
Nunca creímos estar tan cerca de España. Nos apasiona vencer a sistemas sesgados o abiertamente corruptos. De pronto, para millones, parecía un orden impuesto en contra del talento individual visible, verificable, evidente en la anotación de un primer gol respecto del cual pareció “caerse el sistema” del VAR que, a pesar de la regla, no fue consultado.
Sondeo o encuesta, en bares y casas, el país vibró con España. La Presidenta Claudia Sheinbaum recuperó la relación con el país ibérico habiendo reconocido el gesto del Rey de España hace dos meses e identificado oportunidades de conexión después de las alienaciones básicas, palpitando con el juego en Nueva York. Había distancias intelectualmente insostenibles provenientes de quienes resisten comprender el mestizaje posterior a “invasiones”, “encuentros” o “conquistas”.
Perdieron los jugadores argentinos. No con ellos los latinoamericanos. Por alguna controversial razón España suscita más simpatía. México vivió el mejor Mundial en 2026 y puso una referencia oficial de festejo al reunir a un millón 400 mil personas; estimo pasen décadas para superar esa cifra. La selección nos dio alegrías como no recordábamos en la cancha y fuera de ella. Nos avivó. Nos recordó cómo se siente la unión con el paisano.
México abraza a los argentinos al menos desde 1970 ante las consecuencias de la dictadura. Sin embargo, no sobraron los albicelestes reaccionando ante la xenofobia dirigida desde en un sector de la opinión pública recientemente evidenciados.
La Presidenta, única mujer mandataria, magníficamente vestida de Verde Patria, acompañó en Nueva York al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y al de la FIFA, Gianni Infantino, en la ceremonia de entrega de la Copa a un país gobernado por la izquierda, el cual tuvo la determinación de respaldar sin miramientos a los árabes y palestinos lastimados mortalmente por Israel en proporción de 10 a 1 después de la agresión de Hamas hace casi tres años.
Quien diga que el deporte no es política se engaña o se hace pedazos solito. Perdió el arrabal tramposo patrocinado e ilustrado en la renuencia a la expulsión del extraordinario Leonel Messi, la maravillosa Pulga argentina conmovida en su despido de los mundiales. Todo es significativo, como la bandera de España extendiéndose sobre campo estadounidense. Incluso los silencios de quienes no comentan nada al momento de la completamente inexplicable anulación del gol español antes de la definitiva y mortífera anotación de Torres, y de quienes deberían reclamar la incomprensible ausencia de consulta al VAR; calladitos, calladitos, como momias, diría Andrés Manuel López Obrador
El agandalle promedio de la FIFA y del misterioso arbitraje, en su compromiso con el negocio del Mundial de Futbol entregado como esclavo a decisiones unilaterales del poderoso hegemón, será motivo de análisis durante varios años. La organización, supeditada a reglas, órdenes de disfrute y lucro dictados en buena parte ahora por los estadounidenses, con o sin viajes en avión patrocinado, fue generosamente respetada por la prensa internacional.
Sheinbaum, Trump y Mark Carney estructuran visualmente el apetito unitario del deporte… y también de la política. Trilogía mundialista en encuentro diplomático, espacio informal idóneo de inteligencia política aprovechado con comodidad por la Presidenta, quien debe lidiar con diez veces más problemas que los otros dos países de Norteamérica. La tensión vecinal por recientes denuncias internacionales contra el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) por abusos en la frontera común fue superada ayer a pesar de la renuencia estadounidense a recibir la nota. Hay más canchas.
En la Ciudad de México, corazón de la transformación y de la izquierda nacional, el mundial deja un legado de obras, turismo descentralizado hacia atractivos de la periferia y el éxito del Mundial Social organizado por la Jefa de Gobierno, Clara Brugada, en las 16 alcaldías de la capital. Quedan muchos goles por celebrar.