
En días recientes, la Universidad Nacional Autónoma de México se ha visto envuelta en un asunto de sumo delicado: miles de aspirantes a ingresar al nivel superior a través del concurso de selección, cometieron algún tipo de conducta irregular y contraria a la convocatoria y a la más elemental honestidad que provocaron el tener que aplicar medios para verificar quiénes serán finalmente admitidos para cursar alguno de los programas de licenciatura a partir del 31 de agosto. Ya el Rector Leonardo Lomelí Vanegas ha asumido las recomendaciones que la Comisión Técnica instalada para esos efectos le ha propuesto y, en próximos días, alrededor de 58 mil aspirantes podrán presentarse a un examen de control que, insisto, constituye un medio de verificación para conocer a quienes finalmente pasarán a formar parte de la comunidad universitaria.
El tema de fondo, sin embargo, va mucho más allá de un examen y de la mejora de un proceso sustantivo que sin duda emprenderá la administración universitaria. Como sociedad, es necesario cuestionarnos en qué nos hemos equivocado para no solo normalizar y justificar la trampa y la mentira, sino incluso haberlas asimilado como factores necesarios de nuestro comportamiento colectivo. En nuestra anterior entrega, reflexionábamos sobre las declaraciones que Sam Altman, fundador y Director Ejecutivo de OpenAI, hacía sobre la necesidad de detener el avance de la tecnología antes de que fuera demasiado tarde. La pausa a la que Altman convoca pareciera hablarle a las empresas desarrolladoras de inteligencia artificial, pero sin duda el llamado tendría que hacerse extensivo a toda la sociedad para comprender las múltiples implicaciones a las que nos está conduciendo una modernidad voraz en la que la carrera por los datos y la información atropella todo a su paso.
Una de las nefastas consecuencias que el avance tecnológico nos ha traído es, justamente, el de aprovechar el uso de la inteligencia artificial para realizar conductas que nada tienen que ver con el comportamiento ético que tendría que regir a una colectividad, en este caso, el de jóvenes que, con toda razón y justicia, aspiran a alcanzar un lugar en la educación superior en la institución científica, humanística y cultural más importante del país. La trampa y la mentira movieron la curva de ingreso al aumentar el umbral de aciertos mínimos, pero lo verdaderamente grave es lo que se ha podido ver detrás de la sacudida social: jóvenes afirmando que, si hacer trampa les permitirá alcanzar el sueño de la educación superior, entonces esta no solo se encuentra justificada, sino que incluso sería tonto no aprovecharse de ello.
Comprendo perfectamente que en estos momentos el debate se concentre en las decisiones institucionales que la Universidad deberá de tomar, pero ello no puede desviarnos de lo verdaderamente relevante en el debate y la discusión: como sociedad hemos alcanzado un nivel en el que la honestidad no solo carece de valor, sino que es sinónimo ingenuidad o torpeza. ¿En verdad nos hemos convertido en esto y estamos dispuestos a permanecer posados sobre el cinismo de “el que no tranza, no avanza”? ¿En serio pensamos que las personas chapuceras son más hábiles y astutas porque aprovechan los recovecos que – en este caso, la inteligencia artificial – la tecnología de los nuevos tiempos les obsequia? ¿Vamos a premiar a quienes vulneran la verdad y derriban la honradez porque “el fin justifica los medios”?
La Universidad y su Rector han asumido el problema y han dado cara no solo al plantear rutas para no permitir que una institución cuya fuerza social se sustenta en su autoridad ética y moral se cómplice de las peores prácticas. Incluso, apenas el viernes pasado cuando recibió el primer informe y las recomendaciones de la Comisión Técnica, Leonardo Lomelí se disculpo con las personas aspirantes y sus familias que, habiendo tenido un comportamiento ético, fueron admitidas. Como sociedad, sin embargo, es necesario trascender de la coyuntura para analizar, en este caso y como botón de muestra, a la inteligencia artificial y el uso que debemos darle para no vulnerar principios y valores fundamentales que nos permitan delinear lo que queremos para el futuro. La sociedad por venir no puede fundar su existencia en el engaño como mecanismo para alcanzar lo que subjetivamente hemos definido como éxito o triunfo si somos capaces de entender que por encima de las aspiraciones están ideas esenciales que nos permiten ser y existir como colectividad. El llamado es con urgencia y la reflexión resulta impostergable para definir a la sociedad por venir en tiempos, en esta ocasión, de la inteligencia artificial.
Profesor de la UNAM
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