Opinión

Espías, D.H. y algo más

Embajador en la mira CIUDAD DE MÉXICO, 09AGOSTO204.- Silueta de Ken Salazar, embajador de Estados Unidos en México, al finalizar su conferencia de prensa en la que descartó que agentes norteamericanos hayan participado en las detenciones de: Joaquín Guzmán López e Ismael "El Mayo" Zambada, por cargos de tráfico de drogas. En el caso Joaquín Guzmán López, informó que habría entregado de manera voluntaria ante autoridades estadunidenses, y de "El Mayo" habría sido llevado contra su voluntad, sin intervención de recursos de los Estados Unidos de América en dicha operación. La conferencia se realizó luego de las recientes declaraciones de Andrés Manuel López Obrador, presidente de México, quien comentó que el gobierno de Estados Unidos no ha cooperado con más información sobre las detenciones. FOTO: MARIO JASSO/CUARTOSCURO.COM (Mario Jasso)

En el lejano 1976 Yuriv Volsky era embajador de la Unión Soviética en México. Como parte de los festejos por un aniversario de su Revolución, los rusos le pidieron a Televisa divulgar un saludo al pueblo mexicano con tan señalado motivo. A fin de cuentas, se trataba de las dos grandes revoluciones del siglo XX.

--Mira, vete a la embajada rusa y grábale un mensaje al embajador. Nada más que lea su texto. Nada más.

--¿No hay que entrevistarlo?

--No, que nada más grabe su saludo y ya”, me dijo Aurelio Pérez el vicepresidente de Noticiarios de Televisa donde yo trabajaba en esos días tras el naufragio de Excélsior. Como es obvio no le hice caso. No iba a dejar ese pájaro desaprovechado.

Al terminar la lectura de su breve texto, con la cámara encendida tras aleve pacto con el camarógrafo, le dije al embajador:

--Nunca ha quedado aclarado el asunto de la expulsión de sus funcionarios, embajador. Echeverría –por cierto, el primer presidente mexicano en pisar oficialmente el Kremlin--, corrió a dos de sus diplomáticos. ¿Por qué los echaron del país sin protestas de su parte?

Con el tono diplomático propio del poder soviético, Volsky me dijo con una sonrisa:

--Se fueron porque estaban espiando y los sorprendieron.

--¿Los mexicanos o los americanos, embajador?

--Los expulsaron de México, fue toda su contestación. La entrevista con esa y otras preguntas, nunca pasó al aire.

Pero si en esa ocasión el incidente no generó problemas diplomáticos posteriores, hubo otro episodio –-entre muchos más— notable por su explosividad, en todos sentidos: la muerte de Konstatinn Umansky, un hombre más allá de la posición diplomática normal.

“Entre 1939 y 1941, Umansky había encabezado la embajada de la Unión Soviética en Washington. Su salida de esta representación coincidió cronológicamente con el arranque del “Proyecto Enormous”, misión secreta con la que los rusos copiaron el recetario norteamericano para la elaboración de la bomba atómica.

“Mientras Umansky fue enviado a trabajar en las oficinas centrales de la policía política en Moscú –donde estaba el departamento que dirigía ese proyecto–, Stalin destacó al general Pavel Fitin para que desde su modesto escalafón en la estructura de la embajada en Washington coordinara bajo el nombre clave de Viktor parte de la red de colaboradores y espías soviéticos en México y Estados Unidos (El universal).

En 1945 Umansky, cuyo trato ya le había permitido la cercanía con el general Lázaro Cárdenas y obviamente todos los personajes de la izquierda de la postguerra --Adolfo Orive Alba, Vicente Lombardo Toledano, entre otros-- y la muy cercana revolución Cubana fraguada desde México, murió en esta ciudad.

“(ibid)El jueves 25 de enero de 1945 los campos de Balbuena amanecieron en llamas. Las sirenas de los vehículos de emergencias cortaron el sereno de la madrugada para apagar el fuego que siguió al despegue fallido de un Lockheed C-60 de la Fuerza Aérea Mexicana.

“A bordo viajaba el hombre fuerte de Stalin en México: el embajador Constantín Umansky. Lo acompañaban su esposa Raya, el agregado militar de su país Serguei Lazarev, y otras ocho personas entre tripulación y pasajeros”.

Tras el incendio, sobrevino el enfriamiento político.

Hoy las relaciones con Rusia tienen otro bache.

Como parte de las presiones estadunidenses contra México –variadas, incesantes y constantes—el gobierno de Trump denuncia y se exhibe. Reclama la presencia de espías moscovitas, de lo cual no se habría podido enterar si los suyos no los hubieran detectado.

Lo anterior confirma en los hechos la novela de Robert Lyndsay, “El halcón y el hombre de las nieves”, título en clave de dos espías entrelazados. El primero, un gringo de la CIA. El segundo un ucraniano de la KGB.

La presión con este tema como pretexto es simple: como Vladimir Putin proviene del sistema de seguridad desde los tiempos de la URSS, todo su sistema internacional se basa en labores de inteligencia, propaganda, construcción de escenarios y si se requiere, asesinatos políticos, como el caso de la periodista Politskaya (entre otros), sin desestimar su enorme capacidad para la manipulación digital.

Por otra parte, México siempre ha sido el paraíso de los espías. Hasta Lee Harvey Oswald estuvo su visa rusa mientras se preparaba el asesinato de John Kennedy.

La gallarda negativa nacional para sostener relaciones plenas con Cuba (1961) cuando este país fue aislado –más-- y expulsado de la OEA no obedeció a un acto soberano sino a una circunstancia geopolítica: sin las relaciones con México, Estados Unidos no podía triangular su espionaje hacia Cuba. Desde entonces somos su plataforma y su balcón, además de su patio.

Hoy los americanos encuentran en México a muchos de los agentes desplazados por la guerra contra Ucrania. Se lo dijeron a Andrés López quien se desentendió del asunto después de muchas promesas. Como siempre.

En este sentido Jorge Fernández M., ofrece un dato revelador disimulado por la 4-T: la consulta a la CIA para la aceptación mexicana de tal o cual diplomático ruso en este país.

Esto dice:

“…La administración de Andrés Manuel López Obrador desestimó las advertencias estadunidenses (presencia de espías rusos) calificándolas de “paranoia”. Ellos dijeron que era complicidad. Ante la presión diplomática, México aceptó permitir que funcionarios estadunidenses dieran opinión sobre nuevas solicitudes de credenciales diplomáticas por parte de personal ruso. Desde entonces, algunas fueron rechazadas. Pero los espías ya instalados en México nunca fueron expulsados”.

Hoy, con más pretextos a la mano, los espías vuelven a ser tema de molestia y elemento perturbador en una relación bilateral cada vez bajo más intensa metralla.

En ese sentido, como si con clarines se anunciara la marcha de los paladines, México pide el respaldo de las Naciones Unidas en cuanto a su queja (ya judicializada) por los homicidios del ICE en contra de (17) mexicanos.

“El titular de la SRE, Roberto Velasco (INFOBAE) notificó a Volker Türk, responsable de la oficina de la ONU para los Derechos Humanos, sobre los casos registrados. Se solicitó una investigación internacional, recomendaciones y la transmisión del expediente a los procedimientos especiales del Consejo de Derechos Humanos”. Eso suena muy bonito.

Lo incongruente en este caso es la mudanza de criterio sobre la autoridad moral.

Cuando Volker Türk solicitó llevar a la Asamblea General las desapariciones en México, este mismo gobierno lo linchó. Lo acusó de parcialidad y mala calidad en su trabajo.

Y ahora le demandan auxilio. Como dicen en el pueblo, le piden habas.

Lo mismo ocurrió con la credibilidad de Ken Salazar: cuando negó ser autor o cómplice de la extracción del Mayo fue públicamente escarnecido como mentiroso y mendaz.

Pero cuando dijo desconocer relaciones de López con el crimen organizado, su dicho fue exhibido como prueba de inocencia.

Y la SER quiere a veces ser tomada en serio. Pobre

--o--.

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