinario. Lautaro Martínez sentenció el encuentro con un cabezazo impecable. La explicación estuvo sobre el césped y no en una sala de conspiradores.
La final también desarmó otra de las grandes certezas fabricadas durante el torneo. Durante semanas se anunció que todo estaba preparado para un Francia contra Argentina. La realidad ofreció otra historia. España y Argentina disputarán el campeonato. Dos selecciones de habla hispana llegaron al último partido después de un Mundial que comenzó con una absurda prohibición para hablar español en las conferencias de prensa. Lamine Yamal ha mostrado en distintos momentos la bandera palestina. Argentina recordó que las Malvinas son argentinas. Cada gesto abrió debates políticos y culturales que nadie había previsto al elaborar los supuestos guiones del campeonato.
Eso ocurre cuando el deporte conserva su capacidad para sorprender. La historia siempre encuentra una forma de escapar del libreto.
El domingo alguien levantará la Copa del Mundo. Será España o será Argentina. Pero hay otra batalla, en cambio, que ya terminó. La perdieron quienes pasaron un mes entero convencidos de que todo estaba decidido desde el principio. Perdieron los terraplanistas del futbol.
Ganó, una vez más, la redonda.