Opinión

«La rebelión nace del espectáculo de la sinrazón ante una condición injusta.» Albert Camus

La rebelión de las cucarachas

Cockroach Janta Party - CJP

Samuel Huntington imaginó un mundo dividido por civilizaciones. La realidad ha sido más inestable: las identidades no desaparecen, pero pueden reordenarse cuando una experiencia común las atraviesa. Eso es lo que parece estar ocurriendo en la India. Todo comenzó con algo técnico: exámenes públicos presuntamente filtrados. En un país donde el ascenso social depende en gran medida de esas pruebas, la sospecha de fraude no es un detalle administrativo: es una ruptura del contrato básico de futuro. Cuando el mérito deja de ser creíble, la frustración deja de ser individual y se vuelve política. Faltaba, sin embargo, un símbolo.

En mayo, unas palabras del presidente del Tribunal Supremo, Surya Kant, fueron interpretadas como una comparación despectiva de los jóvenes desempleados con “cucarachas”. Aunque después aclaró que no era esa su intención, el daño ya estaba hecho. El insulto encontró nombre propio: Cockroach Janta Party. Y ocurrió lo que el poder suele subestimar: el desprecio fue devuelto como identidad. La cucaracha dejó de ser humillación y se convirtió en emblema. Lo que nació en las redes terminó en las calles, con protestas y presión política. El ministro de Educación acabó renunciando, pero el problema ya no era un ministro.

El estudiante sigue siendo de su casta. El pobre sigue siendo pobre. Las jerarquías siguen. Pero encima de ellas aparece otra pertenencia: la de quienes comparten una misma incertidumbre sobre el futuro. Ahí cambia el eje del conflicto. Ya no es solo casta, religión o ideología. Es algo más básico: la confianza en las reglas; la sensación de que el esfuerzo puede o no servir para algo. Por eso el movimiento desborda a sus propios organizadores. No pertenece a partidos ni a estructuras: pertenece a una experiencia compartida. Ser estudiante. Aspirar a salir adelante. Sentir que el sistema puede fallar. Y la protesta no se quedó en un solo lugar.

Este 10 de agosto, en Jharkhand, miles de jóvenes volvieron a las calles por denuncias de corrupción y filtraciones en exámenes públicos. Hubo enfrentamientos con la policía. Exigen reformas e investigaciones. No es exactamente el mismo movimiento, pero sí el mismo combustible. Incluso el fundador del Cockroach Janta Party expresó su apoyo. Eso debería ser una advertencia. Estos estallidos suelen leerse como episodios aislados o modas juveniles, pero debajo hay algo más persistente: desempleo, desigualdad, corrupción y la percepción de que las reglas no son iguales para todos.

La energía aparece cuando esas experiencias dispersas encuentran un nombre común. Por eso la cucaracha importa. Es pequeña, despreciada, persistente. Se intenta aplastarla y sobrevive. El insulto se invirtió: lo que debía degradar terminó uniendo. Nadie sabe si este movimiento durará. Puede diluirse o transformarse, pero ya dejó algo claro: durante un momento, jóvenes de orígenes distintos dejaron de verse como separados. Descubrieron una identidad compartida que no venía de la sangre ni de la tradición, sino de la experiencia. Ahí está la grieta.

Una sociedad puede sostener sus jerarquías mientras cada quien acepta su lugar. Lo imprevisible ocurre cuando quienes estaban separados descubren que comparten la misma rabia, y también la misma esperanza. Entonces la casta deja de ser destino y aparece otra pertenencia: más horizontal, más inestable, más difícil de controlar. Porque hay un punto en que el poder deja de apoyarse en el desprecio, sobre todo cuando aquellos a quienes llamó cucarachas descubren que también saben sobrevivir.

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