Opinión

Ética y juventud

Crisis en la UNAM Docenas de aspirantes protestaron en Ciudad Universitaria acusando trampas y uso de IA en el examen de admisión 2026. (Fotoarte con imágenes de Adolfo López)

“Sinceramente, era muy lógico por la implementación del nuevo sistema que fue en línea que hubiera trampas… Yo me apoyé de una calculadora científica, lo cual me ayudo siento que mucho en la parte de matemáticas… Como todos los mexicanos conocemos, ‘el que no tranza, no avanza’… Sinceramente, si vemos la oportunidad lo vamos a hacer… (sic)”. Son las declaraciones de Sugey, una aspirante a ingresar a la Universidad Nacional Autónoma de México que confiesa no solo la trampa, sino que la normaliza e incluso la plantea como un comportamiento lógico para progresar y alcanzar aquello que se ha propuesto. Lo bueno es que, en su cinismo su inmenso cinismo, nos deja claro que, además de descarada, su confesión es sincera.

¿En qué momento nos perdimos como sociedad para que el cochupo y el fraude sean conductas no solo normales, por aceptadas por la mayoría, sino lógicas, por evidentes e incuestionables? Pareciera que en la discusión de la aplicación del examen de selección para ingresar a la Universidad Nacional nos estamos perdiendo en las vulnerabilidades de la inteligencia artificial como herramienta para la vigilancia, supervisión y control, cuando el debate se encuentra en los valores y principios éticos de una juventud extraviada que encuentra mayor preocupación en ser ‘funado’ en las redes sociales, que en apegarse a un código ético tácito sobre el que, uno supondría, se levanta el andamiaje de las relaciones sociales en nuestra colectividad.

Sugey piensa que es lógico hacer trampa cuando un examen es en línea y nadie vigila. Ella cree que en México la tranza es el mecanismo de progreso y que ello es algo conocido y aceptado por todos. La joven remata su argumento – con toda sinceridad – señalando que cualquiera que vea la oportunidad de hacer trampa la va a tomar y se aprovechará de ella. Esta es la convicción – ni siquiera la idea o el pensamiento, sino la convicción – de una joven de 24 años sobre lo que representa la vida en una sociedad que premia el logro sin mirar las formas a partir de las cuales éste se consiguió. Si el objetivo es entrar a la educación superior, hacer trampa está bien. Si la meta establecida consiste en obtener determinado trabajo, lo indicado es mentir en la formación y las capacidades con las que el aplicante cuenta. Si el fin es tener un patrimonio holgado, es correcto robar. Después de todo, esto es lógico y cualquiera tomaría la oportunidad de hacerlo.

Sugey, como muchos jóvenes que ven en la trampa un medio lógico y legítimo de progreso, nació a inicios de este siglo. Con amplia probabilidad, los padres de la joven y de la mayoría de quienes forman parte de su generación – esa que llamamos Generación Z – deben rondar entre los 45 y los 55 años.

Pertenezco a la generación de los padres de Sugey y de muchos jóvenes que solo encuentran freno, si acaso, en el ‘fune’ y no recuerdo qué pudo haber sucedido en la sociedad en aquellos años en los que formé mi estructura de valores y principios éticos para aceptar que los más jóvenes se conduzcan sin la rectitud con la que mis padres me educaron. Planteo esto porque, si bien una adulta como Sugey y tantos otros son responsables de sus conductas, en muchos casos la trampa fue no solo aceptada, sino incluso alentada y financiada desde sus casas. Allí, en la familia, es el principal sitio en el que se forma la estructura ética de los individuos.

Con las múltiples evidencias que hoy conocemos es necesario que como sociedad reconozcamos que nos hemos equivocado en privilegiar el logro por encima del proceso y en identificar al éxito como aquello vinculado a lo material. Debemos hacer un alto urgente en el camino para replantearnos si es este el camino que queremos seguir como colectividad. Con honestidad, pienso que no. Quizá las dos grandes interrogantes radican en encontrar qué es lo que nos ha traído al sitio en el que nos encontramos y en respondernos si verdaderamente estamos dispuestos a enmendar el camino. La necesidad de aplicar un examen de control – ejercicio que hoy concluye y que ha resultado exitoso en extremo y ha permitido mostrar una fortaleza institucional encomiable – no es sino el síntoma de una enfermedad más grave que aqueja a la sociedad entera. La medicina y el tratamiento pueden no ser agradables, pero sin duda son necesarias si lo que pretendemos es recuperar la verticalidad que, en algún momento hace ya muchos años, nos caracterizó como sociedad. La decisión está en la cancha de la sociedad y asumirla nos corresponde a todos.

Profesor de la UNAM

Twitter: @JoaquinNarro

Correo electrónico: joaquin.narro@gmail.com

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