Opinión

Carlos Enríquez Verdura (1970-2026)

Carlos Enríquez Verdura

1.

Hay tareas que uno quisiera no tener que repetir nunca, o al menos no con esta frecuencia. Apenas dos semanas después de escribir en estas páginas unas líneas en recuerdo del escritor y diplomático Bruno H. Piché, me toca volver al género infausto de la esquela para despedir a un gran amigo, cómplice y compañero de generación.

Carlos Enríquez Verdura murió hace unos días, a los 56 años, y la noticia me llegó con esa mezcla de incredulidad y tristeza que producen las muertes que no estaban anunciadas en nuestro horizonte inmediato. Carlos pertenecía todavía, para muchos de nosotros, al territorio de los vivos: al de los amigos a quienes uno no ve durante un tiempo, pero supone siempre localizables, disponibles para el próximo café, la próxima conversación a carcajadas, el próximo encuentro fortuito.

Nos conocimos en China en 2005. Yo era entonces agregado cultural de México en Pekín y Carlos dirigía la Difusión Cultural Internacional del Conaculta. Éramos parte de aquella tribu de jóvenes funcionarios culturales que en los primeros años de la nueva centuria intentó hacer de la cultura mexicana una forma inteligente y sensible de nuestra presencia en el mundo. Lo hicimos de la mano y tutoría de figuras centrales de la promoción cultural: entre otros, del diplomático Alberto Fierro; del director teatral Mario Espinosa; del iluminador e incansable orquestador cultural Ángel Ancona; del también diplomático y escritor Andrés Ordóñez; de la maestra Marcela Diez, y del doctor Gerardo Estrada, figura tutelar del clan.

A Carlos le debo el apodo que muchos de mis colegas repitieron por años: “mi cultural ataché”. Lo acuñó el día que, con mi hijo recién nacido en su carriola, al amparo de cascos y chalecos de ingenieros, recorrimos juntos la obra aun en construcción de un nuevo museo en Pekín, donde queríamos llevar una gran exposición mexicana de arte contemporáneo.

Carlos pertenecía a esa rara especie de servidor público que entendía que promover a México en el exterior no consistía simplemente en mandar una exposición, organizar un concierto o inaugurar ceremoniosamente una muestra, sino en intentar explicar un país complejo a los otros.

Años después encontré una definición suya que ahora me parece casi un autorretrato. Carlos se describía como un “traductor cultural”: alguien dedicado a hacer comprensible México y la cultura mexicana a los extranjeros y, en sentido inverso, a traducir para nosotros las culturas del mundo.

Había nacido y crecido en la Ciudad de México, a la que, por cierto, le dedicó muchos de sus afanes como promotor freelance de proyectos editoriales. Decía admirar de la capital mexicana su complejidad histórica y su megadiversidad identitaria: una metrópolis cuyo mayor atributo es su capacidad para reunir toda clase de otredades bajo el signo incierto, barroco, barrial e insumiso de lo chilango.

Quizá toda su trayectoria profesional pueda leerse desde esta idea: traducir sin simplificar, mostrar sin convertir la cultura en propaganda, establecer puentes entre mundos distintos.

2.

Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México y realizó posteriormente estudios de posgrado en la Universidad de Cambridge. Su tesis de licenciatura, fechada en 1997, se titula Jaime Torres Bodet y la Unesco: los límites de la cooperación internacional. No era un tema menor ni circunstancial. Torres Bodet encarnaba precisamente uno de los momentos mayores de la presencia intelectual de México en el escenario internacional y uno de los intentos más ambiciosos por pensar la educación y la cultura como instrumentos de entendimiento entre las naciones.

Hace apenas unos meses tuve una de esas pequeñas alegrías bibliográficas con las que los historiadores nos topamos a menudo. Leyendo La fundación de El Colegio Nacional, de Javier Garciadiego, encontré una referencia a la tesis de Carlos. Le tomé una fotografía a la página y se la envié. Fue, sin saberlo, una de las últimas veces que le escribí. Ahora la imagen de aquella nota al pie adquiere otro peso: uno descubre que también las referencias bibliográficas pueden convertirse, súbitamente, en epitafios involuntarios.

Antes incluso de terminar aquella investigación, Carlos había comenzado a escribir sobre historia y cultura. En 1995 publicó en la Revista de la Universidad de México una reseña sobre los problemas históricos y sociales de Chiapas y, en 1997, otra sobre Humboldt y México. Son huellas tempranas de una curiosidad intelectual que después encontraría en la gestión cultural su territorio profesional.

Su hoja de vida reconstruye, además, una parte significativa de la diplomacia cultural mexicana de las últimas décadas. Fue asesor en la Secretaría de Relaciones Exteriores entre 2000 y 2001; subdirector de Vinculación Cultural en Coyoacán, como parte del equipo de la maestra Hilda Trujillo; director de Difusión Cultural Internacional del Conaculta entre 2003 y 2007; agregado cultural y de promoción turística en la Embajada de México en Perú entre 2007 y 2010; volvió después a la Cancillería y trabajó también como consultor cultural independiente y como coordinador ejecutivo adjunto del Antiguo Colegio de San Ildefonso, un fichaje que le debemos anotar a la maestra Bertha Cea. Más tarde regresó a la SRE como director general adjunto de Exposiciones y Proyectos Especiales, con Alejandra de la Paz al frente de los asuntos culturales de la cancillería.

En esa trayectoria hay una continuidad que vale la pena subrayar. Carlos conocía la promoción cultural desde sus entrañas menos vistosas: los presupuestos, las negociaciones diplomáticas, los seguros, los préstamos de obra, los museos, los correos interminables, las agendas imposibles, los caprichos burocráticos y esa misteriosa capacidad de las instituciones públicas mexicanas para convertir una buena idea en una carrera de obstáculos. Pero conservó, pese a todo, entusiasmo por el oficio.

En 2011 coordinó para la Secretaría de Relaciones Exteriores el volumen 2010: celebraciones de México en el mundo, memoria de las numerosas actividades realizadas por las representaciones mexicanas con motivo del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución.

Hay algo conmovedor al volver ahora sobre esas huellas. Durante 2020 y 2021 Carlos produjo Id.MX. Identidad México, un podcast de catorce episodios construido alrededor de una pregunta tan elemental como inagotable: ¿Qué es México?, ¿Cómo somos los mexicanos? Conversó allí sobre Diego Rivera, el penacho de Moctezuma, la biodiversidad, la fotografía, las identidades múltiples y otros asuntos. Era, nuevamente, el traductor cultural tratando de explicarse y explicarnos a sus anchas un país que nunca termina de caber en las definiciones.

3.

De Carlos recuerdo sobre todo su bonhomía, su conversación achispada, su sentido del humor de vena británica, su elegancia (moño, chaleco de tweed o gasné infaltables) y una alegría que parecía acompañarlo, incluso dentro de esa maquinaria a veces acartonada y flemática de las instituciones públicas. Era sobre todo un funcionario cultural honesto, expresión que en México puede sonar exótica.

La tarde en que me enteré de su muerte ocurrió una de esas casualidades que sólo las admite el azar. Salí en bicicleta de una conferencia y sin haberlo planeado pasé frente a su hermoso departamento de la Colonia Condesa, justo en la esquina del Parque México. Ahí vivió por más de una década, lo quiso y lo decoró como si fuera una extensión de su piel. Me detuve unos minutos frente a la majestuosa puerta Art Déco del edificio. Miré hacia su ventana. Pensé en él, en su familia, en los años transcurridos, y en todos los encuentros que uno posterga convencido de que habrá tiempo. No lo hubo.

Me despedí de nuestra amistad con una oración laica y sentida —no tengo otras, carezco del beneficio de la fe —. Lo hice con emoción y gratitud, pero también con una cierta culpa generacional: la de quienes dejamos que las obligaciones, los trabajos, las distancias y los años espaciaran involuntariamente amistades que se sabían imperecederas.

No supe mucho de él durante sus últimos meses. Sospechaba que algo se había podrido de nuevo en el reino de Dinamarca, que esa suerte de destierro al que se le condena a gestores y funcionarios culturales en la medianía tardía de la vida profesional, había tocado a sus puertas.

Me sorprendió el silencio de buena parte de las instituciones públicas a las que Carlos entregó su vida laboral. Después de tantos años dedicados a promover la cultura de México desde Conaculta, la Secretaría de Relaciones Exteriores y otras tantas instituciones, habría sido justo encontrar algunas palabras públicas de reconocimiento. No las he encontrado hasta ahora, como no sea de sus excompañeros del Colmex y, eso sí, de decenas de amigos y amigas que lamentaron su deceso.

Este sencillo homenaje aspira a compensar las esquelas que las instituciones culturales le regatearon. Convoco desde aquí a sus amigos, colegas y familiares a recuperar su memoria y a preservar su legado. Tal vez ésa sea ahora nuestra última tarea de traducción: convertir una ausencia entrañable en memoria infinita.

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