Opinión

Infantino estrechó su alianza con Trump mientras EU gana influencia política y económica en la FIFA y redefine el poder del futbol mundial

Gianni Infantino: de Zúrich a la Torre Trump

Poder en el palco Donald Trump y dirigentes de la FIFA observan la ceremonia previa a la final de la Copa Mundial de la FIFA 2026 desde un palco del estadio, en una imagen que refleja el protagonismo institucional y político durante el cierre del torneo. (Cuartoscuro)

Hay una escena que resume con claridad la relación que Gianni Infantino ha construido con el poder estadounidense. Durante el Mundial de 2026, Donald Trump llamó directamente al presidente de la FIFA para pedirle que revisara la sanción impuesta al delantero estadounidense Folarin Balogun. Poco después, la decisión disciplinaria cambió y el jugador pudo participar en el siguiente partido.

El episodio, sin embargo, no es un hecho aislado producto de la justa mundialista. Forma parte de un proceso más amplio mediante el cual Estados Unidos ha adquirido un protagonismo político y económico sin precedentes dentro de la FIFA.

Durante la presidencia de Barack Obama, el Departamento de Justicia de Estados Unidos presentó cargos contra varios dirigentes de la FIFA, la Concacaf y la Conmebol por delitos relacionados con corrupción y lavado de dinero. Por esta razón, Joseph Blatter, poco después de haber sido reelegido, renunció a la presidencia del organismo. Luego, autoridades suizas abrieron investigaciones sobre diversas operaciones financieras de la FIFA, entre ellas el pago realizado por Blatter a Michel Platini, entonces presidente de la UEFA, lo que terminó con la suspensión de ambos dirigentes y abrió el camino para la elección de un nuevo presidente.

En ese momento, Gianni Infantino era secretario general de la UEFA y el colaborador más cercano de Michel Platini. No era considerado un candidato natural para presidir la FIFA, pues su trayectoria había transcurrido casi por completo en el ámbito administrativo del futbol europeo. El aspirante de la UEFA para suceder a Blatter era el propio Platini, pero la sanción que lo apartó de la contienda obligó a la confederación europea a buscar una alternativa de última hora. Esa alternativa fue Infantino, quien resultó electo presidente de la FIFA en 2016.

Pocos habrían imaginado que el dirigente surgido de la UEFA terminaría enfrentado con ella. Ese giro debe entenderse junto al creciente protagonismo de Estados Unidos dentro de la FIFA. Desde hacía muchas décadas, Estados Unidos buscaba convertir al país en uno de los principales centros del futbol mundial, no sólo mediante la organización de grandes torneos, sino también a través de la concentración de inversiones, derechos audiovisuales, patrocinios, sedes corporativas y decisiones estratégicas alrededor del deporte más popular del planeta.

Infantino encontró en esa aspiración un aliado excepcional. El respaldo político, la capacidad financiera y el tamaño del mercado estadounidense hacían posible un proyecto de expansión sin precedentes para la FIFA. La ampliación de la Copa del Mundo, el nuevo Mundial de Clubes, el incremento del calendario internacional y la búsqueda permanente de nuevas fuentes de ingresos respondieron a esa misma lógica.

Dos años después de la elección de Infantino, Estados Unidos, México y Canadá obtuvieron la sede del Mundial de 2026. El gobierno de Donald Trump participó activamente en la campaña y ofreció las garantías que exigía la FIFA en materia de seguridad, exenciones fiscales y organización. Entre quienes colaboraron en ese esfuerzo figuró Jared Kushner, entonces asesor de la Casa Blanca, quien participó en las gestiones diplomáticas para respaldar la candidatura norteamericana.

Ya durante el segundo período de Trump, Infantino apareció con frecuencia junto a él, elogió su liderazgo y destacó públicamente su papel internacional. Incluso, la FIFA abrió una oficina en la Torre Trump de Nueva York, uno de los edificios más identificados con la figura política y empresarial del presidente estadounidense.

Después, la relación se estrechó aún más, llegando al grado de que la FIFA creó un Premio de la Paz y se lo entregó al propio Trump, en medio del conflicto armado con Irán. Ya durante el Mundial de 2026, la relación política entre la FIFA y el gobierno de los Estados Unidos fue transparente: la selección de Irán no pudo disputar sus partidos en territorio estadounidense debido a las restricciones migratorias impuestas por la administración Trump; integrantes de delegaciones y periodistas enfrentaron problemas para obtener visas y Folarin Balogun fue favorecido directamente: el presidente de los Estados Unidos se comunicó con el presidente de la FIFA para solicitar la revisión de una decisión disciplinaria que involucraba a un jugador de su selección, quien después fue habilitado para jugar. Ese acceso privilegiado constituye, por sí mismo, el mayor desplante público de poder político del torneo.

La UEFA, que, como ya mencioné, en 2016 respaldó de manera unánime la candidatura de Infantino, se convirtió en una de las voces más críticas de lo ocurrido durante el Mundial, en particular por las nuevas normas y el manejo del caso Balogun. Las críticas, sin embargo, no parecieron inquietar a Infantino, quien afirmó que el Mundial de 2026 representaba el cumplimiento del American Dream.

Ese contexto permite comprender el alcance del nuevo proyecto con el que Infantino busca reorganizar el negocio del futbol mundial. Como reveló The Telegraph, el presidente de la FIFA pretende transferir buena parte de los activos comerciales de la organización a una nueva empresa para vender una participación minoritaria a inversionistas privados. La operación incluiría derechos audiovisuales, patrocinios, licencias y otras fuentes de ingresos de las principales competiciones. Entre los grupos interesados en participar figura Thrive Capital, firma fundada por Joshua Kushner, hermano del ya mencionado Jared Kushner, exasesor de la Casa Blanca.

No obstante, las consecuencias trascienden el plano financiero. Desde su fundación, la FIFA ha sido cogobernada por sus federaciones afiliadas, que eligen a sus autoridades e influyen, en mayor o menor medida, el rumbo de la organización. La incorporación de inversionistas privados introduciría un actor con incentivos distintos. Mientras las federaciones responden, al menos en teoría, a intereses deportivos y nacionales, un fondo de inversión tiene como prioridad maximizar el rendimiento de su capital. El resultado sería una redistribución del poder alrededor del principal activo económico de la FIFA: las decisiones sobre todo, pero en especial, de la Copa del Mundo, evento que aporta el principal ingreso para la FIFA, dejarían de depender exclusivamente de las asociaciones que integran el organismo y pasarían a considerar los intereses de quienes participan en su explotación comercial.

Aislados, los hechos descritos podrían parecer episodios anecdóticos. Pero juntos describen una misma trayectoria. Infantino llegó a la presidencia de la FIFA gracias al respaldo de la UEFA, en medio de la crisis institucional desencadenada por la investigación de la justicia estadounidense. Diez años después, la UEFA se ha convertido en una de sus principales opositoras, mientras Estados Unidos ha ganado un protagonismo sin precedentes en la organización: primero como sede del proyecto más ambicioso de la FIFA, después como interlocutor político privilegiado y ahora como posible punto de entrada del capital privado al negocio de la Copa del Mundo. Si esto último termina por realizarse, significaría el desplazamiento del poder en el mundo del futbol: de Zúrich a la Torre Trump.

Tendencias